N. S. P.
Santa Cruz
La Revista S.O.S. Animales, editada por ANDA-Madrid y tantas veces citada en esta página, tiene una sección titulada “Los socios colaboran”, dedicada a recoger información, opiniones, relatos, etcétera facilitados por sus asociados.
En el último número, uno de sus afiliados, Michael Starr, cuenta cómo en las localidades de Ayllón y Riaza, pertenecientes a la Comunidad de Castilla y León, descubrió, dice, carteles anunciadores de una fiesta taurina itinerante, especialmente concebida para niños y adolescentes. En el texto del cartel podía leerse: “Tres toros y un cabestro carretones (?) se encargarán de hacer pasar un rato divertido, con sustos y revolcones incluidos, a niños, vecinos y visitantes”. Y seguía: “Al final, capea para los jóvenes más valientes”.
ANDA se puso en contacto con la empresa organizadora para inquirir más detalles, y ésta explicó que los toros del encierro no eran “de verdad”, pero sí la vaquilla de la capea. “Aun así”, escribe Michael Starr, “nuestra percepción es que este tipo de espectáculos inicia a los más pequeños en lo que será una afición ausente de sentimientos hacia el mundo del toro: encierros, ca- peas, prácticas sangrientas en fiestas pueblerinas, etcétera”.
Se le ocurrió a la gente de ANDA recabar la opinión del Defensor del Menor de Castilla y León, con sede en Valladolid, “amparándonos en el derecho moral de proteger a los niños” - sigue diciendo el artículo de M. Starr-, lo cual, opina, es una obligación de todos.
La respuesta de aquel defensor no pudo ser más trasnochada: “Esto son tradiciones de toda la vida”. Otra vez el concepto de tradición manipulado al servicio de intereses oscuros, a pesar de que, como argumento, está desprovisto del mínimo rigor.
“¿Alguien se preocupa de inculcar en los niños buenos sentimientos, humanidad, horror al sufrimiento, amor al prójimo y a los animales y desprecio por la crueldad?”, se pregunta Michael Starr.
Ante estos acontecimientos, y otros de parecida índole, parece que los padres olvidan el deber de educar a sus vástagos para la bondad y la conmiseración. Seguramente sí, si admiten que los niños sean destinatarios de “mensajes subliminales insidiosos” que prometen como diversión “sustos y revolcones”, teniendo como telón de fondo el sufrimiento de los animales -real o virtual-, aunque en este caso no sean “de verdad”.