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CARTAS DE LOS LECTORES

A vueltas con los perros

Qué pena de ver cómo se produce el gasto del dinero público, en la construcción de plazas públicas, para que terminen convertidas en territorio de canes y mangantes.

El otro día escribí refiriéndome a los perros potencialmente peligrosos (asesinos), hoy por desgracia tengo que hacer mención a los que no lo son, ni tienen culpa de que sus dueños sean los verdaderos animales irracionales, por llevar y permitir a conciencia que en pocos meses lo que ha sido creado para disfrute de ancianos, adultos, jóvenes y niños, se convierta en una zona de excrementos y suciedad que la hacen insoportable.

Supongo que el que haya leído mis dos escritos piense que odio a los perros; pues desde aquí quiero dejar claro que estos animales son de una desmedida pasión para mí y para mis hijos, pero es un imposible de satisfacer, pues vivo en un piso en Santa Cruz y no tengo tiempo de atenderlo ni de salir con la bolsa para recoger sus cacas.

Ante este problema, reclamo la única solución válida que considero existe por el momento: una mayor vigilancia y sanciones para el infractor, así como una mayor limpieza de los servicios a quien corresponda.

José Luis Bueno Jorge.



Cayucos y pateras


Aquí, en la Península llevamos años leyendo, viendo y sufriendo el bochornoso espectáculo, muchas veces manchado de tragedias irreparables, de la llegada clandestina y nocturna a nuestras playas andaluzas de miserables lanchas, embarcaciones de reducidas dimensiones y sin condiciones algunas para cruzar unas pocas millas del estrecho que nos separa de Marruecos, y en los que nuestros clandestinos visitantes tantas veces dejan su vida en el camino, situación especialmente dolorosa si se trata de mujeres y de niños. Todo un mercado clandestino e inhumano que intentamos evitar o controlar ante el desentendimiento del país que, al menos, permite que se repitan una y otra vez estas dolorosas aventuras marinas de personas que ni siquiera son del país que tolera estos asaltos. Estos tristes e ilusionados aventureros en busca de pan y trabajo, si es que llegan, suelen venir en esas míseras embarcaciones que llamamos pateras, palabra que según nuestro diccionario designa a "una embarcación pequeña, sin quilla, de fondo plano", como hemos podido ver tantas veces en la televisión.

Pero desde hace un par de años, no sé si como consecuencia de una política gubernamental que permitió la legalización de cientos de miles de emigrantes clandestinos con el cumplimiento de unas condiciones mínimas que escandalizaron y alarmaron a nuestros vecinos europeos por la vigente libertad de desplazamiento entre los países de la UE, desde hace ese tiempo la llegada de estos emigrantes ha cambiado radicalmente de origen y destino, y las elementales y ligeras pateras, que a veces solo traían una decena de personas y hasta menos, se han visto sustituidas por unas enormes lanchas de ágil y esbelto diseño, capaces de llevar a mas de cien personas, perfectamente asentadas, accionadas obviamente por motor, con aprovisionamiento abundante de agua, combustible y alimentos, y hasta con GPS a bordo, que desde las costas atlánticas occidentales de África arriban a Canarias, en a veces miles por semana, no ya a las islas más próximas a la costa africana, sino a todas ellas, con preferencia actual, al parecer, por la isla de Tenerife, después de un viaje que, por el presunto origen de los emigrantes, supone un desplazamiento de cientos de millas y días de navegación, creando gravísimos problemas desde una simple acogida minimamente digna y humanitaria, hasta su propio mantenimiento, en unas islas a 2.000 kilómetros de donde un Gobierno contempla sin reacción eficaz e inmediata un continuo sucederse de arribadas siempre numerosas e inesperadas.

Y nos dicen que esos "invasores" vienen en unas embarcaciones que denominan cayucos. Reconozco que, aunque canario, esta palabra me es totalmente desconocida, si bien parece que entre los que la conocen o utilizan, se refería siempre a un tipo de embarcación pequeño, como los que se usan por los indígenas de algunos países en los ríos de América del Sur. Fonéticamente, cabía suponer que esta palabra derivaría de la de kayak, palabra de origen esquimal, que, como recoge nuestro diccionario, se aplica a un tipo de embarcación usada por éstos para la pesca. Entonces, ¿de dónde viene este nombre de cayucos, esa especie de trainera a lo grande, muy marineras y robustas? Nuestro diccionario nos deja sumergidos en la mayor confusión, ya que se entiende por cayuco "una embarcación india de una pieza, mas pequeña que la canoa, con el fondo plano y sin quilla, que se gobierna con el canalete" que, como aclara el mismo diccionario en su lugar oportuno, es esa especie de remo de pala ancha con el que se rema sin chumacera y que suele servir también de timón de la embarcación. Es decir, todo lo contrario de como nos dicen que se llaman las embarcaciones en que está llegando tanta gente a Canarias.

No cabe un uso más indebido del término utilizado. Me temo que estemos en otro desaguisado lingüístico, comparable a ese eufemismo de calificar como de género, a conceptos que son simplemente sexuales, a pesar de que repetidas veces la Real Academia de la Lengua advirtiese de lo incorrecto de su uso, pero se adoptó, como si nos avergonzásemos de una palabra que, por desgracia, domina toda la actividad humana en estos años.

Ahora no es que vayamos a ruborizarnos, pero al menos que nos explique quien corresponda el porqué de tan erróneo uso.

José Mª Segovia. Madrid.
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