LA COLUMNA
Entre la seguridad y el mal trato
MANUEL IGLESIAS
Si hay algo que hemos aprendido los españoles respecto al terrorismo, es que una de las formas efectivas de luchar contra el mismo es mantener la voluntad férrea de no dejar que los atentados cambien nuestra vida y mantener a toda costa una normalidad que es, precisamente, la que quieren alterar los autores de esos hechos.
Una postura que ha podido verse en los últimos días en los ciudadanos británicos que, por otra parte, no olvidemos que también estan acostumbrados en su pasado a ser víctimas del terrorismo, especialmente del protagonizado por el IRA.
Está claro que ni para las víctimas, ni para sus familiares y su entorno, las cosas siguen igual y pretenderlo sería un gesto cruel de egoísmo, pero como sociedad en general si se hace necesario asimilar determinados hechos, por dolorosos que sean, porque de esa manera también se combate a los terroristas, en una lucha que, como se ve, es larga y con sufrimiento, pero en la que, a cada paso, crece el convencimiento de que el que resiste, gana.
Es el esfuerzo de normalidad es lo que, en cierta manera, necesita la sociedad occidental en estos días. No se puede caer en la irresponsabilidad de eludir medidas de seguridad y de estar alerta en unos momentos en los que se ha agudizado la tensión, pero tampoco se puede caer en extremos ridículos como está ocurriendo, por ejemplo, en el mundo de la aviación.
Un último episodio muy comentado ha sido el protagonizado por el presidente del club de fútbol Barcelona, Joan Laporta, que terminó quitándose los pantalones en el aeropuerto para pasar el control de metales, que pitaba cada vez que circulaba por él, pese a, en su opinión, haber retirado todo objeto susceptible de hacer sonar la alarma. No está bien lo que hizo el señor Laporta, aunque alega que fue para desbloquear la situación, pero hasta cierto punto puede ser comprensible su estado de irritación, porque no se trata de poner en entredicho la necesidad de una extremada revisión de la seguridad, pero si es legítimo dudar de la capacidad en la relación con las personas de algunos de los responsables de esos controles en los aeropuertos, últimamente pertenecientes a empresas privadas..
Son una minoría de llamados ’seguritas’ los que así se comportan, pero como te toque alguno -que los hay- es inherente en su comportamienbto alguna forma de mal trato psíquico o de comportamiento y hasta de palabra. Muchas veces el viajero no encuentra las más mínimas condiciones de cortesía que se le debe, como ciudadano, y no como un delicuente. Una cosa es la seguridad y otra distinta ser tratado a priori como un sospechoso. Y eso ocurre. Porque bajo el uniforme se esconde algún que otro malcriado despótico, como, también hay que decirlo, bajo el traje del viajero asimismo aparece a veces el intransigente prepotente.
Hace unos días, por ejemplo, en Barajas, a una señora le hicieron retirar de su equipaje de mano unas pinzas de depilar. Si hay un personaje de seguridad que cree que se puede secuestrar un avión con unas pinzas de depilar, es que estamos llegando al extremo del absurdo.
Hay que aceptar el que debemos convivir con una situación que exige medidas, pero tiene que haber un punto de sentido común en estas cosas, en las que se equilibra la seguridad, pero también el respeto y la comodidad que se le debe al ciudadano, que en ocasiones es más tratado como una molestia y no como el objeto que da sentido a esa seguridad -y paga- el trabajo de los otros.
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