El mundo al revés. Allí, en Madrid, el candidato del PSC cometiendo un pecado que se mueve entre la soberbia y el despiste, creyéndose que para triunfar en Canarias le basta con asomar de vez en cuando con esa voz mecánica, fría y distante que generan los móviles, olvidándose de que para obtener en mayo un resultado que le sirva de algo, él, sobre todo él, tendría que estar pateándose las siete islas, peinando las ciudades, dejándose ver por los barrios, echándose un barraquito con los colectivos, acercándose a la gente, estando en su día a día, en la realidad de los canarios, en sus demandas, en definitiva, dándose a conocer cara a cara en la comunidad a la que está proponiéndole un cambio, sí, pero de lejos.
Siendo previsible que sus coordinadores de campaña le tengan prevista en la recta final una romería de reuniones sectoriales y ese tipo de cosas, con su peligrosa confianza en sí mismo, López Aguilar es el principal adversario de López Aguilar (sí, su excesiva confianza en sí mismo; ¿o qué otra cosa es eso de creerse que a él le bastará con mudarse a la comunidad autónoma que pretende gobernar, las semanas inmediatamente anteriores a las urnas?). Sin desmerecer lo más mínimo los errores que están cometiendo los dirigentes del PSC -atrapados como están en una crisis de personalidad desde la tormentosa designación del candidato- la actitud sobrada del ministro es el gran problema al que están enfrentándose los socialistas. Aquí, en Canarias, con el PP en su propio infierno, Coalición está cometiendo el error de insistirle una y otra vez a López Aguilar, mañana, tarde y noche, todos los días, a todas horas, que deje el Ministerio y se venga ya a Canarias.
No han caído en CC en que como el ministro les haga caso y se plante aquí un día de estos, es decir, en que si lo convencen y consiguen que les haga caso, entonces sí, las van a pasar canutas tropezándose con López Aguilar a pie de calle. Con el ciudadano de a pie preguntándose cuándo los políticos tendrán el detalle de hablar de algo que no sean ellos mismos (cosa harto improbable, ocupados como están con la olimpiada de insultos en la que están hace meses), la paradoja de esta precampaña es que está todo al revés: el candidato que tiene que estar aquí quiere seguir en Madrid y los adversarios a los que les conviene que siga en Madrid exigiéndole que esté aquí.