Tan distintos como iguales

Viajar dicen que educa, que nos habilita para entender mejor que el mundo es mucho más rico, mísero, cruel o agradecido que nuestra zozobra cotidiana, y que aquello que creemos único porque está cercano a nuestro día a día no es más que el reflejo de otras realidades, insisto, más ricas, míseras, crueles o agradecidas. Y cuando hablo de viajar no me refiero solo al desplazamiento físico de nuestros cuerpos hacia lugares que desconocemos, creo también que uno puede trasladarse a otras culturas y sociedades a través de cultivar la inquietud por conocer este rico planeta y sus gentes a través del cine, el arte, la literatura, el periodismo, la ciencia, el teatro y cualquier otra expresión creativa e intelectual que nos ha conferido poder recrear la naturaleza a los seres humanos. Si uno viaja -de una manera u otra- termina por no entender los nacionalismos o, al menos, la estructura y cariz político que se le da al nacionalismo en muchos lugares tales como esta España nuestra. Y no es que la compresión de los ideales alrededor de la identidad de unos u otros, o la necesidad de organizarse políticamente para enfrentarse -en el más civilizado de los casos desde la razón- a otra organización política que representa a otro grupo de seres humanos, sea pasto de una interpretación filosófica, antropológica o sociológica inescrutable; al contrario, cada nacionalista lleva consigo -o debería- una mochila de conocimientos y argumentos para apoyar la necesidad de que le reconozcan diferente. Lo que hace incomprensible algunos nacionalismos es, precisamente, esa falta de carga motivacional o de su reducción a lo anecdótico. Y es ahí, en esa especie de vagancia argumental, en esa falta de criterio para construir dentro de una comunidad un valor común y de unidad, cuando el viajar te desahoga. Todos somos distintos; todos, allá o acá, poseemos algo que nos diferencia, pero, a la par, hay mucho que nos estandariza. Es obvio que el idioma, la expresión artística, la historia –según quien la relate-, la geografía, la religión o la raza tiende a distinguirnos a unos de otros, pero cuando rascamos, por ejemplo, en España vemos que el invento es mayor que lo real, que quienes nos dicen que somos diferentes en algo, nos ocultan que tenemos mucho más en común. Y ahí, entre lo que nos hace ser, o más bien creer, únicos y lo que nos une es donde se debe forjar la convivencia. En una sociedad moderna, avanzada y democrática enarbolar solo las banderas de lo distinto es catastrófico para el futuro. Me gustaría que un verdadero nacionalismo luchara por salvaguardar la riqueza de un pueblo –región, zona, área- y, a la par, se peleara por unirse al vecino por el bien común. Supongo que eso es lo que se llama nacionalismo moderado, pero, caray, uno solo ve o escaso interés por la tierra y un posible orgullo identitario o una radicalidad rampante y absurda. Se ve que no viajan.