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LAS HORMIGAS DE MAGDA
El día del ’retil’
JORGE BATISTA

Dios los cría y ellos se ajuntan. De forma que Manuel Correa y yo estábamos tomándonos un postre en el Norte, uno de esos domingos que son domingos porque han caído en el séptimo día de la semana. El siete, número cabalístico de tanta literatura y contenido, tiene su cosa. Una pequeña línea lo corta por la mitad sin reducirlo a la mitad, lo que significaría quedar convertido en un 3,5. No recuerdo magnitud alguna sobre la tierra que al ser seccionada por el medio, es decir, dividida por dos, siga valiendo lo mismo. Lo que más se acerca es el rabo del lagarto, que se lo arranca uno y sigue en activo durante un tiempo mientras que la desposeída criatura vuelve a generar otro por si futuros percances. Manuel tomaba tarta de almendras y yo bolitas de chocolate al aroma de naranja. Él encontró las almendras sin problemas. Yo estuve un rato al rebufo del cítrico como un Suskind presa de convulsión aromática hasta que me di cuenta de que llegar al efluvio prometido exigía trasladar la nariz hasta la peladura de toronja que dejaba bola a un lado bola a otro, inspirar con fuerza y luego atacar al chocolate cucharilla de acero mediante.

Manuel estaba pegándome la bronca por mi tozudez en desbocarme como un caballo de Cumbres Borrascosas, no por páramos, senderos y empedrados, sino por pentagramas y acordes. Por mi parte, yo apreciaba cansancio en su rostro y esa triste expresión que no es tristeza sino la duda en la oquedad de la cabeza, parafraseando a Machado. Así que me armé de valor, aunque el chocolate era Lind, y le dije que si él no dormía yo mandaba el metrónomo risco abajo. Y en eso llegó el camarero y señaló: "¿Ustedes son músicos, verdad?". Aún más, superó su apreciación y advirtió: "Esta mesa desprende olor a música". Que te digan eso en un restaurante, cuando debería oler a pimiento asado, garbanzas o bacalao, no es un piropo. Es la dignidad de la hostelería llevada a su máxima expresión. Es la excelencia que buscan ahora autoridades y empresarios cuando, por desconocer la Biblia, durante las vacas gordas se dedicaron a la especulación y deterioro medioambiental y, ahora, al mermar la afluencia de euros al bolsillo, claman al cielo esperando la llegada del maná. Y les aseguro que este amable trabajador de la hostelería no era brujo. Nuestro amigo fue capaz de ver preciosas melodías en los ojos de Manuel y, en mi, más modesto, armonías que no estaban mal del todo. A eso se le llama sensibilidad. La comida nos sentó de escándalo, es un escándalo. Y nos fuimos con la música a otra parte. Ya en el coche me dio por pensar en que hay algunos antropólogos que mantienen que el hombre se comunicó primero a través de las notas que de las palabras. De acuerdo con ellos, siempre he defendido que los lloros de los niños no son otra cosa que líneas melódicas que les sirven para pedir o expresar las más diversas cosas.

Alfonso O’Shanahan señala en su Diccionario del Habla Canaria que el gran prodigio del viento en Agaete es hacer que los agaeteros hablen cantando, lo que ya es el colmo del bilenguaje. Sí, ya sé que no existe la palabra, ¿y qué? Todo esto me derivó a constatar que la fontanería asesora no se ha dado cuenta de que el fundamento esencial, clave, indispensable, de un nacionalismo, es la lengua, que es lo que más une a un pueblo (consulten a vascos, catalanes y gallegos). Aquí no se protege el habla canaria, que la hay y preciosa, a nivel institucional. De eso se encargan Manolo Vieira y Piedra Pómez. Así que, con todos mis respetos a las personas y, atendiendo al sistema político, yo diría que vivimos un nacionalismo iletrado, importante paradoja si tenemos en cuenta el anterior razonamiento. Sólo la cultura puede llevarnos a un nacionalismo enriquecedor, si es eso lo que se pretende. Jamás la imposición política, la utilización de eufemismos, el victimismo y llevar pintaderas en el ojal y jazmines en el pelo nos conducirá a parte alguna. Y si no, al tiempo.

Estamos ya en casa y Manuel me pone la música que creó para el Himno de Canarias y que luego dejó de lado al ver el lamentable espectáculo que había montado alrededor. Ni Arrorró, ni timples, ni pasodoble Islas Canarias ni leches. Una composición genial. Escuché con atención y, apenado, no me quedó más remedio que decirle: Manuel, Canarias se merecía tu himno, pero ¿qué es Canarias?¿De quién es Canarias? Acaso de esos, Manuel, que confunden una redonda con una rotonda. Esos que cuando pasa una negra llaman a la Delegación del Gobierno. Aquellos que cuando llega un silencio, se aburren o juegan con el mando a distancia de la alienación más absurda. El silencio significa ritmo, pero también encontrarse con uno mismo. Por ello, tal como está el patio, es mejor que algunos no se crucen nunca consigo. Saldrían aterrorizados y se montaría una artritis de gobierno, una ateroesclerosis legislativa y un estreñimiento ideológico de difícil evacuación.

Acaba de entrevistarse el presidente del Gobierno canario, Paulino Rivero, con el Rey y de trasladar a la geografía el resultado de esa reunión: Canarias está más cerca de La Zarzuela que de La Moncloa. El capitán fija el rumbo y la marinería hace posible la navegación. Así está escrito. No obstante, los que amamos el lenguaje debemos ir más allá. La fuerza última de un nacionalismo es la amenaza de segregación. Aunque sea una elipsis. Guste o no guste. Es la que otorga poder a la hora de cualquier diálogo. Y los cimientos de ese poder los construyen los siglos, no los impone el hombre. Llámese si se quiere nacionalismo a un sistema que ni tiene lengua propia ni una base popular reclamando la independencia pero, salvo en una coyuntura muy específica en la que fuera necesario para la gobernabilidad, sólo tendría como estrategia el lloro. Cualquier autonomía está más cerca de La Zarzuela que de La Moncloa. Si no, ¿cuál sería el papel del monarca? Pero amigos, es en La Moncloa donde se toman las decisiones y se reparten los denarios. Eso no debería olvidarse.

Creo que me he puesto demasiado serio, así que voy a aprovechar una pequeña historia para sintetizarles cómo veo yo la coyuntura política. Hay que echarle un poco de imaginación, pero ustedes la tienen. Antonio, ¡mira!, un legarto. No se llama legarto sino ligarto, Francisco. ¿Me lo vas a decir a mí? Eso es un legarto. No seas cabezón ni ignorante, es un ligarto. Oye, ahí viene don José, vamos a preguntarle. Bueno, amigos, legarto y ligarto son somónimos, aunque el verdadero nombre de ese bicho es retil *.


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