‘Spotlight’ y mirar hacia otro lado

Spotlight es una excelente película. Más allá de la increíble historia real que cuenta, el acertadísimo acercamiento al mundo del periodismo exhibe un gran guión, unas interpretaciones creíbles y una puesta en escena desnuda, sin efectismos y falsos dramatismos, lo que ayuda a creer aún más en la recreación de los acontecimientos que llevaron a destapar cientos de abusos sexuales a menores cometidos en el seno de la iglesia católica de Boston durante décadas.

Sobre cómo ejercer la profesión periodística, Spotlight ofrece todo un retrato de los sinsabores, contradicciones y necesidad de rigor que le requiere a un periodista hacer bien su trabajo. Lejos de heroísmos y de musas o genialidades, lo que deja claro el filme es que para llevar hasta las páginas del The Boston Globe aquella historia se requirió, sobre todo, muchas horas de investigación concienzuda y la necesidad de no hacer caso a lo aparente, a las opiniones de los que dentro del mismo periódico restaban valor a lo que se estaba tratando de aclarar o a las presiones de los grupos de poder en la ciudad.

Pero aún siendo motivante para un periodista esa puesta en escena y el emocionante  relato de cómo la labor de cuatro profesionales hace visible la tragedia de centenares de personas, Spotlight hace girar parte de la trama hacia la culpa compartida, focaliza el argumento moral en el hecho de que la sociedad bostoniana sabía lo que ocurría o lo intuía y prefería mirar hacia otro lado. Ahí es donde todo lo que contó entonces el Globe -y ahora esta película- hace más evidente la vergüenza, el fracaso y la hipocresía de las sociedades que se suponen avanzadas y que buscan proteger a los más débiles. Ese ocultamiento o fingimiento, en el que también participó por omisión el propio periódico, sucede también en otras muchas cuestiones.

Alguna de escasa relevancia, pero que denotan que somos muy falsos. Un ejemplo: todos decimos defender la cultura como valor indiscutible para la educación y el avance de una sociedad, pero miramos hacia otro lado mientras se destruye esa misma cultura a pasos agigantados y por nosotros mismos. Otros, son más duros. Ahí está Siria y sus muertos en las costas griegas y el niño fallecido en una orilla que ya nadie recuerda.

Estoy leyendo en estos momentos Medio sol amarillo de Chimamanda Ngozi Adichie sobre la terrible historia de Biafra y las luchas étnicas en Nigeria; y el escalofrío que te recorre el cuerpo cuando lees muchos de sus pasajes –más allá de la patente sinrazón y la crueldad- se basa en la descripción de la indiferencia de muchos, en el giro de cabeza para no ver la sangre, en el subterfugio de palabras ajenas para no afrontar el horror.

En Boston ocurrió lo mismo. Y ahora, aquí, en nuestra patria –la de nuestra calle, la pequeña, la grande, la paneuropea, la del primer mundo- también está pasando: miramos hacia el otro lado para evitarnos ver lo que realmente sucede y que, probablemente, nos duela o desagrade.