EL OBSERVADOR IMPERTINENTE
De gobernantes y candidatos
CARLOS E. RODRÍGUEZ
Tenía tres opciones Mariano Rajoy este último jueves en la sesión parlamentaria de aprobación del envío de tropas españolas a la peligrosa misión de interposición de Naciones Unidas en el sur de Líbano: oponerse, votar a favor o matizar el voto favorable con una descripción real de lo que sucede en el escenario del conflicto. Optó por esto último, que era su personal y en mi opinión acertado criterio, pero construyó mal el argumento, dejando que predominasen los conceptos en torno a la enrarecida política interior española sobre los del conflicto que se sustancia en el escenario global y en este momento, en el escenario del próximo Oriente. En curioso revival de la vieja y siempre perversa confluencia de los extremos, los más duros de los suyos exigen a Rajoy leña al mono sea por lo que sea, y éste no pierde ocasión de provocar a Rajoy con toda suerte de arañazos y salivazos, porque esa actitud le viene de cine para su estrategia de bipolarización de la opinión pública.
No sería fácil explicar un voto negativo, porque Líbano no está en condiciones actuales de garantizar que su territorio deje de ser utilizado como base de agresión por el terrorismo radical islámico que dirige y nutre de armamento desde Irán el régimen de los ayatolás, terrible convergencia del medievalismo social y político con la tecnología nuclear. Y también hubiera sido inexplicable el voto negativo porque, hay que reconocerlo, el Israel democrático no ha sido capaz, esta vez, de una ofensiva militar de precisión quirúrgica para destruir la organización terrorista Hezbolá. La misión militar de Naciones Unidas será obviamente estéril a medio plazo, pero es imprescindible en la fase actual del conflicto y para proteger la población civil a ambos lados de la frontera.
El voto favorable, sin más, era impensable. El actual Gobierno español, agazapado en rebuscados sofismas, es beligerante contra el legítimo derecho de Israel a defenderse del terrorismo radical islámico. Era importante dejar claro que los pueblos, siempre víctimas, son también siempre igualmente respetables, pero que no sucede lo mismo con sus dirigentes. La política de Israel, con notorios e inexcusables defectos, está en el lado de la Civilización. La política de Irán, Irak y Siria, sin una sola virtud visible, está en el lado de la barbarie. No es defecto del pueblo árabe, sino de los líderes islámicos que amenazan al pueblo árabe con todos los males del infierno si cede a convivir con los infieles.
Aún más importante era expresar el sentido del apoyo a la misión, ya que Naciones Unidas, por los complejos equilibrios necesarios para hacerla posible, ha optado por una excesiva indefinición -o confusión, que es peor- de los objetivos. Tanto, que algún peculiar político de nuestro país la ha presentado casi como para proteger Líbano de la agresión judía. Es evidente que Líbano no necesita ser protegido de Israel, sino de Irán y Siria, que vienen haciendo mangas y capirotes de la soberanía del país de los cedros e incluso han armado e instalado en su interior una de las más sanguinarias organizaciones terroristas del convulso mundo actual, Hezbolá.
La misión militar de Naciones Unidas en el sur de Líbano tiene, y no pueden ser otros ni entendidos con reservas, tres objetivos precisos: devolver al propio Líbano la soberanía en esa zona de su territorio, desarmar la organización terrorista Hezbolá y entregar sus dirigentes a los tribunales internacionales de Justicia, y colaborar con Israel en la protección de su frontera con Líbano. Si el resultado final fuese la seguridad del estado democrático de Israel y una democracia estable en Líbano, habría motivo para que la comunidad internacional se felicitase. ¿Pero alguien que no tenga intereses ocultos piensa que la dictadura siria o la tiranía iraní participarían de esa felicidad?
Prisionero entre un Gobierno al que intelectual y moralmente desprecia, y un partido cuyas excesiva tensión interna puede negar, pero conoce y no controla, Mariano Rajoy no ofrece una imagen patética -por más que Rodríguez Zapatero se cebe en decírselo- porque es un hombre educado y culto, que por cierto se expresa correctamente, incluso a veces con brillantez, en un hemiciclo últimamente escaso de muestras del don de la palabra. Así que por los pasillos del Congreso y por los muy politizados restaurantes de las calles aledañas es casi unánime la opinión de que "Mariano está harto y se va", y los analistas sólo difieren en si antes o después de las elecciones de 2008. Así se comentaba este jueves en distintos corrillos y mesas de políticos y periodistas. Dicen algunos que, en los partidos, los políticos no vienen o se van, sino que se les llama o se les echa y que, para cumplir la ceremonia, Rajoy debe perder unas elecciones. Las de 2004 no cuentan, porque no eran realmente suyas, no lo hubiera sido el éxito y no lo fue el fracaso.
