Aún se escuchan los ecos del reciente congreso de Coalición Canaria (CC) y sospecho que pronto volverán a la opinión pública distintas cuestiones que permanecen en una nebulosa política y que en buena lógica tendrán que aclararse durante las próximas semanas o meses. De hecho, los órganos competentes de CC han sido facultados para revisar todos los textos aprobados en el congreso, y ha quedado abierta, aunque sin fecha, la preparación de una Conferencia Ideológica para elegir la senda por la que van a transitar los nacionalistas durante la próxima década.
El pasado cónclave celebrado en Las Palmas debió haber servido a CC para soldar viejas heridas y renovar y modernizar su discurso. Lejos de alcanzar estos objetivos, ha salido más dividida y debilitada, de ahí la necesidad de que reconduzca su trayectoria y de abrirse a un futuro más en sintonía con las aspiraciones de los ciudadanos y con los graves desafíos del presente económico -que deben conformar el elemento central de la acción política-, sin renunciar a la construcción con otras fuerzas políticas similares de un proyecto común para Canarias. Como las prisas son malas consejeras, algunos párrafos de las ponencias congresuales caen en el absurdo de reivindicar verdaderas ilegalidades y justificarlas... en el marco de la Constitución. La verdad es que quienes tenían la responsabilidad de revisar los textos llevados al congreso nacionalista estuvieron en Babia, no leyeron lo que tenían obligación de leer o les metieron un gol por la escuadra en horas de madrugada, tal vez porque estaban más interesados en las intrigas y zancadillas políticas que allí se sucedían, para disgusto de Paulino RiIvero y su escudero José Torres Stinga y alegría de Antonio Castro y sus huestes palmeras, herreñas, grancanarias y majoreras.
Los principales líderes de la formación ya han expresado sus pareceres con general unanimidad: con arreglo a su ideario, CC no es un partido independentista ni soberanista; es una formación política moderada que respeta el orden constitucional vigente. Y es que, en efecto, no puede jugar a dos barajas, ni utilizar un doble lenguaje a conveniencia. O sigue una línea templada u opta por otra de ruptura. O mantiene su tradicional espíritu constitucional o abre una salida independentista. O persiste en su afán pactista y posibilista, que tantos buenos frutos ha dado para la gobernabilidad del Estado y de Canarias, o decide tirar por la calle de en medio y alinearse con los nacionalismos radicalizados. Esta grave dicotomía tuvo que afrontarla la mismísima presidenta de CC, Claudina Morales, nada más concluir el congreso. Viajó rápidamente a Madrid, acompañada del muñidor José Luis Perestelo, con el exclusivo propósito de ofrecer una rueda de prensa en el Congreso de los Diputados y aclarar lo que ya conocen los lectores: que las ponencias no incluyen en su redacción las insensateces y disparates que sí recoge, en cambio, el Anexo denominado Reflexiones ideológicas, el cual no fue discutido en el congreso pero, sin embargo, se repartió entre la documentación oficial del mismo.
La reproducción de algunos párrafos de este anexo ha levantado ronchas en los dos grandes partidos nacionales, PSOE y PP, y entre el ala más conservadora de CC. Porque una cosa es apurar al máximo las posibilidades de autogobierno que ofrece la Constitución y otra bien distinta confundir el ’hecho diferencial canario’ con las demandas de cosoberanía y relación bilateral con el Estado, de igual a igual, sin subordinación de ningún tipo. Una cosa es reclamar la presencia de las Islas en las reuniones nacionales o multinacionales en las que se traten asuntos que afectan a Canarias directamente y otra diferente pretender tener voz y voto y considerar, además, que Canarias es una nación y un Estado archipielágico. Una cosa es la defensa a ultranza de las señas de identidad canarias y otra negar la existencia misma de la nación española y en consecuencia de sus señas de identidad. Y así unas cuantas perlas más que demuestran la falta del sentido del ridículo y el escaso equipaje intelectual de quien redactó tanto disparate.
El nacionalismo que hasta hoy ha venido mostrando CC no es ese que ha fracasado históricamente por fanático, extremo, xenófobo, secesionista, irracional y resentido, un nacionalismo exacerbado, de clara pulsión étnica, intransigente, creador de fronteras identitarias y rodeado de banderas y símbolos a falta de ideas y proyectos cargados de racionalidad. Por el contrario, creo que CC ha tratado de asentarse sobre un proyecto transversal que, aunque sin ideología clara -este es un problema que debe resolver lo antes posible porque el nacionalismo no es un cajón en el que cabe todo con tal de que se base en sentimientos y emociones-, se nutre de la amplia diversidad social existente y se construye sin privilegios, sin divisiones exclusivistas. Un nacionalismo que está comprometido con la gente, sea cual sea su procedencia, con una visión que se apoya en el mestizaje y se aparta de la cueva o la tribu, que tantos y tan dramáticos conflictos étnicos, culturales, religiosos, políticos, sociales y económicos ha generado en la Historia.
