LA CONTRAPORTADA
G-Clinton
JAIME PÉREZ-LLOMBET
El acierto de traer a Clinton es evaluable, sí, pero difícilmente discutible. Hay razones que soplan a favor. Desde luego, la repercusión que su visita tendrá ahí fuera, pues nos va la vida en recordarle al mundo que estamos aquí, que existimos, que hay un peñasco junto a la costa occidental africana donde se paga en euros, que aquí se puede dormir, comer, nadar o jugar al golf. Clinton constituye un excelente recordatorio; un reclamo; una oportunidad para insistirles a ingleses, alemanes o peninsulares que sí, que aquí estamos para lo que se ofrezca, que pueden venir, que si Clinton lo hace cómo no lo van a hacer ellos. Esta sería la razón primera. Hay otra. Andan los estadounidenses (los canadienses también son norteamericanos, ¿o no?) moldeando sus inquietudes africanas. Buscan suelo donde multiplicarse -el eje del bien a la caza del eje del mal-, tanteando la posibilidad de apostar por algunos mercados. No sueñan con crear ciudadanos, pero sí consumidores. En esas está Clinton. De avanzadilla. Explorando. Conociendo algo más este espacio. Por eso, que se detenga en la Isla no está de más. Si quiere asomarse, que lo haga desde aquí; desde Canarias. Hasta aquí las razones. Argumentos que hablan de promoción turística y de la mera posibilidad de que el ex presidente recuerde dónde estamos cuando llegue el momento de las apuestas. Estupendo. Ahora bien, ¿para qué se han enredado en el Cabildo con esa disquisición sobre la condonación de la deuda externa o la aportación del 0,7% del Producto Interior Bruto? ¿A qué viene lo de enmarañarse con el gratuito lío de las políticas de los países más desarrollados y la erradicación de la pobreza? Clinton viene, y bienvenido sea (así la cursilería local podrá hacerse una fotito súper, que les quedará divina junto a la de la infanta en las regatas). Viene a dar una conferencia, a cobrarla y a jugar al golf. A él le interesa y a nosotros también. Eso es todo. No caigamos en el absurdo de convertir su presencia en una reunión del G-8. Si nos empeñamos en inflarlo, la realidad nos obligará a bajar el listón y en el aire quedará la sensación de que no se cumplieron las expectativas. Él quiere cobrar, y nosotros que nos promocione o que le cuente a sus amigos de las multinacionales que estuvo en una Isla que no está mal. Esto será un G-Clinton, no un G-8.
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