La resistencia pasiva de sus habitantes en el derribo, desenlace de una tensa vigilia en el poblado marinero de Candelaria
ESAÚ HERNÁNDEZ
CANDELARIA
Una unidad del Grupo Rural de Seguridad (GRS) de la Guardia Civil rodeó, sobre las siete de la mañana de ayer, un lugar que, al menos hasta las once, cuando la cuchara de la excavadora comenzó a destruir el principal acceso y las primeras casas, era el poblado marinero conocido como Cho Vito, en Candelaria. El medio centenar de agentes tuvo que aplicarse, pero no como se esperaban, ellos y todos aquellos que aguardaban por sangre y fuego, guiados por el morbo para contemplar acaso la agonía final del que ya fue bello poblado marinero, del que ayer sólo quedaba en pie la mitad de las viviendas.
El resto eran escombros, y poco tardará en seguirle la otra mitad del lugar, al que al final hay que restarle, además de las seis casas consideradas como única vivienda por la Dirección General de Costas, una más que se incluyó el lunes. Aun así ayer Antonio, Carlota, Filiberto, Lolita, buscaban refugio en casas de familiares y amigos al haberlo perdido todo, ya que aseguran que no son sólo siete las que eran única residencia familiar. No estaban en la lista del Ayuntamiento en este capítulo porque no solicitaron una de protección oficial, un requisito que decidieron no cumplir al no reconocer otro hogar que las cuevas que ya habitaron sus antepasados.
Una tensa vigilia.
Cho Vito es un pueblo que ha estado sumido en la desesperación por perder un trozo de su historia: hace un año, dijeron que estaban dispuestos a organizar un suicidio colectivo. Un pueblo que suspendió los encadenamientos y la huelga de hambre cuando el Gobierno canario les recibió; un pueblo preparado, hasta mediada la madrugada, a salir de sus casas como parte de los escombros; un pueblo que, a las tres de la mañana, tenía montada una barricada en las escaleras de la entrada principal, lista para arder, y no era lo único porque algunos invitados estaban dispuestos a dar lo que el morbo pedía, incluso con cóteles molotov que terminaron escondidos. Incluso alguno de los foráneos autoinvitados a la protesta había amenazado con inmolarse, con quemarse a lo bonzo, pero nada de eso ocurrió, la sinrazón no triunfó y los vecinos de Cho Vito supieron imponer su criterio en unas reuniones que se sucedieron desde las cinco de la mañana con miembros de la Asamblea por Tenerife, la Coordinadora de Pueblos y Barrios y la asociación juvenil Azarug.
Algunos decían estar dispuestos a todo; tanto, que mientras montaban de madrugada una de las barricadas planteadas, se afanaban en impedir que los medios de comunicación les grabaran, como habían hecho con el resto de los vecinos, que dijeron más de una palabra, pero de agradecimiento. A medida que se iban tapando la cara con camisas o cubriendo con capuchas, el temor a una batalla con la policía cobraba fuerza, ya que, mientras los agentes de la Policía Local les animaban a por lo menos pensárselo, por si acaso, alguna persona mayor sufría un problema y había que llamar a una ambulancia. Ocurrió sólo minutos después de que estos agentes, que también fueron niños y pasaron los veranos en Cho Vito, disfrutaran con los vecinos del poblado marinero de una taza de caldo o café mientras lamentaban tener que participar en la guardia. Antes, por la tarde, dos policías locales del turno anterior hablaban de suerte. Uno la tenía buena, por no tener que estar presente en el derribo; otro mala, por terminar las vacaciones y empezar el servicio "precisamente con esto", dijo.
