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Campanas en la brumacera
LEOCADIO MACHADO

Cuando la bruma se enfurecía y galopaba como un caballo dislocado, atravesando la Vega para invadir la ciudad aguijoneada por los revoltosos alisios afincados entre la laurisilva de los montes de Anaga, todo el paisaje se soliviantaba adelantando la marcha tradicional del calendario para apuntar al corazón del invierno. Se soliviantaban las palmeras de la catedral, la araucaria de la Concepción y los laureles de Indias de la plaza del Adelantado; y entonces la bruma se convertía en brumacera, iniciando el baile de las brujas y alterando la fisonomía de la tranquila y sosegada Aguere.

En ese escenario tan particular acompañó mi curiosidad de niño el cortejo fúnebre que se llevaba, con toda solemnidad, los restos mortales de don Joaquín Cañibano, que había sido jefe de la Guardia Municipal, y cuyo uniforme lleno de medallas siempre me deslumbró. Fue un entierro más macabro que los normales, con la brumacera como una viuda persiguiéndonos por toda la calle de San Juan, mientras las campanas de la ciudad se pusieron de acuerdo para doblar al unísono y envolver aquel agobio con una sonora mortaja.

La calle de San Juan fue siempre una calle gris y, según Rosarito Mora, llena de muertos colgados por las paredes. Por allí invariablemente se colaba la brumacera para restarle protagonismo al molino de gofio de los Gatos. Esa brumacera era la culpable de que Rosarito Mora, que era medio miope, confundiera con muertos colgados en las paredes a las cruces que allí esperaban a que llegara el mayo florido, rompiendo la lúgubre visión que la pintorreada y coqueta solterona se había imaginado cuando pasaba y repasaba la calle de San Juan todas las tardes desde su domicilio en la esquina de la calle de Herradores. Don Daniel Piñeiro, que la observaba enfrente, desde su droguería, comentaba con los íntimos que aquella fogosa mujer era capaz de enamorarse de un muerto con tal de que tuviera pantalones.

Las campanas de La Laguna seguían sonando, aunque por esa época más que sonar lloraban a difuntos. Quizá por eso al sargento Baena se le ponían los pelos de punta y pasaba por entre la brumacera deprisa, como alma que lleva el diablo, para refugiarse en la sala de banderas de la Batería de Montaña, a dos pasos del Cristo de La Laguna, que en aquellos tiempos hacía más milagros de los normales.

Sonaban las campanas, galopaba la brumacera y la gente se refugiaba en el interior de sus hogares a la espera de tiempos mejores; y como las coles en los alrededores del Rodeo estaban en todo su esplendor, pocos eran los que no calentaban la barriga con aquel bendito potaje. En las largas sobremesas y tras los cristales de las ventanas, los laguneros asistían al espectáculo colosal de aquellos vientos húmedos que barrían el ambiente y que inflaban las sotanas de los canónigos como si fueran globos a punto de iniciar un viaje fantástico, cuando los heoricos y veteranos curas acudían contra viento y marea a los Santos Oficios de la catedral.

La Vega toda se estremecía de temor al verse invadida por tantos visitantes indeseados que convertían la tarde en noche cerrada, mientras en la explanada del Pozo Cabildo la brumacera y el viento se fajaban en una dura pelea de la que solo eran testigos las veredas y las huertas y algunos bardinos descarriados que ladraban su propio desamparo.

Aquel choque frontal de dos fenómenos naturales se iniciaba antes del viaje de la bruma desde las entrañas del monte verde y cuya algarabía solía espantar a la tímida y asustadiza paloma rabiche que abandonaba su bienestar en la enramada más profunda para asomarse al exterior, desorientada y sin brújula. Allí a dos pasos, las paredes solitarias de lo que fue hogar de Teobaldo Power, el músico que dormía a los niños mecidos en su propio Arrorró, aparecía como una barcarola sin que nadie se atreviera a remarla.

La tarde noche llegaba y las campanas la recibían como una bendición. Había concluido la hora de los entierros y el paseo de Rosarito Mora por la calle de San Juan. La brumacera comenzó su éxodo, camino de la mar en calma, pero antes se detuvo frente a la Cruz de Piedra para lavar los posibles restos de las llagas de un Cristo crucificado hacía ya una eternidad.

Las campanas hicieron un último intento y voltearon con más vigor que nunca. Y La Laguna se convirtió en un tremendo eco hecho a golpe de bronce y de badajos.

Y así, y por un corto periodo, se puso a reinar el invierno.
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Cine Dos hombres y un destino ***

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