El presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, reiteró el pasado viernes que España debe asistir a la cumbre financiera de Washington y confió en las gestiones que pueden realizar al respecto los presidentes del Consejo Europeo, Nicolas Sarkozy, y de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso. "Sin alharacas, sin hacer nada extraño, sólo con argumentos, con razones, defendemos que nuestra voz cuente y les puedo asegurar que va a contar", manifestó Zapatero en rueda de prensa en Pekín. A su juicio, no se trata de un asunto que se resuelve "con dos llamadas telefónicas a nivel diplomático", ya que la pretensión española "tiene un calado institucional, de lo que es la UE y el orden internacional, en el que España tiene mucho que decir y lo va a decir". Para Zapatero, ante un reto de tanta trascendencia, una cumbre que va a diseñar el sistema financiero y que marcará el destino de la economía mundial en las próximas décadas, "un país como España en el formato que sea, de G-1, G-5, G-8, G-14 o G-20, debe estar". No le faltan razones al presidente del Ejecutivo, con cuya política exterior se podrá estar o no de acuerdo, pero al que es preciso apoyar en esta cuestión concreta, no por un patrioterismo oportunista, sino porque los argumentos que aporta son sólidos. Para empezar, y si de finanzas mundiales hablamos, algo tendrá que decir un país que ha marcado la pauta en lo que a la modernización de su sistema financiero respecta, algo que pueden acreditar sus bancos y cajas de ahorro, que no han protagonizado los sucesos truculentos de otras entidades foráneas. Ocurre también que un país es algo más que su gobierno, y España, como uno de los estados grandes de la UE, y sólidamente instalado por historia, sentimiento e influencia en Latinoamérica, puede y debe ser un interlocutor responsable para debatir sobre el futuro del capitalismo global; sin sentirse más que nadie, claro está, pero tampoco menos. Esto lo debería entender el primer partido de la oposición, que contempla divertido los esfuerzos de Zapatero y no parece comprender que con ello concede carta de naturaleza a la pequeña venganza del presidente George Bush, un hombre derrotado por su propia ejecutoria y que ahora, en los últimos días de su desastroso mandato, se permite ciertas frivolidades. En todo caso, el Gobierno de España tiene dos tareas ante sí, y tampoco es presentable que, centrado ahora en figurar en esa cita de ilustres por el futuro de la economía, deje de admitir que el combate principal se libra en casa, porque las cifras del desempleo no dejan de aumentar, y en semejante tesitura no valen ni el tancredismo ni los balones fuera, tampoco en dirección a Washington. Zapatero tiene que demostrar que su plan económico funciona, y que la asfixia al crédito deja paso a una etapa más comprometida con los ciudadanos y empresas.
Y ahora, África como refugio
El Gobierno de España propondrá que Canarias sea sede de "un gran encuentro entre empresarios europeos y africanos", en el marco de las políticas de cooperación al desarrollo con el continente vecino emprendidas por la Unión Europea, anunció esta semana en Las Palmas el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos. La celebración en el Archipiélago de esa reunión, según Moratinos, será un encuentro de "enorme representatividad". De hecho, el ministro quiso dejar patente la voluntad de su Ejecutivo de hacer partícipe a la comunidad autónoma en la política exterior dirigida hacia África, como territorio más próximo al continente vecino, y en el marco del II Plan África que prepara el Gobierno central, que avanzó se prevé aprobar antes de final de este año. Hablamos de un plan que tendrá dos ejes principales, de potenciación de la "acción inversora" y de la "acción cultural", como novedades más destacadas respecto al primero, y que Moratinos admitió que fue criticado por no haber sido consensuado lo suficientemente con los agentes sociales que podrían haber aportado sus ideas o experiencias. En el mismo acto, el presidente del Gobierno de Canarias, Paulino Rivero, calificó de "importantísima" la posibilidad de que la referida cumbre empresarial se celebre en Canarias, porque iniciativas como la citada, aseveró, "facilitan y ayudan a ese objetivo de que Canarias sea plataforma hacia África". Pues bien, en esas estamos, hablando mucho sobre el vecino continente, pero haciendo bastante menos. Lo cierto es que los alegatos políticos, también en este asunto, deberían venir acompañados por un bocado de realismo. Durante los últimos años, y en un contexto de bonanza económica para las Islas y España, hemos llegado a tomar la relacion con África desde la perspectiva del buen samaritano que, incluso desde una pequeña dimensión, se disponía a salvar al vecino acosado por la guerra, el hambre y la pandemia. Por supuesto, también en ese contexto fueron muchas más las palabras que las acciones, y no sólo desde Canarias, sino en todos los ámbitos. Pero ahora, llegada la crisis, observamos con envidia y asombro las buenas cifras macroeconómicas de algunos estados africanos (porque el bienestar de la población es otra cosa) y algunos hasta afirman que la salvación para nuestro agotado modelo debe venir por unas relaciones que no hemos cuidado durante los años precedentes. Pues ni una cosa, ni otra. Canarias está en disposición, es cierto, de liderar una propuesta política, económica, social, educativa y cultural de colaboración con África, pero partiendo de realidades y acciones decididas, no de ficciones en uno u otro extremo. A ver si aprendemos la lección de una vez.