Daniel Molini Dezotti Santa Cruz
Algunas ciudades, y Milán es una de ellas, hacen de la exageración un atractivo, permutando lo que podría ser un defecto criticable en una especie de virtud.
En Milán todo parece amplificado: tráfico, peatones, iglesias, paseos, galerías, centros comerciales, ofertas de espectáculos, ferias o exposiciones.
Enfrentado a tanta grandiosidad uno mira su propia sombra y la encuentra más pequeña. El exceso explota en estilos y en la calidad de los materiales utilizados. Un ejemplo: como si no bastase el blanco para los mármoles, como si el color de Carrara fuese insuficiente para ornar catedrales y monumentos, allí le agregan piedras rosas, grises y verdes, creando geometrías que elevan el esplendor a cotas difícilmente superables.
Tanto es lo que hay para ver y sentir en la capital lombarda que es muy difícil no perderse nada. Si uno pretende agotar la oferta turística está derrotado; lo prudente es tomarse las cosas con tranquilidad, pensando que, en el mejor de los casos, siempre se puede volver para abrazarse a lo pendiente.
Aun así, existen hitos que no pueden fallar, esos que las guías describen como imprescindibles, "da non perdere", si el texto que nos asiste en nuestros descubrimientos está editado en la propia ciudad.
Una buena curiosidad exige un buen punto de partida como la Plaza del Duomo, a la que se puede llegar en autobús, tranvía, taxi, metro o simplemente caminando, conducta ésta última que prefieren los que piensan que el disfrute en los viajes es directamente proporcional a la cantidad de suela que se gasta.
Si la Plaza del Duomo es el corazón del centro histórico, el Duomo podría ser su latido. Muchos años hicieron falta -cinco siglos- para construir lo que algunos consideran el monumento gótico más impresionante de Italia, con una volumetría "excesiva", que permitiría acoger a miles de fieles y permitirse acoger otros miles, así hasta 40.000, todos de una vez.
En el exterior del templo decenas de agujas se elevan con pretensiones de llegar muy alto. La mayor, que culmina con una Virgen dorada, acaricia los 100 metros, confundida entre estatuas miles- que juegan al escondite con diferentes ornamentos arquitectónicos.
Si a estos monumentos exteriores les sumamos los interiores, que también superan con mucho las centenas, obtendríamos un balance escultórico sobresaliente.
La vía G. Mengoni vincula la plaza del Duomo con la plaza de la Scala. Muy pocos metros de recorrido permiten llegar al templo de la lírica, trayecto que no se puede hacer de prisa porque a mitad de camino está el acceso a la Galería Vittorio Emmanuel II, una de las primeras obras arquitectónica en utilizar hierro y cristal.
A pocos pasos está el Teatro alla Scala. Quienes lo custodian sonríen a los visitantes que se acercan día tras día con intención de acceder al interior cuando está cerrado. No es posible, no, visitar fuera de hora el teatro de ópera más célebre del mundo, inaugurado a finales del XVIII y prácticamente reconstruido tras los bombardeos de la segunda guerra mundial.
Siguiendo la vía Manzoni, que allí comienza, se accede a la casa donde vivió desde 1814 hasta su muerte en 1873 el escritor Alessandro Manzoni, a quien la ciudad supo corresponder con homenajes la atención que le prestó en sus obras.
Habrá que seguir un poco en dirección norte y torcer luego a la izquierda si queremos llegar a otra referencia "da non perdere", el castillo Sforcesco, construcción defensiva de principios del siglo XIV que fuera sede de la corte de Ludovico el Moro. El Castillo forma parte de la historia de Milán, tan rica como antigua, y al igual que la ciudad tuvo que soportar daños, decadencias y reconstrucciones. Abandonado durante siglos fue cuartel de ejércitos ocupantes y hoy un centro cultural de primer orden, donde existen museo y pinacoteca, con obras de Mantegna, Bellini y Tintoretto entre otros.
En el Museo Cívico de Arte Antiguo está una de las últimas obras de Miguel Ángel, la Piedad Rondanini.
Habrá que alejarse algo más, en dirección suroeste, para llegar a la Iglesia de Santa María de las Gracias. En un espacio que se abre a una pequeña plazoleta aparecerá la construcción que data de 1492, obra de Bramante. Mucha gente en el entorno, dentro y fuera del recinto sagrado, mirando la hora y una puerta con un letrero que consigna: Cenacolo Vinciano.
Son los afortunados previsores, los que sabiendo que irían a Milán reservaron turno para acceder al Refectorio, con el objeto de ver una de las maravillas de la pintura universal: "La Última Cena" de Leonardo de Vinci. "¿Con cuánto tiempo de antelación debo llamar para conseguir día y hora?" preguntan los turistas sin cita, casi con desesperación. "Quince o veinte días está bien", responde la joven situada detrás de la taquilla.
"Da non perdere" es también la Basílica de San Ambrosio erigida en el siglo cuarto en el área de un cementerio cristiano, emblema de la arquitectura medieval; y la Pinacoteca de Brera, que atesora obras de artistas italianos de todos los tiempos; y la Pinacoteca Ambrosiana; y la via Montenapoleone, uno de los lados del Cuadrilátero de la Moda, que se completa con la ya nombrada Manzoni, Santa Andrea y della Spiga, si nos interesa el diseño.
"¿No viste el Palacio Real?", podrán preguntarle al regreso, "¿y la piazza Mercanti?, ¿y la Biblioteca Ambrosiana?, ¿y la cesta de fruta del "Caravaggio"?, ¿y el Museo Diocesano?, ¿y la iglesia de San Babila, el seminario y el palacio Castiglioni en el Corso Venecia?, ¿y la Puerta Ticinese?, ¿y la iglesia de San Lorenzo?, y
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Usted podrá mentir o decir que no le alcanzó el tiempo, sabiendo que cuando regrese la próxima vez le pasará lo mismo, pues los excesos, cuando hablan italiano, en vez de menguar aumentan. |