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EDITORIAL
Cayucos y bronca política

Ya se ha terminado por armar la bronca política entre los gobiernos central y canario a cuenta de la llegada incesante de cayucos a las costas del Archipiélago. Se podría afirmar que el encontronazo era inevitable dado el curso de los acontecimientos, pero resulta igualmente lamentable que tampoco en esta ocasión las instituciones, y detrás de ellas quienes las gobiernan, sean capaces de poner sus energías al servicio de un esfuerzo común. Lo decimos desde la convicción, creemos que refrendada por los hechos, de que esta crisis precisa más acciones que palabras, más realidades que ideología, y, sobre todo, mucha más sensatez y menos descalificaciones gratuitas.

En este sentido, hay que afirmar de salida que el ministro de Justicia y candidato en ciernes a la presidencia del Gobierno de Canarias, Juan Fernando López Aguilar, ha elegido un modo absolutamente inapropiado de introducirse en el debate sobre esta cuestión. De un alto cargo de probada talla intelectual podía esperarse un discurso algo más solvente que la pura descalificación del Gobierno canario con términos cercanos al insulto. Porque a estas alturas tampoco se aporta nada al debate afirmando que el Ejecutivo autonómico es charlatán y gallináceo, como sugiere el joven dirigente socialista canario. Por cierto que su compañero Juan Carlos Alemán, en la entrevista publicada por este diario el viernes pasado, aportó reflexiones de mucho más amplio calado, destacando las contradicciones del Gobierno nacionalista -que las tiene, por supuesto que sí-, pero sin convertir su discurso en un alegato desabrido y encaminado más bien a tapar las vergüenzas propias.

No nos podemos alegrar de que el Gobierno central, con López Aguilar como su más entusiasta hooligan, opte por el enfrentamiento en un asunto de esta enjundia. Pero por ahí caminan las cosas, a la vista de las afirmaciones de la vicepresidenta del Ejecutivo, María Teresa Fernández de la Vega, en el Congreso de los Diputados a mediados de la semana pasada. Y la secretaria de Estado de Inmigración, Consuelo Rumí, ya definió hace unos días esta nueva línea de beligerancia al acusar de "desleal" al Gobierno de Canarias. Para Rumí, las Islas están recibiendo la solidaridad tanto del Ejecutivo central como de las comunidades autónomas que están recibiendo a los inmigrantes subsaharianos llegados a las Islas.

Pues bien, es en este campo donde nos parece obligado aclarar algunos conceptos. Nos parece simplemente inapropiado utilizar el concepto de solidaridad para abordar la crisis provocada por la llegada de subsaharianos y su hacinamiento en centros de retención al borde del colapso y sometidos ya a un goteo incierto de fugas en sus recintos. En este sentido nos resulta más ajustada a los hechos la visión del Ejecutivo autonómico, que define la situación como un asunto de Estado que nos implica a todos, y que merece actuaciones más allá de discursos facilones como los que mueven en más ocasiones de las recomendables al Ejecutivo presidido por José Luis Rodríguez Zapatero. Porque desde Canarias nadie osaría dudar que la violencia en el País Vasco, por ejemplo, es un asunto de Estado que nos concierne a todos, más allá de que en territorio canario jamás se haya sentido el brazo asesino de ETA. Nos parece simplemente un deber ciudadano y patriótico elemental. Asimismo, se da la llamativa circunstancia de que el Ejecutivo socialista ha otorgado el rango de asunto de Estado al encaje de Cataluña en el proyecto común de la España plural, con el controvertido nuevo Estatuto como resultado conocido. Y vale, también es posible que así sea. Pero precisamente por ello se puede afirmar ahora, con firmeza y sin poses oportunistas, que el Gobierno central está obligado a conceder idéntica trascendencia a la compleja situación que vive Canarias. La exigencia pasa por las actuaciones, no por las palabras, y menos si éstas tienden al conflicto entre instituciones, lo que en este caso significa tanto como eludir las propias responsabilidades.

Está claro que el Ejecutivo de la Nación tendrá que adoptar algunas medidas relevantes en solitario, dado el indiscutible desapego con que las autoridades de la Unión Europea se toman un asunto que a la mayoría le pilla muy lejano. Pero, claro, eso no puede traducirse en un simple lamento sobre la lentitud de la actuación comunitaria en este campo, como afirmó también López Aguilar, quien quizá debió emplear en la cumbre de Finlandia sobre inmigración el verbo agresivo que ahora emplea en su tierra.

Desde estas líneas, que pregonan moderación, trabajo en común y asunción de las propias tareas -credibilidad basada en una trayectoria que creemos tener para afirmarlo-, nos preocupa sobremanera este escenario inquietante de enfrentamiento al que se ven abocados los gobiernos central y canario.

La tentación es fuerte para ambos. El Ejecutivo socialista sigue empeñado en hacer casi de cada cuestión una pugna ideológica entre izquierda y derecha, entre dos modos opuestos de ver el país y la sociedad española. Rodríguez Zapatero ha descubierto, además, que se mueve mejor en esa tarea que en la simple y dura gestión de los asuntos -algunos, como este, muy graves- que llegan a la mesa de la Presidencia del Gobierno.

El Ejecutivo de Adán Martín, por su parte, exhibe un discurso firme y reivindicativo muy propio de épocas preelectorales, y aunque le asiste la razón en lo fundamental, que hablamos de un asunto de Estado y no de una cuestión coyuntural, no debería convertir este dramático asunto en un eslogan para la cita con las urnas programada para 2007, tal y como advirtió en estas líneas, sin los histerismos de su correligionario y anunciado sucesor, el propio Juan Carlos Alemán. Altura de miras, sentido humanitario, reflexión serena, estrategia clara y decisiones como resultado de todo lo anterior; ese es el único camino posible en las actuales circunstancias. Lo otro será un correcalles que utilizará a los inmigrantes ilegales -y detrás de ellos, los miedos que la crisis ha despertado en la sociedad isleña- como mercancía rentable sólo para los propios objetivos y las ansias de poder.

Nadie nos encontrará en ese siniestro camino.
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