Una vía así trazada requiere como es lógico líderes responsables con voluntad política integradora, con inteligencia y capacidad bastantes para aprovechar las condiciones que más favorezcan el progreso del pueblo canario, mediante la creación de empleo, riqueza y bienestar. Si juzgamos por los réditos que el Archipiélago ha logrado desde el reconocimiento de su autonomía, no cabe duda que el nacionalismo que durante estos años ha gobernado en las Islas -en el Ejecutivo, en cabildos y en ayuntamientos- ha sido pieza fundamental, con la colaboración de las demás fuerzas políticas, en el progreso y la modernización isleñas en todos los campos. Con todos los errores y contradicciones en que ha incurrido CC, que no son pocos. Cosa bien distinta es la pretensión de unos cuantos iluminados de convertir a Coalición Canaria en la punta de lanza de un nacionalismo de nuevo cuño en el que tengan cabida todos los grupos y grupúsculos que se mueven en el entorno del independentismo puro y duro y de un panafricanismo aislacionista y extemporáneo. Personalmente creo que, para asegurar su propio futuro y clarificar el panorama político, sería deseable una confluencia real de las diferentes sensibilidades nacionalistas moderadas que se dan en Canarias, partiendo del tronco común de respeto a la legalidad vigente como nexo básico de unión, y de superación del insularismo entendido como elemento divisor caciquil y de confrontación entre islas.
No caben en el mismo proyecto -lo digo con todos los respetos para la irrenunciable libertad de cada uno a la defensa de sus propias convicciones- los nacionalistas de CC y los que predican descolonizaciones, autodeterminaciones, soberanismos y otros ismos y sandeces por el estilo que, lejos de asegurar la prosperidad de Canarias, pueden contribuir al alumbramiento de impulsos de pasión y confrontación y a una fractura social de riesgos impredecibles. El soberanismo es incompatible con la Constitución. Se podría discutir si Canarias es o no una nación, pero tal definición, como apunta el catedrático Gerardo Ruiz, en ningún caso tendría efectos jurídicos contrarios a la Carta Magna, en la que los principios de unidad e igualdad representan límites infranqueables para el soberanismo.
No nos engañemos. Canarias es lo que es gracias a España. Una Canarias independiente no tendría ni una sola posibilidad de engarzar con Europa, como no la tienen los países de nuestro entorno geográfico. De modo y manera que habría que decir adiós a la Unión Europea, a la OTAN, a la OCDE y a tantos y tantos organismos internacionales que nos ayudan, nos amparan y nos protegen no por ser canarios sino por ser españoles de Canarias.
Los nacionalistas redentores y confrontadores creen en unas esencias patrias idílicas basadas en un guanchismo de verbena porque los aborígenes isleños, por tantas cosas admirables y queridos, estaban atados a la cueva y a las carencias más elementales, no tenían el mismo origen y en ocasiones ni siquiera se reconocían dentro de la propia isla. Para estos iluminados del independentismo, los ancestros justifican una especie de identidad originaria con la que sublimar artificialmente la idea de una Canarias libre arrancada a un poder despótico que nos maltrata y nos explota. Todo, pura falsedad. Estos nacionalistas, anticanarios y antiespañoles a la vez, ni siquiera respetan la voluntad mayoritaria del pueblo cuyas aspiraciones dicen recoger pero que, elección tras elección, deja claras sus preferencias, sus sentimientos y sus deseos de seguir viviendo en paz, sin desvertebrar el país ni someterse a un monolitismo identitario cargado con los odios del independentismo rompedor, decadente y excluyente.
A juzgar por el anexo ideológico, estos nacionalistas centrífugos, partidarios de soberanías pintorescas y autodeterminaciones sepultadas por la etapa descolonizadora de los años sesenta y setenta del siglo pasado, deben coincidir con jóvenes militantes extremistas de CC para quienes "Canarias es una nación porque así lo siente nuestro pueblo" (...) "La identidad canaria (...) se contrapone a una identidad artificial como es la española" porque (...) "la identidad española no existe" (...) "no existen la nación española ni el pueblo español como tal" (...) "si existe, es un Estado español sobre el cual se sustenta un jacobismo reaccionario en pos de la defensa de los intereses de unos pocos" (...) "un Estado que no respeta las diversas identidades nacionales de los respectivos pueblos que lo conforman y desde su autoridad central realiza grandes abusos de poder contra éstas y sus aspiraciones nacionales".
Hay que ser muy matado, hay que ser muy rebenque, por decirlo en canario, para sostener semejantes falsedades y barbaridades reaccionarias, que todavía suenan peor cuando se entrecomillan. Para empezar, si España no existe, ¿a qué viene la pretensión de separarse de ella? ¿Cómo puede uno separarse de lo que no existe?, que diría el filósofo Bueno. El nacionalismo étnico, segregacionista y particularista no tiene nada que hacer en el mundo de hoy; la esencia constitutiva de un nacionalismo moderno y centrado es la libertad y la ciudadanía. Y frente al rechazo a los diferentes -los no nacionalistas-, a la exclusión y el fundamentalismo particularista, opone la integración de las diferencias en una síntesis común que esté siempre abierta a una concepción cosmopolita y humanística de la unión política, como defiende Bouza-Brey.
