Los flamencos lo llaman duende, pero en Cuba al embrujo inspirador del artista (y en general para desear suerte) le dicen aché. Que es palabra africana, yoruba, como también lo es obá, el término que nombra al santero en la religión afrocubana. Vestido de obá, con el color blanco de Obatalá (divinidad afro que en la tradición cristiana se corresponde con la virgen de la Merced), acostumbra a salir a tocar el pianista cubano Omar Sosa. De vuelta a los escenarios madrileños, más frecuente desde que reside en Barcelona, el intérprete y compositor de Camagüey presenta su nuevo disco en grupo, Mulatos. Un paso más en la mezcla inteligente de sonidos de jazz latino y raíces folclóricas afrocubanas, ahora (novedad) enriquecidos con pespuntes de electrónica y efectos de voz. Todo revestido con la espiritualidad, y el ritmo, propios de la tradición negra de Cuba. En concierto, Omar Sosa es una caja de sorpresas por su sorprendente capacidad para extraer sonidos del piano: en sus manos, el Steinway parece por instantes un instrumento de percusión. Y luego está el trío de Omar Sosa, qué trío. Angá Díaz, el sostén rítmico de Buena Vista Social Club, lo borda en la tumbadora, y otro cubano, Luis Depestre, no se queda atrás con el saxo. Y por si fuera poca alma negra, el mozambiqueño Childo Tomas apuntala la aventura al bajo eléctrico. No habrá fama, pero espíritu sí que abunda. |