Claro está que la memoria de mi adolescencia la tengo casi intacta, no ya porque recuerde los pormenores de una guerra que duró unos tres años, sino porque todavía logro evocar minúsculos detalles, como éstos que hoy trato.
Estallado lo que más tarde sería ’aquella’ guerra, durante los primeros meses, como en cualquier sitio de ambas zonas, se multiplicaron ’los paseos’, fusilamientos, tribunales populares, consejos de guerra, palizas, torturas, en los que unos aniquilaban a quienes consideraban sus enemigos, sin otra causa que la de ser eso: enemigos.
Así se actuó, como en otras, en mi tierra de Cádiz, y nada más ocurrir esas muertes se oían murmullos, noticias, ’radio-macutos’, prorrumpidos sotto voce por los familiares y deudos de esos enemigos que, con cuidado sumo, difundían hechos falsos o verdaderos, prohibitivos para las emisoras y periódicos de la ’zona nacional’, por ser contrarios a ella, y que yo mismo pude oír rumorear.
Franco, en agosto del 36, había pasado sus tropas por el mar que separa Ceuta de Algeciras, en un convoy marino integrado por barcos mercantes, con la protección del cañonero ’Dato’ y de aviones italianos, que lograron ahuyentar a los buques de guerra del Gobierno. Pues bien, el rumor de que a los pocos días el ’Acorazado Jaime I’ había bombardeado desde muy cerca el puerto de dicha población y había hundido al ’Dato’ lo supimos por procedencia oral, ya que los diarios y las emisoras de radio nacionales nada decían del asunto.
Otras veces nos enterábamos de que, por ejemplo, en Granada habían matado a un poeta llamado García Lorca, lo que era verdad; pero en ocasiones nos decían que habían matado a la actriz Rosita Díaz Gimeno, luego casada con un hijo de Negrín, algo falso puesto que sólo fue detenida en Córdoba y después canjeada. O de pronto corría rápida la noticia de que una columna mandada por Manuel Muñoz Martínez, comandante del Ejército, diputado de Izquierda Republicana por Cádiz, venía desde Málaga y estaba ya a la altura victoriosa de Algeciras.
Era todo un camelo, pues esa persona estaba en esos momentos de director general de Seguridad en Madrid y fue tristemente célebre después, por determinadas circunstancias, así como objeto de un magnífico trabajo -que yo sepa hasta ahora, inédito- en relación con la filósofa María Zambrano, realizado por mi amigo y paisano, el profesor de Filosofía Griega Luis Santos. Ignoro si la futura ’memoria histórica’ que se proyecta reivindicará la actuación del director general.
Por los barrios obreros gaditanos, con precavido silencio, pero con informaciones que no podían tener su origen sino en emisiones republicanas captadas por aparatos de radio, se expresaba el fracaso del alzamiento, la inconquistable capital de Madrid y el próximo hundimiento de los ’facciosos’, a los que aún no se les llamaba fascistas. Además, todo ello aventuraba un tiempo "en que se le daría la vuelta a la tortilla".
Esta frase ponía en amenaza concreta que, de ganar los gubernamentales, harían con los rebeldes lo mismo que éstos habían hecho con ellos. Es decir, "darle la vuelta a la tortilla": devolver las muertes y los actos violentos que habían protagonizado.
Nunca infundió miedo ni temor aquella ’necrófila’ vuelta de la tortilla, que como frase imaginativa similar estuvo circulando en los primeros meses del Movimiento. |