A principios del siglo XXI la poderosa Tyrell Corporation desarrolló un nuevo tipo de robot llamado Nexus, un ser virtualmente idéntico al hombre que recibió la denominación de Replicante. Los replicantes Nexus-6 eran superiores en fuerza y agilidad a los ingenieros de genética que los crearon, a quienes en el peor de los casos igualaban en inteligencia. Según pudimos ver en el cine, los replicantes fueron utilizados en la arriesgada labor de explorar y colonizar otros planetas.
Después de la sangrienta rebelión de un equipo de Nexus-6 en una de las colonias siderales, se convirtieron en proscritos. Coincidiendo con los años de los Blade Runners, a principios del XXI la ejecución simultánea, todas a las vez, todas juntas, todas revueltas, de 268.568 obras en Santa Cruz obligó a las poderosas subcontratas a desarrollar un tipo de obrero llamado Nexus, un ser virtualmente idéntico al ciudadano de a pie que recibió la denominación de Reflectante. Los reflectantes Nexus-7 eran superiores en fuerza y agilidad a los contratantes que los emplearon, a los que en el peor de los casos igualaban en inteligencia. Según podía comprobarse de lunes a domingo en las calles, los reflectantes fueron utilizados en la arriesgada labor de llenarlo todo de zanjas, picar, abrir el carril izquierdo, cerrarlo, cerrar el derecho, abrirlo y volver a abrir el izquierdo, dirigir el tráfico, amontonar vallas, pintar signos indescifrables en el suelo, agujerear y tapar, llenar y vaciar lo que días antes ya habían agujereado y tapado.
Poco a poco fueron destripando y colonizando calles, plazas, ramblas y aceras. Los reflectantes se hicieron con el control de la ciudad y de toda el área metropolitana -la gobernaban-. Las adolescentes no soñaban con echarse un novio futbolista, surfero o monitor de gimnasio, sino con ligarse a un reflectante que, chaleco al hombro, les mostrara los secretos y cañerías que la ciudad escondía bajo el asfalto roto. Con Santa Cruz convertida en un campo de batalla, solamente los reflectantes o Nexus-7 tenían permiso para mover vallas, cruzar la calle, pasar por las zanjas o pisar el material de obra que lo cubría todo. Cuando en el siglo XXIII las obras por fin acabaron, los reflectantes se negaron a devolver el chaleco y el poder que éste les otorgaba, condenando al destierro a los vecinos que no teníamos chaleco.