CLAROSCURO
Vicios de caciques
SARAY ENCINOSO
La ética siempre ha sido capaz de idear infinidad de huídas que encuentran su pasaporte al exilio en lo intangible de las ideologías. Incontables hombres han intentado retardar este descalabro y acuñar una moral que fuera más allá de las volubles fronteras que la multiculturalidad dice haber construido. De este empeño, sin embargo, no ha germinado una deontología con vocación hegemónica, dejando en un limbo incorrupto comportamientos donde el sentido común parase ausentarse con demasiada frecuencia. Paradigma de ello es, muy probablemente, la historia que minuciosamente labra cada día el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi. Un hombre que se ha empeñado en reconocer en el territorio transalpino el feudo donde explotar la miseria más recóndita. Su contribución a los delirios de grandeza que las efemérides guardan en su seno no encuentra parangón en el mundo desarrollado. Así y todo, después de protagonizar los episodios de una desdicha que ya tiene tarjeta de residencia italiana, el autoritarismo que ha ensalzado se somete a duda tras la exhibición de sus vicios. Las minas que ha colocado bajo los pilares del sistema no han sido suficientes como para engendrar un debate sobre la precariedad democrática que fomenta. En cambio, las imágenes que han evidenciado la podredumbre que arrastra su intimidad sí han sido el germen de un exhaustivo análisis sobre la conducta del líder italiano. La democracia en la que nos ha tocado coexistir está plagada de mil matices pero, desde luego, hay colores que destacan sobremanera, deslumbrando otros que se ven abocados a una negrura cruel. El progreso -sea de izquierda, de derecha o de centro- no ha perdido tiempo antes de dictaminar un juicio sobre Il Cavaliere. Sorprendentemente, todas las artimañas que se nutrieron directamente de los enseres propios de la corrupción, pasaron por alto.
Hace unos días, el periódico La Repubblica publicaba la opinión oficial al respecto. Fuentes del gobierno cuestionaban los mecanismos articulados para garantizar la seguridad de Berlusconi. A fin de cuentas, en lugar de un atrevido fotógrafo, los aledaños de la Villa de Papi podrían haber albergado a un francotirador. No obstante, si se extirpa la semilla del miedo que abanderan todos las administraciones, y si se descarta la evidencia de la nefasta conducta de este personaje, sólo resta una realidad compleja. La ciudadanía cada día toma más sus decisiones sobre la vida pública en función de los retazos de intimidad que recoge. Y, en cambio, la labor de gestión, la devoción que debería ser inherente a la política, transcurre desapercibida. El envilecimiento declarado o en sospecha tampoco hace demasiada mella en unas altas esferas con licencia para intoxicar de alimañas el sistema. Los ejemplos de esta tendencia masiva son interminables y Berlusconi puede considerarse el ojo de este huracán devastador. Atribuirle responsabilidades a quien ha diseñado leyes a su antojo y sorteado cualquier atisbo de legalidad no debería suponer problema. Así y todo, sí lo ha sido. Sus actuaciones serpenteantes se adentraron en una nación adicta a una picaresca perversa, sin ápice de bondad, que carcome los cimientos del futuro. Nunca hubo un clamor popular tan virulento como el que ha viajado por el globo gracias a las imágenes que él mismo, también, se encargó de censurar donde pudo. Ya no se trata de si el retrato de su miseria debió ser portada del periódico generalista más leído de España. El meollo de la cuestión radica en el exagerado interés que suscitan las calamidades ajenas. El don de emitir juicios, con el amparo de la legalidad o sin ella, ha arrinconado otros valores que antaño sustentaron el papel devoto de los políticos. Hoy no queda entrega y la cordura se extingue, convirtiendo la política de esta post modernidad en una novela. Dentro de ella se suceden héroes y villanos. Incluso hay espacio para los antihéroes. Ojalá llegue un tiempo en el que los canallas sean malos sin tener que enarbolar su maldad a través del sexo o las drogas.
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