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Tres apuntes a la contra
ALFONSO GONZÁLEZ JEREZ

Contra la sentimentalización de la política (y el periodismo). Un lingüista francés, Patrick Charaudeau, advertía en su libro El discurso informativo que en los sistemas democráticos actuales "la opinión (pública) parece funcionar mejor sobre códigos de imágenes y los sentimientos que desprenden que sobre la razón y los valores ideológicos". En definitiva, y en el antiguo lenguaje de la filosofía griega, la preponderancia del ethos y el pathos sobre el logos es casi absoluta. Los ciudadanos solo se mueven reactiva y emocionalmente, con diversos grados de intensidad, frente a imágenes fotográficas y fílmicas y su correlato verbal (está en pleno desarrollo un lenguaje básicamente visual y fragmentario en los periódicos que prescinde paulatinamente de cualquier vocación conceptual). El ciudadano (el receptor de imágenes) no las relaciona con un contexto, con un marco referencial, con otras razones y circunstancias políticas, económicas o sociales. El código de imágenes impactan para crear de inmediato una actitud no solo emocional, sino moralizante. La información no es procesada desde los parámetros de la verdad, la coherencia o el rigor, sino desde los sentimientos: desde un sentimentalismo progresivamente vocinglero que los medios de comunicación alimentan y reproducen. Ya da lo mismo entender o no algo: lo que importa es tomar partido. Tomar partido verbal y fugazmente, se entiende. Escandalizarse, sustituir la responsabilidad por la culpabilidad, insultar y llenar de excrementos un árbol genealógico, maravillas que la Red y su anonimato ponen en manos de cualquiera. Léanse la mayoría de los post en las ediciones electrónicas de los periódicos o en los blogs sobre los casos de corrupción en Canarias y la confluencia generalizada en una reclamación básica: que metan a todos (sobre todo políticos, pero también empresarios, comerciantes y hasta periodistas) en el trullo. Y cuanto antes mejor. Los políticos, por su parte, no ignoran que sus votantes quieren sentimientos, personajes debidamente caracterizados, descalificaciones que los identifiquen. Uno de los maestros de la política posmoderna, el inefable Tony Blair, no se recató en aclararlo a la mitad de su mandato como primer ministro del Reino Unido: "Hay que capturar a la audiencia y mantenerla; sus emociones deben quedar enganchadas. Algo que resulta interesante tiene menos fuerzas que algo que te enfada o sobresalta". Exactamente.

Contra la jibarización del periodismo (y de la democracia).

Una prensa que renuncia expresamente al máximo rigor informativo, adaptándolo a los prodigios de las nuevas tecnologías informacionales, está condenada, si no a la desaparición, sí a la irrelevancia, y asfixiada por la crisis de lectores y por su propio desprestigio puede terminar convirtiéndose en un subproducto de la industria del espectáculo en la red. La recesión económica está estimulando la aceleración de un proceso que los editores y propietarios de radios y televisiones ya avizoraban: despidos, despidos y más despidos. Se renuncia expresamente a cualquier otra fórmula. Y es muy improbable que a medio plazo, superada la crisis, se retorne a la situación anterior: como en otros subsectores productivos, las empresas no se están deshaciendo coyunturalmente de una parte sustancial de sus costes salariales, sino redimensionándose para no volver atrás y recuperar cuanto antes márgenes de beneficios. Esta triple crisis (económica, tecnológica y profesional) converge en una terrorífica debilitación de la prensa, y en general de los medios de comunicación, como agentes protagonistas de una democracia deliberativa y participativa. Hace un par de años el maestro Habermas lo señalaba con un comprensible repelús: "Sin los impulsos de una prensa que forme la opinión, que informa con exactitud y que comenta de modo inteligente, la colectividad no tendrá ya capacidad (por sí misma) de producir una fuerza similar". Y más adelante y aún más claro: una sociedad que aspire a ampliar y consolidar un proyecto democrático exige "por un lado, la participación paritaria de todos los ciudadanos, por otro, el encuentro de opiniones propuestas de un modo más o menos discursivo... Sólo sobre el contraste se funda la suposición de que el proceso democrático, a largo plazo, produzca resultados más o menos racionales". La debilidad de los medios de comunicación, y especialmente de la prensa, comienza con la recepción de subvenciones sistemáticas, directas o indirectas, por parte de las administraciones públicas, como existen en España y en Canarias, y entra en su apogeo cuando, golpeada por la crisis financiera, económica y publicitaria, se jibariza a sí misma. Es entonces cuando las administraciones públicas -y los responsables políticos- pueden tomar esta reducida cabeza y ponerse a jugar al fútbol con ella, con o sin ascenso a la Primera División. La opinión pública (ya abusivamente prostituida por la interrelación de intereses políticos, empresariales y mediáticos) se desintegra en partículas insignificantes que espolvorean el marketing y la propaganda. Tal y como están las cosas, señalar que esta situación significa un riesgo directo para la vigencia de la propia cultura democrática (sustituida por la ritualización diaria, y la verdad, agotadora, de un consenso sin críticas argumentadas ni alternativas) será tachado de catastrofismo y caracterizado como un atributo emocional de un servidor: cenizo, aguafiestas, indiscreto, un pesado, vamos.

Contra el ilusionismo internaútico y la negativa al cambio.

La red y las tecnologías informacionales brindan unas posibilidades maravillosas para todo tipo de desarrollo informativo e intelectual, colectivo e individual. Pero la ilusa fantasía de una ciberdemocracia germinal o de la resurrección de la opinión pública en la red son errores que pueden convertirse en tomaduras de pelo. En Internet, Democracia y Libertad, el jurista Cass Sunstein, un constitucionalista próximo a Barack Obama, realizó un minucioso rastreo y análisis de miles de páginas web de naturaleza política en Norteamérica, se muestra escéptico: "Las interacciones del mundo real nos obligan a enfrentarnos a la diversidad, mientras que el mundo virtual puede resultar más homogéneo, no en términos demográficos, sino desde el punto de vista del interés y las opiniones... Son muchas las personas que escuchan principalmente los ecos de sus propias voces". Consúltense las páginas web de fuerzas de la izquierda extraparlamentaria canaria. En el mejor de los casos se ignoran mutuamente, en la mayoría de las ocasiones, se ponen a parir. Hace unas semanas entré en un blog que llevaba funcionando varios meses. El sufrido bloguero no había recibido una solo visita en todo este tiempo. En uno de sus comentarios me aludía desacertadamente y le colgué un post. Contestó con una acre ironía y, al día siguiente, convirtió mi comentario en una nueva entrada suya cargada (para ser elegantes) de mala fe. Es la imagen perfecta del bloguero autista, que solo quiere escucharse a sí mismo. El conservadurismo empresarial de los medios canarios -y la prensa sigue siendo la peor parada- les lleva a seguir considerando la Red como un territorio agreste del que se debe desconfiar. Y en la Red está precisamente todo su futuro si no se renuncia al periodismo, que es renunciar a una sociedad democrática que no sea una estrategia de legitimación satisfecha con su caricatura.

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