No se puede preferir alegremente el sentimiento y la identidad a las instituciones y las estructuras políticas. ¿O acaso sí para, en plan detergente mental, cambiar éstas si no nos gustan a fin de acomodarlas al nacionalismo? No voy a entrar a juzgar el concepto almibarado de nación que tiene el redactor nacionalista del anexo de marras, pero su mera sustentación en las emotividades humanas es la más floja de las argumentaciones y se desacredita por sí sola. Guste o no, España es bastante más que una envoltura de identidades variadas, es una nación política, un Estado nación que articula y defiende los intereses de todos los que pertenecemos a la suma final de una sociedad plural y compleja.
La contraposición que se trata de justificar en el anexo de las ponencias de CC entre nacionalismo español y nacionalismo canario se me antoja pasada de moda y como una excusa que se abraza para justificar un cierto victimismo. No es incompatible sentirse español y canario a la vez: así lo cree la gran mayoría de los canarios y así lo revelan las encuestas de opinión pública de los últimos años. La más reciente, la realizada en diciembre de 2005 por el Centro de Investigaciones Sociológicas, revela que el 48,8% de los canarios se siente muy orgulloso de ser español y el 39,1 bastante orgulloso; sólo el 10% se siente poco o nada orgulloso. Curiosamente, el 83,6% prefiere utilizar el término región para referirse a Canarias, en tanto el 6,7% prefiere la palabra nación.
Ya pasaron los tiempos del nacionalismo de la España imperial, un nacionalismo preconstitucional, apolillado y barnizado de connotaciones patrióticas franquistas. Como afirma el catedrático y politólogo Andrés de Blas, "el nacionalismo español moderno no es enemigo de la diversidad como pregona el separatismo. Ha asumido las diferencias, es respetuoso con las sensibilidades regionales y las ha visto como algo positivo". Sigue, en definitiva, el pensamiento del filósofo e historiador francés Ernest Renan, según el cual "lo que constituye una nación no es hablar una misma lengua, ni pertenecer al mismo grupo étnico, sino poseer en común grandes cosas hechas en el pasado y la voluntad de hacer otras en el futuro".
Una endogamia ideológica y social, un falso discurso soberanista -lo que algunos llaman soberanismo de alquiler-, unas exigencias políticas inalcanzables, una senda que trate de desvincular a Canarias de España pueden llevar al nacionalismo centrado de CC a un despeñadero de incoherencias y contradicciones con su propia trayectoria, lo que -no tengo ninguna duda- a su vez determinaría una pérdida severa de seguidores y votantes. Si, por el contrario, CC sigue pensando que las identidades políticas no son excluyentes, como no lo deben ser las culturales, o las sociales, o cualesquiera otras, y que nadie es propietario de las esencias de un pueblo o comunidad, entonces es posible que este nacionalismo sensato pueda cooptar voluntades y apoyo popular entre una ciudadanía que se identifique con un nacionalismo integrador, renovado e ilusionante, no retrógrado, divisionista o de barricada.
En todo caso, no conviene olvidar que prácticamente dos tercios de la población canaria no es -o no se siente- nacionalista, y que las ideas no se pueden imponer aunque se esgriman argumentos éticamente válidos, como es la defensa de las peculiaridades ante la uniformización o la pérdida de identidades particulares en el crisol de las colectivas. En las elecciones de marzo pasado, CC reunió tan sólo el 17,5% de los votos emitidos en las Islas, equivalente al 0,6% de todos los emitidos en España. Según la última encuesta del CIS, hecha pública esta misma semana, si ahora mismo se celebraran nuevas elecciones CC descendería al 0,2%, lo que evidencia que esta formación política pasa por momentos difíciles y no sólo no crece sino que retrocede abiertamente.
Los cantos de sirena de algunos independentistas llegan al grado de reclamar la aplicación de la declaración 1.514 (XV) de 14 de diciembre de 1960 de la Asamblea General de Naciones Unidas sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales, considerando que Canarias se halla en esa tesitura. Como ya he dicho en otra ocasión, este argumento es absolutamente falso, ridículo y peregrino porque esa misma resolución, concebida en unos momentos de fiebre descolonizadora, en modo alguno puede ser aplicable entre nosotros. El pueblo no lo quiere, la Constitución no lo permite y la propia declaración de la ONU recoge en su punto 6 que "todo intento encaminado a quebrantar total o parcialmente la unidad nacional y la integridad territorial de un país es incompatible con los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas". En la sede de la ONU se ha registrado un escrito del abogado Antonio Cubillo reclamando la "descolonización"; lo acompaña fotocopias del periódico El Día, para dar a entender que se trata de "un clamor popular", y de una entrevista suya con El País. Sobran los comentarios. |