Se acepta por casi todos que Rajoy es un excelente gobernante y un mal candidato. Fue candidato porque, hasta un minuto antes de que el terrorismo islámico lanzara su criminal lengua de fuego sobre Madrid, nadie tenía la menor duda de que las elecciones estaban ganadas y lo que el PP ofrecía a los electores era un político experimentado y competente para gobernar, un hombre para salir de la crispación y volver al espíritu de la transición y el consenso. La barbarie islámica se cebó en dos centenares de ciudadanos, que afortunadamente ya no pueden ver los indecentes flirteos con sus victimarios. Los mismos que llamaron asesinos a quienes entonces gobernaban España, atribuyéndoles haber provocado la matanza de Atocha -curiosa legitimación del crimen
¿habrán provocado las víctimas a sus violadores?- son los que ahora, en Oriente Medio, acusan a los israelitas y ven, en los terroristas, sufridos resistentes.
Rajoy volvió este jueves a quedarse solo, con su oratoria, sus buenas formas y sus razones, frente a un adversario que no se para en barras y que dosifica eficazmente, dentro y fuera de sus filas, el viejo juego del palo y la zanahoria. Y es que, en las actuales circunstancias de crispación límite de la política, el PP no necesita un hombre de gobierno, sino un candidato capaz de tomar la iniciativa y no hacer de frontón de las astucias del equipo de Rodríguez Zapatero. La debilidad de Rajoy es también su oportunidad, porque tiene ganado el respeto de los distintos sectores de su partido, lo que, si desea ceder el liderazgo, le permite librarse del previo vía crucis electoral, salvo que las urnas municipales y autonómicas del año próximo apunten un vuelco que, al menos por ahora, no se ve. De todas formas, también son raros los últimos gestos del lado gubernamental. En una de esas tertulias del pasado jueves, un muy inteligente periodista, nada hostil al PSOE, confesaba su perplejidad ante la nueva política de premio a los fracasos. ¿Es ya Juan Clos una catástrofe municipal inocultable en Barcelona? Pues se le nombra nada menos que ministro de Industria. ¿Es ya evidente que Trinidad Jiménez no tiene nada que hacer compitiendo con Ruiz-Gallardón por la alcaldía de Madrid? Pues se le hace algo así como viceministro de Exteriores para Latinoamérica. ¿Insisten las encuestas en el tirón electoral de López Aguilar? Pues se le saca del Ministerio de Justicia. ¿Se multiplican, en todos los lados del espectro político, los elogios a la vicepresidenta Fernández de la Vega? Pues se lanza su nombre como posible candidata en Madrid
Por este camino, cualquier día nos encontramos al paisano Pepiño Blanco de vicepresidente del Gobierno.
Ganar en Madrid. En esto de los candidatos por Madrid hay de todo. Felipe González ya se ha desmarcado. A Javier Solana, que hubiera aceptado en 2003, cuando su más que probable triunfo le habría situado en rampa como candidato presidencial, no se lo ofrecieron entonces precisamente por eso. Como es hombre muy educado no ha hecho ahora el corte de mangas que correspondería, pero ha dejado claro que no está disponible. Mi admirado Pérez Rubalcaba -un as de oros en el Parlamento y en cualquier Ministerio- aseguraría sin embargo a Ruiz-Gallardón una mayoría ampliada. Lo de Josep Borrell se parece a lo de Mariano Rajoy. El actual y ya por poco tiempo presidente del Parlamento Europeo es un político tan inteligente y brillante como mal candidato. Sin duda, Teresa Fernández de la Vega sería la competencia más temible para el ambicioso alcalde de la capital.
Poquito más o menos, los feudos están contados. Por eso Madrid -la Alcaldía y la presidencia de la Comunidad- son tan importantes el año próximo. La capital es de derechas y no hay a mano un marxista sociológicamente de derechas para repetir la hazaña de Tierno Galván. La Comunidad es más difícil, porque incluye un amplio cinturón de izquierdas. Pero en la Comunidad se la juega nada menos que Esperanza Aguirre, toda una candidata con ambición y carácter, y que necesita un triunfo indiscutible como rampa de despegue a mayores objetivos. En la lucha nacional entre PSOE y PP, y con todo lo que significa para las generales de 2008, habrá ganado las elecciones de 2007 el que gane en Madrid.
Por cierto que, por razones similares, la formación del Gobierno de Canarias estará muy condicionada no sólo por los escaños, sino también por algo tan en apariencia ajeno como quienes hayan ganado en las urnas municipales de Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria. En Las Palmas, los socialistas han definido la jugada con la presentación de un candidato sin duda de lujo como es Jerónimo Saavedra. No se ve igualmente definida, por ahora, la jugada en Santa Cruz. Continuará
porque hay tela para cortar.
|