LA CONTRAPORTADA
Celestina
JAIME PÉREZ-LLOMBET
Se nos ha ido sin decir adiós, en silencio, con esa discreción tan suya. Porque siempre fue, tanto que sí, tremendamente discreta. Y una oyente excepcional. Sobre todo fue una grandísima oyente. Sabía estar. Jugó el papel que le tocó, y nunca, ni una sola vez, ni una sola, interrumpió conversación alguna. Jamás se metió en la vida de los demás. Nada de preguntas. Nada de exigir respuestas. Nada de ponerse a favor o en contra de nada o nadie. Nada de inmiscuirse en la relación de las miles de parejas que conoció. Nada de cotillear. Nada de dar a conocer el millón de secretos que involuntariamente llegaron a sus oídos.
No le falló a nadie. Sólo escuchaba. Su forma de ser hizo que, sabiendo todo lo que sabía, nunca utilizara ese aluvión de información, datos y privacidades a favor o en contra de algo o alguien. No se le conoció una sola imprudencia, ni un solo comentario fuera de tono, ni una insinuación de más, ni una sola frase fuera de lugar. Su coherencia fue de hierro. Siempre con los pies bien pegados al suelo. Jamás fuera de su sitio. Siempre en su lugar. Siempre ahí. Inalterable. Callada. Celestina de miles de amores y desamores, de relaciones nacientes o agonizantes, de tormentas adolescentes, de amistades en tránsito, de estrenos y de voces de todas las edades o de ninguna, de altas y bajas, de subidas o bajadas, ascensos o descensos. Fue durante décadas una pieza imperceptible pero central en el puzzle afectivo de mi ciudad.
Sin ella Santa Cruz se entiende incompleta e insuficientemente. No hay chicharrero de las últimas generaciones que no la tenga en el álbum de su memoria. Todos, sin excepción, porque no la hay, nos apoyamos en ella en algún momento de la vida. No quedábamos con ella, pero íbamos a ella. Su trayectoria fue más curva que recta, más fría que cálida, más acero que inoxidable. Fue actriz principal, pero no estrella. Fue una figura puede que secundaria, sí, pero sin la que resulta totalmente imposible explicar tantas cosas. Por eso no se entiende bien que mi ciudad, distraída, no haya caído en su adiós. Nos han arrancado una costilla sin darnos cuenta. Han quitado la barra del Víctor, Celestina discreta, oyente excepcional, testigo de amores en tránsito. Santa Cruz bien pudo despedirla con una charla, un acto curioso o una exposición fotográfica. Nada de eso. Mi ciudad a veces es así de ingrata y desmemoriada.
|