Monumentos
JESÚS M. HERNÁNDEZ
Entiendo que lo peor es ser engreído. Y hay muchos sueltos por estos lares. Que pretenden monumentos, medallas, orlas, diplomas y homenajes por los servicios prestados. O por haberse servido de ciertos préstamos. Puede que sea mejor llamarlos por su verdadero nombre: echaditos p’alante, bobos tiesos, curritos. Se creen más chachis que el resto de mortales. Qué digo: son inmortales. Su quehacer no es de este mundo. Está más allá del bien y del mal. Saben de todo. Han dejado sus estudios a medio camino, pero son doctores en cualquier faceta. Han recibido algo de instrucción, mas un cero patatero en educación. Esa que se mama en el hogar familiar. Aunque, ya se sabe, de tal palo tal astilla. Van a misa cada domingo. Y se mandan tremendos golpes en el pecho. Tanto que un día se les joroba una costilla. Le piden a su Dios que los ilumine para seguir arriba, en lo más alto del pedestal. Para observar cómo se desenvuelve a ras del suelo el más común de los individuos de la raza humana. Suben como la palmera a otear su horizonte.
Un buen amigo me señalaba hace unas semanas cómo distribuía mi tiempo para estar metido en tantos berenjenales. Sencillamente, restándoselo a los asuntos intrascendentes. Como puede ser el contabilizar cuántas veces salí en las fotografías de cierto libro dedicado a los realejeros ilustres. Es mero ejemplo. Porque soy de ese pueblo, es verdad, pero lo de ilustre me queda bastante ancho y largo. No obstante, el que demanda parabienes exige tales nimiedades. Y se cabrea o dispara su lengua viperina en busca del culpable. Reclama que se plasme su careto, para que las generaciones venideras sepan del personaje. Pues de no ser así, revolverá cuanto menester fuere, avisará a sus acólitos y emprenderá feroz cruzada contra los infractores. Puede que no sepan hacer la o por un canuto, pero su lenguaje oral está harto desarrollado. Han ejercitado hasta extremos insospechados el órgano muscular movible del interior de la cavidad bucal. Con la tremenda suerte de no haberse mordido y no inocularse el veneno. Sí, peligrosas serpientes. Con cascabel y pandereta. Con laúd y contrabajo. Con forito y más de un buche.
Acuden al teléfono para las molestias consabidas. Dictan instrucciones a los recaderos de turno. Incluso los progenitores pueden valer para los rumores pertinentes. Se trata de hacer ruido. Más, más y más. Si mucho más, mejor. Critica que algo queda. Cree el ladrón... Cuantifican en años los reconocimientos reclamados. He estado tanto, merezco cuanto. Les obceca la ruindad. Alcanzan tal grado de paroxismo, que no se percatan de que un buen día -eso, buen día- el resto del colectivo los mandó a freír chuchangas. Y creyeron salir en olor de multitudes. Pensando a pie juntillas que sin ellos la nave se hundiría. Como el naufragio no ha tenido lugar, han cargado sus catapultas y disparan a diestro a siniestro. Qué siniestros.
Coaccionan, amenazan, indican, señalan, ponen pegas, insinúan, aconsejan... Les resumo: ya no están, los echaron, son pasado, se rompió la relación, ustedes se lo buscaron, ya no pueden causar más daño, sigan engañando a otros, continúen aprovechándose de otros (mientras puedan y los dejen o en tanto no se percaten de los lobos que se esconden tras las pieles lanudas), son meras circunstancias, anécdotas, lunares, garbanzos negros... C’est fini.
Es cuento, pero bien puede ser real como la vida misma.
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