Con treinta años en el oficio, el pintor tijarafero ha cuajado un estilo propio y reconocible, fiel a sus asuntos -paisajes escuetos, interiores cálidos, retratos de niños- y de gran exigencia técnica, tanto con el pincel como con la valiente espátula y ajustado a los climas de luz, cardinales y engañosos que envuelven a su paisaje vital y, como escribí para Ventana al arte, su talento y su coherencia le han valido un público fiel que acude a sus exposiciones periódicas o le visita en su casa-estudio en el municipio que se recuesta a la sombra del farallón del Time. Rescatada para usos culturales, la ermita de San Miguel Arcángel acoge sus últimas creaciones que confirman su madurez artística, su maestría en las composiciones y su voluntaria reducción cromática, extraña a los efectismos e imbuida de la mística, o la magia, que le emparenta con su admirado Zurbarán, cuya objetividad es precursora de las corrientes figurativas más sugerentes del siglo XX. Formado en la disciplina de la escultura, trabaja el lienzo con la energía propia de la gubia y define los volúmenes y establece sus relaciones espaciales a partir de objetos humildes, piezas del ajuar de las cocinas pobres, reliquias de una cultura campesina en trance de desaparición. El colorido austero se distribuye con seguros golpes de espátula en gradaciones milimétricas que contienen la luz y la sombra y, entre ambas, las escalas de suma delicadeza que conducen a ambos estados. "En unos casos utilizo la espátula para realizar toda la obra, en otros para resolver los fondos y, por último, para aplicar veladuras de pigmento muy diluidas". Es un heredero espiritual del legado y de la ilusión barrocos que transmite con un lenguaje moderno y autónomo que, para su fortuna, no atiende las tendencias de moda que, como tantos otros capítulos de la estética de consumo, se sacralizan y olvidan con vertiginosa rapidez. Va por libre, con todas las ventajas e inconvenientes que esa elección comporta y presenta resultados tan objetivos y bellos, tan honestos y sabios que lo colocan entre nuestros artistas más originales en la lectura actual de los géneros históricos. Las claves del éxito popular y crítico de Pedro Fausto radican en su sólida formación académica, en la experimentación continua en la soledad del taller y, por encima de todo, en su inquietud por resolver con procedimientos propios las eternas cuestiones de la pintura que se traducen en obras con el mejor perfume clásico y el más libre aliento contemporáneo. |