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NOMBRE Y APELLIDO
Miguel de Cervantes
LUIS ORTEGA

Ayer, y con la liturgia habitual, Juan Marsé recogió de manos del Rey de España el gran premio del idioma castellano y, desde la tribuna del paraninfo universitario de Alcalá de Henares, pronunció el elogio de rigor al Fénix de los Ingenios y el Príncipe de las Letras Españolas celebrado, como los santos y los mártires, en el día de su muerte. Tan alabado a título póstumo, Miguel de Cervantes (1547- 1616) fue un buscavidas menguado, estudiante en la Valladolid imperial, sirviente del cardenal Acquaviva, combatiente y herido en Lepanto -"la más grande ocasión que vieron los siglos"- y, durante cinco años, cautivo en Argel; casado por la dote de Catalina de Salazar, a quien doblaba la edad, probó fortuna en la novela (La Galatea, 1585) y fracasó en todos sus intentos de estrenar teatro; Felipe II se apiadó de su pobreza y le nombró comisario de abastos y recaudador para la guerra en Andalucía; fue excomulgado por la iglesia, renuente a pagar impuestos, y encarcelado tras la rendición de cuentas por la justicia real; ganó sus primeros cuartos literarios casi sesentón con las primeras andanzas de un iluso manchego, obstinado en hacer justicia y reparar entuertos en un tiempo canalla, y gastó los últimos once años de vida los en nuevos empeños (Novelas ejemplares, Viaje al Parnaso, comedias y entremeses) y en defender, con la edición de la segunda parte al Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, la paternidad y los derechos de un tipo literario envidiado por el mismo Lope de Vega; murió en Madrid en 1616 y, como pobre de solemnidad, fue enterrado por la beneficencia. Un año después salen a la calle Los trabajos de Pérsiles y Segismunda y comienza la construcción de un mausoleo glorioso para el maltratado Cervantes, movida por el complejo de culpa del entorno literario y de la corte mediocre y, desde entonces, no ha dejado de crecer el monumento de aire sobre el que luce el Manco de Lepanto, un hombre común, impelido a las hazañas y las penas por puro azar, y un narrador ejemplar que, desde el desencanto y el cinismo, disecciona a la sociedad de un siglo que, bajo el manto del oro, albergaba todas las miserias, y a los poderes reales y religiosos, dados al rigor y muy poco a la clemencia. Las peripecias del Caballero de la Triste Figura fueron la venganza del pobre Miguel de Cervantes, salvado de la biografía vulgar de un hombre de su tiempo, por la carga de ilusión y de utopía de su héroe andante, arrojado, frágil y crecido en la derrota.
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