LA ÚLTIMA
Montaña
CARLOS PADILLA
Acabaron con él a golpe de sentencia y de la forma más dolorosa posible, dejándolo agonizar en la miseria. El incómodo celador de los montes y las costas terminó por esfumarse un día, desleído en su propia ruina, agotado tras años de prédica sin una respuesta clara, vilipendiado por los señores de esta tierra y molido por la injusticia. No hubo delito en el caso Tindaya y sí un tremendo error del movimiento ecologista regional: entrar en la contienda vergonzosa entre dos gobiernos, dos administraciones amalgamadas que, a base de dejar correr el reloj, han conseguido disolver en en el tiempo el recuerdo de una fechoría jamás probada, aplastando de paso a uno de sus peores azotes.
Los más de dos mil millones arrancados de la cima de la montaña se han llevado por delante a un artista y a una de las mayores federaciones del movimiento social regional. Más arriba, nada ha acaecido. No hay falta ni responsables, sino olvido. Por no haber, no hay ni monumento, sino un enorme agujero. O dos. Y pese a todo, Tindaya sigue hoy allí. Desde Villaverde, cada atardecer, se puede seguir contemplando la caída del sol tras su contorno, tergiversado por el polvo. Una silueta raída prueba el expolio de su roca, trasladada hecha pedazos a todos los rincones de Canarias, cobrando forma de escultura, patio o gigantesca fachada en Las Palmas, La Oliva o Santa Cruz.
Desde abajo, todo se ve de otra manera. El archivo de la vertiente penal del caso, el viaje sin retorno emprendido por Ben Magec, ha reventado de forma implacable en las entrañas del activismo canario, atemorizándolo. Conscientes del efecto devastador del pago de las costas judiciales, muchos han comenzado a plantearse la retirada de sus recursos a la decisión judicial que aparcó esta presunta trama, posiblemente el mayor escándalo político que ha visto la comunidad autónoma.
Al mismo tiempo, el hedor de la impunidad envuelve a los ciudadanos, estupefactos ante el extravío asombroso de tanto dinero, convencidos de que si después de esto no ha pasado nada no tiene sentido mantener en el Parlamento regional tres comisiones de investigación abiertas, pagando un sobresueldo a veinte diputados: si el atraco a una montaña pasó desapercibido, cómo no va a suceder lo mismo con el saqueo del viento, invisible y en constante ajetreo.
|