El casco histórico de La Orotava es, sin duda alguna, uno de los más importantes del archipiélago canario, con una serie de características espaciales y urbanas que lo convierten en excepcional en nuestra comunidad. En primer lugar, por su combinación de dos sectores claramente delimitados: la Villa Arriba y la Villa Abajo, que dibujan un panorama urbano de tal riqueza tipológica que lo convierten en único, tanto por el elevado número de casonas de las clases medias existentes en la jurisdicción de la parroquia de San Juan Bautista, sin par en las Islas; como por los valores histórico-artísticos de las mansiones nobiliarias de La Concepción. Es una trama urbana que se configura desde el siglo XVI en torno a una arteria central de la ruta de los molinos, que nace en el camino de la Sierra y fenece en La Concepción, con una riqueza hídrica procedente de los manantiales de Aguamansa que, tras servir de motor a los molinos y suministrar agua para el abasto público, finalizaba en las haciendas de regadío de las zonas bajas. Una riqueza que se cimentó primero en la caña de azúcar, cuya necesidad de recursos hídricos en las zonas medias y bajas, explica su emplazamiento; y tras su crisis, en la malvasía, que con los caudales que dio, convirtió a la villa en la primera localidad en población del Archipiélago a fines del siglo XVII. Precisamente esos molinos, que forman parte de su trama urbana desde la misma conquista, constituyen por sí mismos un patrimonio cultural único en Canarias por sus características peculiares y diversidad. Ya en 1594 el padre Espinosa decía que existían once de a dos piedras, movidos por una acequia que atravesaba todo el pueblo. Trece eran los existentes en 1813, de los que se conservan en la actualidad diez.
El crecimiento de su casco fue tan rápido que ya en 1498 se crea su ermita de La Concepción, que en 1503 se segrega como parroquia del Realejo de Arriba y cuenta con un alcalde real. Es por aquel entonces cuando se da pie a su trama fundamental, entre la sierra, por encima de la ermita de Santa Catalina, los cañaverales como su límite oeste en el convento de San Francisco y norte con la capilla del Carmen y el convento dominico y por el este, las dehesas comunales, que serán privatizadas en el siglo XIX, desde el Llano de San Sebastián. Salvo algunas significativas transformaciones de los siglos XIX y XX en alguna de sus calles, el casco histórico de la Villa de Abajo, residencia de su elite nobiliaria, se conformó en los siglos XVII y XVIII. No obstante, lo más llamativo de él ha sido su enorme adaptabilidad a los estilos dominantes en cada tiempo, por lo que se ha caracterizado por una amalgama en la que, a pesar de su diversidad, reina una unicidad que es por su alto grado de conservación, plasmación evidente de su monumentalidad. Por su parte, en el de la Villa de Arriba, el carácter empinado de sus calles explica que sus clases menos acomodadas se fueran estableciendo en las áreas más empinadas y con materiales volcánicos de derrubio entre la calle de Alfaro, hoy conocida por la Hoya y Santa Catalina. En ella se conjuntaron solares con sitios y huertas. A partir de éstas, se fueron trazando calles en su interior, cuya división se dio por consolidada desde mediados del XVII. Desde esa fecha y hasta los años 50 no hubo otro cambio de consideración que la destrucción de varias casas entre las calles de la Bicha y Julián de Noda, llamadas más tarde Zacarías y Pescote, para dar pie a la actual de Calvo Sotelo. En 1608 una cofradía de labradores de San Juan Bautista pactó con uno de los mayores propietarios de solares, Francisco de Valcárcel, la cesión de uno para fabricar una ermita a esa advocación a cambio de su patronazgo y enterramiento, que daría pie a su parroquia en 1681.
Por la riqueza y variedad de sus edificios, su amalgama y adaptación a una trama urbana en ascensión, vertebrada en torno a la ruta del agua, de la que son certeros exponentes sus excepcionales molinos, el casco histórico de La Orotava reúne en sí mismo valores de tanta singularidad que lo convierten en algo sin duda único en el Archipiélago, mereciendo y pudiendo optar, por todas estas razones, si se le dota de unas medidas de protección adecuadas, a la consideración de Patrimonio de la Humanidad. Por ello, es necesario que el Plan Especial del casco histórico de la Villa de La Orotava, en estos momentos en fase de aprobación, opte por la conservación del conjunto histórico en su totalidad.
* Manuel Hernández González es profesor titular de Historia de América de la Universidad de La Laguna. |