cuestión de grises

Sobrevivir – Por Indra Kishinchand

Dicen que el tiempo es como el mar, que cura el sufrimiento con el vacío. Pero hay heridas que no curan ni el mar, ni el tiempo, ni siquiera la vida. Hubo una época en que así lo creía, en la que quise no sentir para que el trámite de la existencia pasara. De este modo podría llegar al final, firmar el acta y decir “yo estuve allí”. Como si una simple rúbrica pudiese constatar que fui.

Cambié de opinión (a medias) un día que cerré los ojos y me puse escribir. Cambié de opinión (del todo) la vez que leí un libro en el que siete mujeres de El Salvador contaban cómo el amor, el propio, sobre todo, sí que sanaba; aunque fuera con secuelas y la rehabilitación tuviera lugar a base de golpes. Después de aquellos dos momentos lloro cada día con la esperanza de que el mundo cambie. Me invade la emoción al salir de mí para pensar por otros y no sé si mi rostro aguantará el tiempo suficiente como para derramar mis lágrimas a cada instante. A pesar de todo ahora sé que merece la pena; la vida, la existencia o esta mierda de mundo, con matices.
Hoy, en la oscuridad de una escalera, me he dado cuenta de que no sé ser sin palabras, pero que tampoco sé cuándo ni por qué me salen. Ese descontrol es el que me atrae y me decepciona, el que me recupera del desaliento. Hoy, la distancia ha sabido darme la fuerza para sobrevivir(me).