Éramos los que más cerca vivíamos, así que cuando volvíamos a casa íbamos despidiendo al resto de la pandilla y siempre acabábamos apoyados en algún escaparate o sentados en cualquier zaguán, imaginándonos qué mundo estaría esperándonos al acabar la adolescencia, garabateando el futuro, contándonos lo que queríamos ser y lo que no, lo que le pedíamos a la vida y lo que no, lo que teníamos en la cabeza y lo que no, lo que soñábamos y lo que no. La edad nos tenía atrapados en conversaciones desordenadas, de ida y vuelta, siempre pensando a lápiz, escribiendo y borrando lo escrito, sin metodología, a ciegas, diciéndonos y desdiciéndonos cuando barruntábamos qué podríamos llegar a ser profesionalmente. Cuando se está en el instituto es bastante fácil conjugar en futuro. En lo profesional todo está por estrenar, luego, todo por ganar, luego, todo por saber.
Es cierto que, a veces, las zancadillas de la vida no esperan a que sus víctimas maduren. Es verdad que, a veces, al destino se le disparan los jugos gástricos. Cuando eso pasa la vida no se lo piensa dos veces. Espera a la salida de clase y allí mismo, delante de todos, le destroza la adolescencia y lo que venía después al pibe que pasaba por allí. Afortunadamente, ese no fue nuestro caso. Nos había tocado una realidad lo suficientemente cómoda como para poder soñar sin cicatrices, sin límites, sin hipotecas, sin cortarnos un pelo. Un día cualquiera, algo así como un millón de conversaciones después de la primera, me dijo que quería ser bailarín, que lo suyo era la danza, que cuando cerraba los ojos sólo veía escenarios, y bailar, bailar, bailar. Me sorprendió que no me lo hubiera contado antes. Me sentí estafado. Yo le había diseccionado al periodista que pretendía ser y él, jodido tramposo, nunca me había presentado al bailarín. Hice de abogado del diablo. Le advertí de que la danza exigía una educación muy temprana, y, en esa idea, que hay disciplinas para las que llegar a los diecisiete era llegar tarde. Me respondió con tanta seguridad que pasé del diablo. Él lo tenía claro. Sabía qué hacer y cómo hacerlo. Se tiró años preparándose. Acabé perdiéndole la pista, hasta que un día me contaron que estaba viajando por todo el mundo. Distintas compañías. Diferentes funciones. Esta noche Jesús Caramés Jésus- actúa en el Guimerá. Me encantará escuchar como le aplauden.