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Adán
JUAN MANUEL GARCÍA RAMOS

El fracaso es una de las experiencias humanas que más unen en la vida. También el éxito, pero el fracaso une de una manera más contundente y sincera.

Cuando Adán Martín hizo público, tras el segundo día del Debate de la Nacionalidad en el Parlamento de Canarias, que no repetiría como candidato a la presidencia del Gobierno, la oposición, que minutos antes había intentado demoler todos sus argumentos gestores y hasta ridiculizar algunos de sus comportamientos personales, dio paso a una suerte de relajación y compadreo, donde el adversario de hacía unos instantes pasaba ahora a ser contemplado como una víctima más, la más reciente, la más fresca, del circo romano de la política insular.

Quizá el responsable de esta puesta en escena era el mismo Adán Martín, que días antes había expresado su voluntad de continuar al frente del Ejecutivo autónomo, siempre que su partido lo considerara oportuno. Aunque ese ofrecimiento, como hemos sabido después, no estaba hecho desde demasiada convicción: su decisión de abandonar la política era una cuestión meditada desde hacía tiempo y creo que debemos creerlo.

El adiós de Adán Martín seguro que fue sentido muy adentro por Juan Carlos Alemán. Era en parte su adiós también a las aspiraciones a presidir un gobierno canario en beneficio de su compañero Juan Fernando López Aguilar. Desde cierta lectura política, Alemán sufría, en su organización, una relegación semejante a la que Adán -a primera vista- había experimentado en la suya.

Por su parte, José Manuel Soria, que se ha revelado como el mejor parlamentario de los sesenta que en esta legislatura ocupan los escaños en Teobaldo Power, en cierta manera veía en la despedida de Adán su propia despedida de optar con realismo a presidir el próximo gobierno de estas islas nuestras, si tenemos en cuenta la aritmética parlamentaria que nos dictan las encuestas conocidas hasta ahora.

Es decir, casi todos los protagonistas de la historia tenían motivos para cuotas de tristeza interna, porque el ejercicio de la política a veces reconforta, pero en la mayoría de los casos produce disgustos de todo tipo.

"Nuestro vivir es una serie de adaptaciones, vale decir, una educación del olvido". Y si hay un ámbito donde la adaptación se hace más necesaria ese es el ámbito político, donde los deseos distan tantas veces de coincidir con las realidades.

Los tiempos se imponen a los hombres por mucho que luchemos contra ellos, como quizá Adán ha luchado con sus virtuales -y naturales-sucesores, Alemán con López Aguilar o Soria con las posibilidades de pacto de legislatura en Canarias.

Los tiempos, como decía Hamlet en uno de sus parlamentos, se salen de quicio y nos convierten en marionetas de sus caprichos. Nada podemos contra sus decisiones. Y mucho menos cuando esas decisiones se dan, como ya dijimos, en el territorio de la política, que para el poeta Leopoldo María Panero, vecino de Gran Canaria en estos momentos, "es la ciencia del odio". No será tanto.

Conocí a Adán Martín en los años setenta, cuando tenía responsabilidades en Litografía Romero. Me lo presentó Juancho Armas Marcelo en el pub Monitor, en la calle Numancia tinerfeña. Adán era entonces un ingeniero con futuro que recalaría en la política sin mucha convicción de la mano de Manuel Hermoso en 1979. Luego coincidí con él en ATI desde 1991 hasta 1998 y me enfrenté a él, como candidato a la presidencia de Canarias por la Federación Nacionalista Canaria en 1999, y como parlamentario por Tenerife en el 2003. Fueron campañas electorales muy duras, donde nos dijimos de todo a la cara en muchos debates públicos, porque los espacios políticos eran escasos y había que buscarlos aun desalojando a los adversarios con los codos. Pero ahí quedó todo. En los estipulados quince días de pugna electoral.

Siempre que me metí con Adán tuve la sensación de que él era un hombre incapaz de adaptarse a aquellas reglas del juego, a aquellos combates algo feroces. Que por debajo de su carácter corría una bondad incapaz de atizar sus enconos como las circunstancias nos exigían a todos los que estábamos en esos trances. Un día de mayo de 1999, después de haber sostenido un gran enfrentamiento en Radio Isla, a la salida de la emisora me tomó por sorpresa del brazo y me dijo que qué tenía yo contra él. Confieso que casi me desarma, pero me quedaron reflejos para confesarle que sólo se trataba de una campaña electoral más, con sus normas dialécticas acostumbradas y que cada uno ponía en juego las armas que considerara más rentables para la escenografía de rigor.

Luego lo vi superar su enfermedad con una entereza que ha sido un ejemplo para todos. Y lo vi llegar a la presidencia del Gobierno de Canarias prometiendo felicidad, como lo hizo la Constitución española de 1812, que proclamó desde su liberalismo que el objetivo de todo gobierno era procurar la felicidad de sus ciudadanos. Objetivo imposible mientras la humanidad siga siendo la que es.

Pero si Adán y su gobierno no han procurado la felicidad de los canarios sí han conseguido salvar una legislatura con éxitos sin discusión, es decir, con éxitos mensurables. Ya me he referido aquí a la renovación en Europa del Régimen Económico y Fiscal, la Zona Especial Canaria, el POSEI y todo lo que significa nuestra agricultura y nuestra ganadería, el Régimen Específico de Abastecimientos, el futuro del plátano, los fondos estructurales, la consolidación del turismo y la reducción de impuestos en el IRPF, las Sucesiones y Transmisiones Patrimoniales… Nadie podrá negarles esos haberes en su contabilidad de gestión, aunque los agujeros negros de la educación y la sanidad desluzcan parte de esos logros.

No creo que Adán haya sido nunca un nacionalista convencido, y si lo fue o lo es lo disimula muy bien. En contra de algunas críticas, creo que su último discurso como presidente ha sido una intervención bien medida. Aunque las piezas de esa comparecencia parlamentaria estuvieran dispuestas en un orden que, a nuestro entender, no era el más oportuno.

Faltó carcasa nacionalista, faltó demostrar que se trabaja por un modelo de Comunidad distinto al de los partidos estatalistas con franquicias en Canarias; un modelo dueño de sí mismo cada vez más, a pesar de las zancadillas de la LOTRACA en Madrid, faltó perfilar las coincidencias y divergencias en nuestro diálogo con los marcos de relación del Estado español y la Unión Europea. Los siglos nos dicen que Canarias es aún una autonomía ilusoria, un pueblo que se resquebraja con demasiada facilidad y frecuencia. Todos los presidentes de la autonomía han luchado contra esa fragmentación emocional y política y todos habrán sentido la lástima de que las cosas no sean como deben ser.

Adán ha trabajado con ahínco en esa línea y nos deja algunos resultados. En su quehacer sí ha quedado demostrado algo: sus adversarios nunca lo han podido ser del todo. Da la impresión de que el nombre que le pusieron sus padres al nacer lo dotó de una manera de ir por la vida que impide que los demás lo odien del todo, pese a haberse desempeñado tanto años en la tarea política. No se irá a casa, es de los que pelean hasta el final. Ya se lo demostró a la medicina.
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