el charco hondo

Trapo

Cuesta separar realidad y ficción para, una vez bien distinguidas, interpretarlas razonablemente; resulta complicado diferenciarlas porque en España hace décadas que ambas se mezclan en exceso. A los títeres se les encarcela sobre la marcha, de forma tan inmediata como prolongada, por abuso de ficción; y a quienes incurren en abusos de realidad, a esos que han movido lo que no deben también con hilos u otros procedimientos, les solicitamos que se acerquen al juzgado en el transcurso de las próximas semanas, meses o años. El episodio de los titiriteros, por fin fuera de prisión, ha abrazado a la estupidez con la desproporción (si llega a pasar en Badajoz, Arrecife o Pontevedra, ¿habría alcanzado la categoría de episodio nacional?). Estupidez la de aquellos que, arquitectos de la narración de autos, construyen un mal relato y lo trasladan a edades inapropiadas. Desproporción la de quienes aplican a la ficción las leyes de la realidad y, al hacerlo, convierten en pancarta desplegada lo que no pasó de ser una sátira en manos de marionetas, una mera representación, una teatralización que, como todas, invita a que convivan dos libertades: la de quienes escenifican su propuesta y la libertad de aquellos que, a este lado, somos libres de considerar que su narración destruye sin construir o, en lo que fue su error mayúsculo, también libres de pensar que los titiriteros se equivocaron de público porque la obra no era, claro que no, para niños.

A la alcaldesa de Madrid sus programadores están haciéndole flacos favores. Más allá de esa circunstancia, o de las opiniones sobre si el dinero público debe o no pagar según qué contenidos, no se entiende que un juez de la Audiencia Nacional ordene el ingreso en prisión de titiriteros que en el transcurso de una representación utilizan una pancarta en la que una marioneta enaltece a los terroristas. Curioso país, éste, en el que los muñecos de trapo duermen en la cárcel mientras otros, de carne y hueso, lo hacen en su casa.