No fueron los únicos descontentos con su función en el día del derribo, porque los conductores de las grúas se negaron a presentarse para retirar de la entrada los coches de los vecinos. El operador de la pala, el primer operador de la pala (hubo un segundo), se negó a seguir trabajando después de destrozar las tres primeras casas, la última, la de Cho Vito, el pescador que le da nombre a un pueblo que caerá, pero que no desaparecerá:
"¿Dónde está el resto de Candelaria?". "¿Dónde están los otros pueblos de la costa afectados, Bajo La Cuesta, Punta Brava, Agache?". "¿No íbamos a ser más de 600 personas?". "¿En qué nos hemos equvocado?". Las preguntas asaltaban a los representantes de los vecinos a medida que avanzaba la noche, y a las tres y media se empezaba a plantear un cambio de estrategia que se comunicó a todos en la plaza dos horas después y sin poder evitar las lágrimas:"Si fueramos seiscientos plantaríamos cara, yo el primero, pero aquí hay muchos mayores, algunos enfermos, menores, dos bebés... No les aguantaríamos ni cinco minutos y no estamos dispuestos a ponerlos en riesgo", explicaron a los más jóvenes los portavoces de los vecinos del pueblo marinero. Al final hubo acuerdo en un punto intermedio, que por fin demostró que se había acudido a Cho Vito por su gente y no por enfrentarse al sistema a base de pedradas. Los cócteles molotov desaparecieron y se escuchó en un tagoror: "Estamos aquí por los vecinos de Cho Vito así que pido tranquilidad y hacerles caso en todo lo que nos pidan". Algo que tranquilizó un poco al también joven David, el tararanieto de Cho Vito indignado con los gritos que escuchaba: "¿Poder guanche?, ¡que guanche ni que nada!, ¡qué mierda es esa de luchar contra la metrópoli!, ¡encima me van a tirar mi casa, que es la única que tengo, tiene hipoteca y subvención del Gobierno de Canarias, ¿es que quieren que le abran la cabeza a mi familia con una porra?".
La casa de David era una de las marcadas para derribar. Se le ponían con spray las letras D. P. (domino público) y el número de la vivienda. A las que no quedaron destrozadas ayer mismo se les retiraron muebles y puertas para no hacerlas habitables, pero con David se echaron atrás ayer por la tarde y le devolvieron lo que quedaba de sus enseres familiares.
Los guardias civiles sudaron la gota gorda, literalmente, cargando en peso a todos aquellos que decidieron plantarse dentro o fuera de las casas, en un visible acto de resistencia pasiva, pero no silenciosa. "¡Que se ganen los 80.000 euros!". Se referían al dinero que costaba el operativo, que contó además con una veintena de obreros que desalojaron de muebles y enseres todas las viviendas, que luego tiraron a un improvisado vertedero, y con el trabajo de funcionarios y técnicos de Costas a los que se les presentaba un problema, mantener fuera de peligro a las casas que dan pared con pared. Una funcionaria de Costas dijo que "el Ayuntamiento conocía desde el primer momento todo sobre el derribo, e incluso nos han ayudado", según dijo el concejal del PP en Candelaria, José Fernando López, que se presentó como personal del Ayuntamiento y sorprendió a la citada funcionaria al confesar que era de la oposición.
Llega el alcalde.
Después, el alcalde, Sindo García, llamó a uno de los vecinos y éste le invitó a venir "para que veas lo que has conseguido", una invitación que el regidor esta vez no aceptó. Según el abogado de los afectados, Eduardo Silgo, "seinformó al alcalde de que podía ordenar a la policía local paralizar el derribo, porque no tiene ni licencia de obra, ni estudio de impacto medioambiental, ni nada, pero no lo hizo". Silgo no podía ayer tarde reunirse con sus clientes, pues la valla perimetral impedía su entrada, algo que le resultó "indignante" y dijo que va a llevar a los juzgados. Explicó que la juez le había comunicado que, después de la suspensión provisional del derribo que dictó el pasado viernes, seguramente se volvería a ampliar el lunes, algo que no ocurrió. "Además, también nos planteó pagar los 80.000 euros para suspenderlo, pero no lo propuso al final". Uno a uno los vecinos fueron desfilando sobre los cansados brazos de los agentes. "¿Esto es democracia?". "¿Por qué no tiran los hoteles de Lanzarote?". Sólo gritos y aplausos; sin agresiones, sin defenderse, tan solo convirtiendo su cuerpo en un peso muerto al que hubo que apoyar en el suelo en varias ocasiones demostrando que a los agentes se les iba la fuerza por la boca, ya que dedicaron la otra parte de sus energías, durante todo el día, a dificultar el ejercicio del derecho a la información de los ciudadanos, intentando impedir a los medios hacer su trabajo, que se pudo llevar a cabo gracias al tejado o la terraza de los vecinos que, de momento, se libran del derribo.
La paradoja de Tabaiba Baja y Cho Vito no dejaba de sobrevolar las cabezas de los afectados: "¿Cómo puede ser que la Guardia Civil derribe estas casas y nos eche por defenderlas y aquí al lado garantice que se construya un edificio en la costa que todos los vecinos rechazan?". Argelia lleva 47 años en La Laguna, bajó a ver lo que habían hecho con su rincón de la infancia. Los gritos de desolación y las lágrimas emocionaron Cho Vito en su último día, el día que se transformó en escombros.