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CARMEN FERRERAS
Letizia, Sabina y el mal gusto

El anuncio de embarazo de Letizia Ortiz no ha logrado apagar los ecos del famoso chiste que Joaquín Sabina pone en su boca, tras una noche de cena, música, baile y por lo que se ve y se sabe, también confidencias. De ser cierto, se cuenta en un libro y en principio tampoco tiene porqué ser falso, son dos las cuestiones a analizar. Primero e importantísimo, Letizia Ortiz no puede ni debe hacer nunca ese tipo de concesiones dado el papel que le toca representar en la vida española por decisión propia; y si no, que no se hubiera casado con el heredero. Pero como la decisión, según sus propias manifestaciones, muy pensada, muy meditada, fue producto del amor que se profesaban ambos, tiene que pechar ahora con las responsabilidades que conlleva. O qué quiere Letizia, convencer en una noche a los republicanos más recalcitrantes de las bondades de la monarquía parlamentaria. A no ser que vaya buscando apoyo entre los más significados por si la tortilla cambia y hay que convertir España en una monarquía republicana, que ya lo es.

Mal por un lado el desliz de la mujer del Príncipe Felipe, que no anda muy fino de vocabulario últimamente. Pero peor es lo de Sabina. Hacer pública una confesión producto del ambiente y del momento me parece una deslealtad y un atropello. Ni contarlo a los amigos y mucho menos dar pábulo en un libro. Encima el chiste que debían saber cuatro y ahora conocen, gracias al suceso, cuarenta mil, es de muy mal gusto. Con Sabino Fernández Campo en la Casa Real estás cosas no pasaban. Pero a don Sabino lo retiraron, lo botaron con demasiada prisa y ahora, de vez en cuando y aún de cuando en vez hay que lamentar estos y otros episodios penosos.

Con lo discreta y lo bien que se ha movido siempre en cualquier terreno, por resbaladizo que fuera, Su Majestad la Reina doña Sofía, ejemplo a seguir por Letizia, y cuántos inconvenientes está ocasionando la princesa. Que la Familia Real acabe convertida en carne de Aquí hay tomate me subleva. Pero si alguno de sus miembros mete la pata y hace o dice cosas indebidas que debieran permanecer entre los muros de la Zarzuela, que peche con las consecuencias. El Príncipe Felipe ha querido ser, por la vía del matrimonio, tan populachero, tan plebeyo, igualar tanto la cuestión que ya casi ni se distingue, a pesar de los esfuerzos que evidentemente se realizan desde palacio por paliar ciertas deficiencias.

Dicen en mi pueblo que mientras la paquetería se compra, con la elegancia se nace. Y eso no va sólo con la indumentaria, eso también va con la persona misma, con sus modales, con sus gestos, con su vocabulario, con los modos y maneras con las que actúa. La Familia Real o a quien corresponda está actuando también como Pigmalión, pero todavía queda camino por andar y, en algún bache del camino suele meterse la pata. Lo tremendo es que se tenga cierta facilidad para hacerlo. Lo que sucedió aquella noche en casa de Sabina debiera haber quedado entre los muros de la casa del cantante. Pero como ha salido a la luz pública, hay que reprocharle a Letizia su incontinencia verbal que le va a acarrear más de un disgusto. Se nota a la legua que le cuesta mucho permanecer callada y en un discreto segundo plano. Y al castizo éste, la ausencia de elegancia en su comportamiento hacia su invitada que le quiso hacer destinatario de una confidencia para la que no estaba preparado. En fin, que entre todos la mataron y ella sola se murió.
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