el charco hondo

Ritos

Urge usar la sensatez antes que el Código Penal, recuperar el criterio de reversibilidad para no herir prescindiblemente el patrimonio moral o material de otros. Así de bien lo resume Vidal-Folch, sintetizándolo en que el ingenio -la ironía, el sarcasmo- deben ganar la partida a la zafiedad y a la vulgaridad. Esas, y no otras, son las razones que cabe defender frente a unos y otros. A un lado, quienes lejos de transgredir se limitan a exhibir mala educación, lisa y llanamente. Al otro, un ejército de administradores de las libertades ajenas. Que lo del padrenuestro blasfemo o el desnudo de la concejal en una capilla universitaria siga en lo alto del cartel, sobreviviendo así al último fin de semana, confirma que lo intestinal vende bien. El reproche que cabe hacerles a poetisa y concejala es que no están a la altura de la transgresión que pretenden. No han dado muestras de la inteligencia, creatividad, valentía o utilidad que las transgresiones exigen para ganarse tal calificación. Ofender no es transgresor. La transgresión queda en una simple falta de respeto si no hay bazas intelectuales. El padrenuestro de Dolors Miquel no es transgresor, es pobre; no aporta nada. El rito a medias de Rita Maestre es plano (qué duro es el PP con esta Rita, y qué flexible con la otra), propio de quien para hacerse un nombre en la facultad juega a una revolución que acaba con un café en el Starbucks de la esquina. No es fácil salir en defensa de la libertad de expresión cuando los hechos de referencia son tan vulgares. Ahora bien, ni un paso atrás. Si permitimos que pongan mordazas a los muñecos de trapo, o que criminalicen a quienes se salen del guión, cualquier día al abrir los ojos descubriremos que nos tienen en fila, caminando por la asfixiante vereda de su pensamiento único. Transgredir, sí; pero, como recuerda Vidal-Folch en su Manual del transgresor, un ejercicio tan exigente solo está a la altura de quienes lo hacen de forma hábil, sugerente y atractiva.