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OBITUARIO
Al doctor Germán González Carrillo, ’in memoriam’
JUAN PEDRO LÓPEZ SAMBLÁS

El pasado sábado, sus familiares y amigos dimos a Germán González Carrillo lo que suele denominarse "último adiós" y que nosotros preferimos calificar con un esperanzador "hasta siempre".

Todos aquellos que en vida le hemos querido, respetado y admirado lloramos su marcha, es cierto. Sin embargo, sentimos al mismo tiempo la responsabilidad y el deber de ser fieles a sus siempre sabios consejos de serenidad, a su eterna afirmación y visión positiva de la vida, y es por ello que en estos duros momentos nos sentimos agradecidos y orgullosos de haber disfrutado durante tantos años de la sincera amistad de un hombre excepcional.

El doctor González Carrillo era original de Nigüelas, una pequeña localidad granadina situada en el Valle de Lecrín. Aunque personalmente ya conocía a Germán de cuando ambos estudiábamos en la Facultad de Medicina de la Universidad de Granada, fue en Cádiz donde, ya para siempre, se estrecharon fuertemente nuestros lazos de entrañable amistad.

Efectivamente, Germán (que había obtenido antes el título de maestro de Primera Enseñanza), tras cursar la carrera de Medicina en la universidad granadina (donde se licenció en 1955), se trasladó a Cádiz, donde, bajo la dirección del profesor Manuel Cruz Hernández, desempeñó los puestos de jefe de servicio de Neuropsiquiatría y Electroencefalografía. En septiembre de 1959 leyó su tesis doctoral, titulada "Estudios cromatográficos de aminoácidos del líquido cefalorraquídeo en las enfermedades nerviosas de la infancia".

Vuelve a Granada, donde ocupa primero el cargo de jefe de la Clínica Universitaria de Psiquiatría y posteriormente la plaza de teniente médico en el servicio de Psiquiatría del Hospital Militar de Granada, y aunque en 1960 abandona su condición de militar, continúa desarrollando su labor como jefe del servicio de Neuropsiquiatría de dicho centro sanitario. Perteneciente -como profesor ayudante- a la cátedra de Psiquiatría del profesor Luis Rojas Ballesteros, desarrolló también su labor médica en el Hospital Psiquiátrico Provincial de la Virgen, y obtuvo por oposición la plaza de médico psiquiatra del Patronato Nacional de Asistencia Psiquiátrica, tomando posesión de la plaza a primeros del año 1961 en el Instituto Médico Pedagógico Fray Bernardino Álvarez de Madrid.

Se traslada el doctor González Carrillo a Tenerife a finales de 1961, al haber obtenido también por oposición la plaza de médico psiquiatra de la Beneficencia Provincial de Santa Cruz de Tenerife, adscrita a la Mancomunidad Provincial. En 1963, integrado ya como jefe de clínica en el Sanatorio Psiquiátrico Provincial -cuyos destinos rigió después durante muchos años, tras el cese por jubilación del doctor José Pérez y Pérez, prestigioso psiquiatra tinerfeño-, el doctor González Carrillo obtiene, tras oposición celebrada en Madrid, la jefatura de los Servicios Provinciales de Psiquiatría e Higiene Mental de Santa Cruz de Tenerife.

Desde el año 1964 fue nombrado director del Instituto Provincial de Psicología Aplicada y Psicotecnia de Tenerife, curso en que es nombrado profesor de Psico-Pedagogía de la Escuela de Puericultura de Tenerife y posteriormente, cuando se crea la Facultad de Medicina de la Universidad de La Laguna, ocupa durante algún tiempo la plaza de profesor agregado interino del departamento de Psiquiatría y Psicología Médica de aquella institución académica.

Resulta asimismo destacable su labor en la década de los sesenta y setenta como director del Centro de Diagnóstico y Orientación Terapéutica, organismo desde donde, en estrecha colaboración con la Asociación Familiar Aspronte (presidida entonces por Maximiliano Díaz López), se realizaron importantes trabajos estadísticos, asistenciales y educativos, dirigidos a la integración social de los discapacitados psíquicos. Fue ésta a lo largo de su carrera profesional una permanente norma de actuación del doctor González Carrillo: la de superar viejos y deshumanizados tratamientos excluyentes en pro de la integración familiar y social de la persona con trastornos mentales, la del desarrollo integral de su personalidad y dignidad humana. Inolvidables y gratísimos recuerdos he conservado siempre de aquella época compartida con Germán, así como con los doctores Felipe Pérez Mansito y Amberes Migueles Rodríguez y con María Elena Bell Izquierdo, asistente social del centro.

