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LA CONTRAPORTADA
Piedad
JAIME PÉREZ-LLOMBET

El mundo de Piedad sólo tiene cinco años, y en un país tan temprano nada se sabe ni debe saberse de los recursos, apelaciones, códigos, juicios, demandas, pleitos, denuncias o leyes de los adultos. El único mundo que Piedad conoce o debe conocer es el que Piedad considere e interprete como su mundo, y allá el planeta de los mayores con las razones, explicaciones y derechos (legítimos, aunque duelan o no se entiendan) de cada una de las partes.

Los niños habitan en un mundo de certezas, y no merecen que se les despierte con las dudas de los mayores. Tan subjetivas son las razones de los adultos, biológicos o no, como objetivamente cierto es que la chiquilla no es un cuadro que pueda guardarse en un depósito hasta que un juzgado determine en qué pared debe colgarse. Piedad tampoco es un coche que pueda meterse en un garaje en lo que el juez decide quién o quiénes son los propietarios. Piedad no es un solar que estén disputándose unos herederos. Piedad es un mundo de apenas cinco años, y vive en un país donde nada se sabe o nada debe saberse de nada que no sea la vida que Piedad reconoce como su mundo.

¿Estoy tomando partido? Si decantarse consiste en reivindicar que la decisión no le cause a la chiquilla daños irreparables, entonces sí, tomo partido por la niña (lo inmediato es volcarse con quienes durante todos estos años le han dibujado a Piedad el único mundo que la chiquilla conoce; digo más, en éste y otros casos pienso que a veces la vida te regala los padres o la familia que no te dio la sangre, así que, tomando partido por la chiquilla, creo respetuosamente que sus padres están más cerca de su habitación que de sus venas, más cerca de sus ojos que de su sangre; ahora bien, con todo, y con sus luces o sombras, a la madre biológica no le pueden negar el derecho a ser escuchada). A Piedad no se le puede pedir que entienda un auto resolviendo que salga de su mundo, después del desayuno, para ingresar en un centro de menores hasta que se resuelva un recurso de apelación. Un disparate de ese calibre no lo entiende ni la niña, ni los padres, ni cualquier persona con algo de sentido común. El mundo donde los adultos van a juicio admite dudas, sí. Pero el mundo de los niños es un país en el que solamente hay certezas. Certezas que son del color de la habitación donde los chiquillos dibujan su mundo, del que no pueden ser expulsados por decreto.

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