RETIRO LO ESCRITO
Tertulianos
ALFONSO GONZÁLEZ JEREZ
Tertuliano fue un fanático repugnante, como todos los denominados Padres de la Iglesia, aunque no llegó a los extremos de perturbación mental de Orígenes, un individuo que se castró para que las fiebres del pecado no enturbiaran su ilimitada capacidad de segregar memeces apologéticas. Por entonces los intelectuales del naciente catolicismo no se andaban con medias tintas, y Tertuliano, en su arrogante y estúpida ignorancia, calificaba a Aristóteles de miserable y proclamaba satisfecho: "Todas las herejías, en último término, tienen su origen en la filosofía". Un piropo que, por desgracia, la filosofía no siempre ha merecido. No carece, por lo tanto, de cierta justicia poética que la turbamulta que nos aturde diariamente en radios y televisiones sean llamados tertulianos: en la mayoría de los casos se descubren como lejanos aunque ágrafos discípulos del atorrante escritor africano.
Las tertulias no dejan de florecer en radios y televisiones porque son un recurso barato. Económica e intelectualmente barato. En las ínsulas baratarias al tertuliano no se le paga habitualmente. En un programa de Televisión Española en Canarias que no he tenido el placer de ver (59 segundos) se ha producido una excepción histórica y a cada participante se le abonan unos 350 euros, lo que ha causado una conmoción indescriptible entre los periodistas isleños. He visto a un compañero devorar un bocadillo de pata negra en el Imperial mientras otro colega me susurraba en la barra:
- Es que la pasada semana estuvo en 59 segundos.
- Aaah...
Montar una tertulia te permite eludir cualquier esfuerzo creativo o profesional. Ni buscar información, ni urdir reportajes, ni preparar crónicas, ni bajar siquiera al viento de las calles y barrios de las ciudades. Colocas a tres, cuatro o cinco infelices frente a los micrófonos y las cámaras y ya lo tienes hecho. El tertuliano, por supuesto, no debe tener idea de nada, ni estar especialmente bien informado, ni menos aún desarrollar un análisis propio sobre cualquier cosa. El tertuliano, incluso, puede no tener ni siquiera una opinión. Los tertulianos de este asombroso milenio -políticos, periodistas, locutores, decoradores de interiores- suelen sacársela de las narices como los niños que hacen pelotitas de mocos y las pegan en cualquier sitio. Los técnicos en publicidad lo llaman pluralismo.
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