No fue nunca Germán un hombre cómodo para ciertas personas, y más en concreto para ciertas clases dirigentes. Sus sólidos e incorruptibles principios y su lealtad a los mismos en su actuación profesional, el hecho de no poner nunca en la balanza su conveniencia personal a la hora de tomar sus decisiones, el no doblegarse dócilmente a las directrices que él estimaba desacertadas o injustas, le acarrearon algunos sinsabores que él asumió con la tranquilidad de conciencia de aquellos que siempre cumplen con su deber y hacen lo que les dicta su conciencia. Como dijera Mauricio Wiesenthal, "sólo se triunfa socialmente en mayoría, contando con la sumisión y el aplauso del corral", y fue siempre Germán, no intransigente o intolerante, pero tampoco manso, y muy celoso siempre de su independencia.

Fue siempre Germán un hombre intelectualmente curioso e inquieto, sosegado y aprovechado lector, gran aficionado a la filosofía y a la música, especialmente a la música española (recordaba siempre con especial cariño su asistencia al Festival de Música de La Alhambra). Amenísimo conversador, odiaba las urgencias propias de la modernidad y le gustaba paladear los pequeños momentos igual que saboreaba una copa de brandy (Cardenal Mendoza, de ser posible) en compañía de sus amigos; en los últimos años frecuentaba y disfrutaba en toda su intensidad las reuniones que celebrábamos los integrantes de la Peña Gastronómica El Jueves, entre los cuales Germán, "el profesor", ocupará siempre un lugar destacado.

Profesional de sólida formación médica, el doctor González Carrillo hizo gala siempre de una vocación ejemplar y una abnegada consagración al ejercicio de la psiquiatría. Si su carácter estudioso, metódico y disciplinado le llevó a dominar como pocos el manejo de los fármacos, predominaba sobre todo en él una humanidad desbordante y un estrecho y personal acercamiento a sus pacientes. Siempre supo escuchar y comprender a éstos, cuyas angustias y ansiedades se mitigaban y diluían en el contacto personal con él. Jamás vio a sus pacientes como objeto de su actividad médica sino como seres necesitados de ayuda y supo además sacar provecho y enseñanzas de todos aquellos a quienes trató a lo largo de su dilatada trayectoria profesional, en especial de los más desvalidos y necesitados a los que trataba con entrañable afecto.

Durante casi cuarenta y siete años atendió ininterrumpidamente el doctr González Carrillo su consultorio psiquiátrico privado: vio su primer paciente el día 4 de noviembre de 1961 y pasó consulta por última vez el día 7 mayo de 2008. A lo largo de ese amplio periodo se convirtió indudablemente en uno de los más prestigiosos psiquiatras del archipiélago tanto por su laboriosidad como por su destreza clínica y su discreta bonhomía. Sé que son muchos los que echarán de menos y experimentarán cierto sentimiento de orfandad ante la ausencia, siempre personal e insustituible, de su contagiosa vitalidad, de su autenticidad, su reflexiva actitud y su serena palabra.

Eterno vitalista, rechazaba siempre detenerse en los aspectos más sombríos que nos depara la vida o la tentación de hacerse planteamientos fatalistas y angustiosos en los que a menudo sin querer caemos. Como todo hombre sabio, conocía el deber de afirmar siempre la vida, tenía claro que el miedo y la angustia conducen a la inacción y a la desesperanza y que, como afirmara Viktor Frankl, "el hombre es el ser que decide lo que es" y que "ser hombre significa trascenderse a sí mismo, entendiendo por autotrascendencia la capacidad, la fuerza y la vocación del ser humano para superarse a sí mismo, olvidarse de sí, perderse de vista, cuando se entrega a una tarea o a un semejante".

Un hecho recientísimo que muy pocos conocemos atestigua hasta dónde llegaba la humanidad y la vocación personal de servicio de nuestro amigo, casi sacerdotal, y me permitirán que se lo cuente porque revela la enorme talla personal de aquél. Aunque hacía ya algunas semanas que no podía pasar consulta, pues sus menguadísimas fuerzas no se lo permitían, la pasada semana, plenamente consciente Germán de que la vida se le escapaba, tuvo conocimiento de que un antiguo paciente no se hallaba bien, que temía una recaída y que se había angustiado sobremanera al enterarse del estado físico de su psiquiatra. Justo el día antes de su fallecimiento, Germán pidió a uno de sus hijos que le alcanzara la historia clínica de aquél y con las escasas fuerzas que le quedaban prescribió a su paciente el tratamiento a seguir y sus pautas para el futuro. Fue el último acto médico del doctor González Carrillo.

Sólo me queda trasladar a todos sus amigos, pero en particular, a su esposa, María Elisa Dorta Sierra, y a sus cinco hijos, Germán, Eduardo, Juan Alberto, Elisa y Alejandro, un emocionado abrazo y toda la serenidad y esperanza que siempre les ha transmitido su esposo y padre. Hago uso para ello de las palabras del psiquiatra austriaco, Viktor Frankl, tan admirado por Germán, cuando decía: "Nada del pasado está irremediablemente perdido: todo se almacena en él irrevocablemente. Yo afirmaría que haber sido es la forma más segura de ser".

Hasta siempre, Germán. Hasta siempre, profesor.
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