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ANTONIO PUENTE
Síndrome

Ya se empieza a ver la noche antes de tiempo. La última rampa trimestral del año. Octubre en el menú, se llama una novela de intrigas de Manuel de Lope; y Octubre, octubre, se titula una de J.L.R. Sampedro, como si fuese una conjura para aplacar un arduo escollo en el río que nos lleva. Síndrome postvacacional -o prepucial, según los casos-, se cambian ahora, inexorablemente, los caprichos de Eva María -cabecita loca, boquita pintada de la estación estival- por los designios de estricta gobernanta de María Cristina. En efecto, de la reciente época estival, nos resta la constatación de que ella se marchó y sólo me dejó recuerdos de su ausencia; que, sin la menor indulgencia, y por donde mismo vino, se fue la tía que simboliza el estío, con su maleta de piel y su bikini de rayas. En su lugar, se erige ahora el síndrome empresarial, familiar y colegial de María Cristina que, como todo el mundo sabe y se aplica el cuento, me quiere gobernar, y yo le sigo-le sigo la corriente, porque no quiero que diga la gente que María Cristina me quiere gobernar. Octubre huele, entonces, a la goma de borrar a que huelen las cabezas de los niños en octubre, mientras se escucha el sordo estruendo del gran grillo que anida en los patios de recreo y en las puertas de los colegios, junto al hombre de la gabardina, ese transformista de los cambios climáticos. Octubre, u Octoñubre, es un abril al revés, el reverso del mes más cruel. Cuando nuestro Ello regresa a las aulas de la Eso, y se desayuna "leche negra del alba" (P. Celan) en grandes escudillas somnolientas, con babi de milrayas. Otoño cuajado de residuos estivales, al que Luis Feria le decía a la cara: "Acompáñame el resto de mis días / no te alejes / mientras yo voy directo hacia la muerte / víveme tú quedándote en las ramas". Octoñubre, sí, que "huele a bruja al mediodía" y a "toca negra y aceitosa", según Claudio Rodríguez, quien así describe, puntilloso, la rampa que ahora nos desliza: "Y en los pliegues del aire, / en los altares del espacio, hay vicios / enterrados, lugares / donde se compra el corazón, siniestras / recetas para amores. Y en la tensa / maduración del día, no unos labios / sino secas encías, nos chupan la sangre / el rezo y la blasfemia, / el recuerdo, el olvido / todo aquello que fue sosiego o fiebre (en el verano). // Como quien lee en un renglón tachado / el arrepentimiento de una vida, / con tesón, con piedad, con fe, aún con odio / ahora a mediodía cuando hace calor y está apagado / el sabor, contemplamos / el hondo estrago y el tenaz progreso / de las cosas, su eterno delirio, mientras chillan / las golondrinas de la huída".
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