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LA COLUMNA
Aprender el uso
MANUEL IGLESIAS

Los montes de la isla de Gran Canaria en estos días se han visto afectados por el fuego, en una tragedia que sólo puede despertar la solidaridad de los habitantes del resto del Archipiélago, con el añadido de que se trata de una amenaza que pende todos los años sobre cualquiera de las Islas.

Una de las cosas que parece desprenderse de estos sucesos, es que debemos acostumbrarnos a considerar que no son algo inesperado, sino un peligro potencial con altas probabilidades de producirse. De hecho, lo raro no está siendo el fuego, sino cuando estos incendios no suceden en alguna de las Islas. Tal vez debemos ser conscientes de que los cambios que se han registrado en la propia sociedad canaria han traído riesgos nuevos y que estos sucesos hay que mirarlos desde una perspectiva diferente a la del pasado.

Hasta, más o menos, los años 60 del pasado siglo XX, los bosques canarios estaban rodeados de una sociedad rural y campesina que los conocía y utilizaba. Hay que considerar que hasta mediados de siglo y durante toda la historia hasta entonces, los campesinos se movían habitualmente en un entorno cuyo radio estaba condicionado por la distancia que se podía alcanzar a pie o a lomos de una cabalgadura. Eso cambió con la difusión del automóvil. El coche y su proliferación en los últimos treinta años, ha multiplicado las posibilidades de llegar a casi todos los sitios, por muchas más personas, incrementando proporcionalmente el riesgo inherente a las actividades de cada una, cuando, además, ahora son desconocedoras del medio.

El hombre rural canario controlaba ese entorno, porque de él vivía. Cultivaba los campos y utilizaba los productos de los montes para diversos usos, contribuyendo de esa manera a un equilibrio racional. Conocía los riesgos del fuego, porque era una amenaza directa contra él y contra sus medios de supervivencia y, en consecuencia, se prevenía y lo combatía con intensidad y bastante certeza, teniendo en cuenta sus precarios medios en comparación con los actuales.

Hoy en día, una gran parte del habitante rural es el hombre urbano o de tendencias ’urbanitas’. Los terrenos dejan de cultivarse y proliferan los matojos y otros materiales espontáneos que al secarse se convierten en yesca. Un falso ecologismo de dejar la Naturaleza tal cual, impide que se limpien algunos bosques convirtiendo en material explosivo los terrenos y, además, proliferan los visitantes que desconocen por completo las normas implícitas que acataban otras generaciones. Usan el fuego, pero luego se vuelven a las ciudades, lejos, y no como aquel que vivía a sólo unos centenares de metros y se cuidaba bien de no dejar detrás de sí la más mínima posibilidad de riesgo.

Y eso sin hablar de los pirómanos descontrolados y del ’efecto contagio’ que se produce en estos sucesos por los excesos sensacionalistas de algunas televisiones, algo antes inexistente y que ya conocen muy bien los siquiatras y sicólogos y que se produce también en otros campos, como el de la difusión de los suicidios.

Probablemente hace falta un diseño de las nuevas situaciones, los nuevos usuarios y los nuevos peligros y, en consecuencia, establecer también un nuevo concepto de actitudes e, incluso, de prohibiciones, porque las antiguas no son suficientes o ya no dan la respuesta precisa.

En un cierto paralelismo, si para lanzarse al mar hay que aprender a nadar, tal vez hay que empezar a pensar que hoy en día, a las actuales generaciones que quieren disfrutar de bosques y montes, antes hay que enseñarles a ’nadar’ por ellos.
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