Después del paréntesis

El universo

Hay momentos de la historia en los que un hombre, un genio con todos los sentidos que esa palabra tiene, hace que se desbaraten las certidumbres de la humanidad. Son operativas estas causas para referir los logros de eso que se llama ciencia. Aunque no es único, y acaso alguna vez nos acostumbremos a operar con la cierta perspectiva. Quiero decir que los seres de este mundo no son iguales desde que un tal Velázquez dio a conocer Las Meninas o un tal Bach hizo oír por primera vez El arte de la fuga. Es cierto que cuando Ptolomeo confirmó que la tierra era redonda el hombre estaba cerca de someter los confines del planeta, y lo consiguió, desde finales del siglo XV; o una manzana, observada por Newton al caer, asentó las bases de la gravitación universal. Y ocurre con la llamada era digital, que transformó todos los rudimentos que nos rodeaban, desde los antiguos casetes a las películas de 35 mm para las fotografías. En la actualidad las individualidades no parecen ser loables. Y no lo creo. La investigación en grupos interrelacionados lo es por la suma de individuos. Aunque cuando salen a nuestro encuentro individuos como Einstein nos da por repensar la especie. Cuánto pensó ese individuo; y más, ¿todo lo que razonó se confirmará? Andamos en el proceso. Porque de lo que Einstein deliberó no es del espacio y del tiempo que tenemos a nuestro alcance, sino de todo el espacio y de todo el tiempo, eso que nos hizo suponer durante muchos siglos a los mortales que existe el infinito. Se confirmó: las ondas gravitacionales. Einstein caviló sobre una de las cosas más rutilantes de los hombres: la energía deja huellas; se transforma, pero existe, no se destruye. Si en los confines del universo los cuerpos por colisión desprenden una cantidad x de energía, sus restos no se resisten a ser descubiertos. Conoceremos los materiales precisos para tal fin. Así es que el Observatorio de Interferometría Láser de Ondas Gravitacionales de EE.UU. lo consiguió un siglo después de ser expuesto. Durante décadas se tuvo por una alucinación lo que el gran físico conjeturó. Pero es. Una señal que desvela un suceso de hace 1.300 millones de años y expone el abrazo de dos agujeros negros más de 30 veces mayor que el Sol. La energía que desprendió ese choque no la podemos siquiera imaginar, pobres primates que jugamos con bombas atómicas. Es un descubrimiento histórico. ¿Por qué? Porque hasta ahora los seres humanos hemos limitado el universo a los ojos; podemos apresar la luz y traducir la luz en imágenes. Eso hacen los sofisticados telescopios o los satélites y naves armados con cámaras que remiten a la tierra sus hallazgos. Las ondas gravitacionales tumban esa parca enseña sensitiva. Es posible observar qué significa la velocidad de la luz. Y otra cosa: el entendimiento se multiplica porque podremos usar otros sentidos: el sonido, por ejemplo, y lo hasta ahora inimaginable. El saber ya no ocupa el lugar de la vista; el universo se despliega con otros componentes. ¿Qué descubriremos? ¿Podrá probarse que el espacio es finito? Lo que Einstein predijo, repito, es que las distancias son mucho más de lo que nuestros pies recorren y que la duración es una unidad que no solo afecta a nuestra muerte. Lo uno y lo otro son multiformes y no están sujetos a la supuesta linealidad u objetividad con que operamos. El descubrimiento dicho es sustancial a esa intriga. ¿También descubriremos que los tiempos son impares conforme los espacios que transitemos, que es posible que los hombres que vayan a Marte sigan siendo jóvenes cuando regresen a la Tierra y nosotros viejos? Lo sabremos.