MARÍA VACAS SENTÍS
Una habitación propia
No sólo la voz de la escritora Virginia Woolf pervive con vocación de eternidad en los archivos sonoros de la British Library, -como se hizo público hace pocos días-, sino que también su pensamiento absolutamente feminista y liberador permanece vigoroso, pese a los sesenta y siete años transcurridos desde que decidiera desaparecer para siempre bajo las aguas del río Ouse. En Una habitación propia, un libro nacido en 1929 a partir de unas conferencias sobre mujer y literatura, Virginia Woolf diagnostica la carga descomunal que soporta la mujer por el simple hecho de serlo, las dificultades materiales e inmateriales a las que se enfrenta; y cómo sólo la salvan de la domesticidad alienante y de la aridez de pensamiento la independencia económica y personal. La salva, en definitiva, disponer de algo inalcanzable para muchas: disfrutar de una habitación propia donde desarrollarse y florecer; tener un espacio y un tiempo propios, la intimidad necesaria para emprender la actividad intelectual, toda vez que el ámbito doméstico se entiende como un espacio híbrido, ni público ni privado (por ser esencialmente compartido). Esa habitación propia era un objetivo casi imposible en el siglo XIX, a no ser que se proviniera de familia adinerada; y continúa siendo difícil aún en el siglo XXI.
Virginia Woolf consideraba que la mayor liberación de la que pueden disfrutar las mujeres es pensar directamente en las cosas, sin intermediarios, algo que comienza a valorar -relata- a partir de la muerte de una tía que le lega como herencia quinientas libras al año hasta el resto de sus días. "La herencia de mi tía me hizo ver el cielo al descubierto y sustituyó la imponente imagen de un caballero, que Milton me recomendaba que adorara eternamente, por una visión del cielo abierto". Y más adelante aconseja: "Por encima de todo debes iluminar tu propia alma, sus profundidades y frivolidades, sus vanidades y generosidades. Poder decir cuál es tu relación con el mundo siempre cambiante".
También en nuestros días la libertad de la mujer está estrechamente vinculada a unos ingresos fijos y al hecho de no depender de nadie. "Cuando se tienen asegurados la comida, el cobijo y el vestir, cesan el odio y la amargura. No necesito odiar a ningún hombre; no puede herirme. No necesito halagar a ningún hombre; no tiene nada que darme". La mujer que no necesita al hombre para sobrevivir es auténticamente libre; la mujer que no necesita al hombre muchas veces desarrolla su vida de manera independiente, añado, ya que se compromete sólo cuando la compensación va más allá de lo económico.
Y es que tradicionalmente las mujeres han sido más imprescindibles a los hombres que lo contrario, pero no sólo por razones meramente infraestructurales, sino también psicológicas. Virginia Woolf sostiene que las mujeres han servido muchas veces como espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble del natural. "Ese deseo profundamente arraigado en el hombre consiste no tanto en que ella sea inferior sino más bien en ser él superior", concluye. Desde esta perspectiva, la seguridad del hombre provendría de esta malsana y desequilibrada consideración, que también está en el origen, llevada a su extremo más brutal, del maltrato a la mujer; también de su asesinato cuando por fin decide liberarse de su agresor. El hombre no quiere renunciar a este falso reflejo, precisamente porque esta deformación engrandece en muchos casos su mediocre realidad.
En la mujer la dedicación al mundo de las ideas conlleva generalmente un acto de renuncia a la caduca cotidianidad doméstica, mientras que en el caso del hombre se hace más sencillo compatibilizar los ámbitos privado y público por su falta de implicación en la intendencia. Mucho más allá: el hombre necesita de la solícita mano femenina para dedicarse por entero a la noble tarea artística; pero no abunda ese gran hombre en la trastienda dedicado a facilitarle la vida diaria a la mujer. Juan Carlos Onetti pasó buena parte de sus últimos años de vida encerrado en casa y en cama, mientras su mujer garantizaba su bienestar físico y emocional, sirviéndole de apoyo incondicional, entregada a todas esas tareas ingratas y rutinarias imprescindibles para el funcionamiento del hogar. No creo que abunden ejemplos de lo contrario. Pero ojalá me equivoque.
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