el dardo

Sánchez no puede

Pedro Sánchez ya ha tenido ocasión de comprobar en qué medida le va a resultar imposible conformar un Gobierno transversal que incluya a Podemos y Ciudadanos. Rivera ya le había dicho que no votaría la inclusión del partido de Pablo Iglesias en un Ejecutivo compartido y es ahora el líder de Podemos quien le ha dicho lo mismo pero al revés. O sea, si quiere un acuerdo, debe elegir entre él y Rivera porque los dos no pueden coexistir, políticamente hablando. Es más, Iglesias le ha indicado, con su habitual soberbia y egocentrismo, que su presencia en un eventual pacto de Gobierno encabezado por el PSOE sería “exclusiva y excluyente”. El secretario general socialista empieza a recibir la misma medicina que él aplica al PP al rechazarlo como interlocutor. Con lo que o pacta con Rajoy y Rivera o lo hace con Iglesias, Garzón y quienes por su izquierda se dejen querer y pongan precio a sus votos… o a su abstención. Ya puede empecinarse el candoroso secretario general socialista que, tal y como están las cosas, su loable empeño por desbloquear la investidura se va a quedar en mero intento. Su afán por llegar al poder a cualquier precio va a darse de bruces contra la dura realidad y contra la mejor solución -para el país y para su propio partido-, que es el Gobierno PP-PSOE-C’s. ¿Cómo va a aliarse ese socialismo democrático español, que es la socialdemocracia a la europea, con una formación antisistema, revolucionaria, populista por exceso, de corte totalitario y comunista, enemiga del euro y la OTAN, sin homologación en Europa salvo si es comparada con una Syriza de extrema izquierda que ha hundido a Grecia y que ha tenido que rectificar todas sus políticas por imposición de la Europa comunitaria? No sé si al final Sánchez tirará la toalla al no poder formar el Gobierno que quisiera para su país o rectificará su estrategia de aislar al PP, el partido que ganó las elecciones del 20D. El caso es que su voluntarismo inocentón y su sectario afán de ver los males ajenos, pasando por alto los propios, y no solamente en materia de corrupción, le están jugando una mala pasada al comienzo mismo de su encomiable empeño. Por eso debería aplicarse la sentencia de Henry Ford de que “el fracaso es una gran oportunidad para empezar otra vez con más inteligencia”.