SANTA CRUZ DE TENERIFE
El declive de Las Teresitas
Las colas interminables y el penoso estado de la playa hacen estallar a los bañistas, que piden soluciones urgentes
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| Una panorámica de Las Teresitas, ayer. / javier ganivet |
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PEDRO MARRERO SANTA CRUZ DE TENERIFE
Y llegó el verano. Y algunos de los frentes que han tenido preocupados a los santacruceros siguen abiertos. Tanto que ni el caos producido por este letargo parece acelerar la llegada de una solución de urgencia.
Por un lado está la emblemática playa Las Teresitas, fuente de salud para miles de personas durante todo el año y lugar de destino de otros tantos bañistas cuando llega el buen tiempo. A esto se unió el cierre del Parque Marítimo, el segundo destino veraniego de los ciudadanos capitalinos, y cuya reapertura se ve más lejos que cerca.
Por lo tanto, la playa de San Andrés se queda como única alternativa para quienes no desean ir muy lejos, y el resultado es caótico. Al llegar a la Dársena, la dura realidad. Freno de mano y a esperar. A sudar y desesperarse dentro del coche. El aire acondicionado y la radio alivia la situación, pero no hace que la cola avance más deprisa.
Cuando el tiempo de espera ya roza los 40 minutos empiezan a surgir las dudas. "¿Nos comemos los bocadillos en el coche?", "¿damos la vuelta?"... Esta última opción se convierte en obligación al llegar a San Andrés. Un agente de policía cierra el acceso a la playa. Sólo pasan las motos y algún que otro vehículo si su conductor da una explicación convincente.
Simplemente no hay sitio para más vehículos. Si los miles de coches que abarrotan la carretera acceden a los aparcamiento, el caos se convertiría en infierno, aunque poco falta para que la situación se le pareciera. Y, por fin, en la playa, una vez dada la vuelta correspondiente, tras más de una hora de cola, y después de estacionar el coche, por ejemplo, en la dársena.
La gran mayoría de los bañistas optan por pasar página e intentar disfrutar de un merecido descanso. Pero, un nutrido grupo de personas mantiene su estado de cólera una vez superada la difícil prueba de aparcar.
Una señora se come al agente de policía, como si fuera culpa suya una situación tan desagradable. "¿Por qué no ponen un cartel diciendo que no se puede pasar", preguntaba la señora mientras el agente aguantaba, resiganado, el chaparrón. "Esta cola la sufro yo también cuando no voy de uniforme", habrá pensado el hombre.
Unos turistas peninsulares señalaban, exactamente a las 12.40, que habían salido del sur -de la zona turística, se entiende- a las 10.00. Posiblemente les hayan vendido una estancia en una isla en la que todas las distancias son superables en menos de una plácida horita de camino.
Luego, unos jóvenes turistas ingleses preguntaban con una corrección envidiable si "esta situación es normal". Desgraciadamente sí, desde hace algunas fechas. Y esto es sólo una pequeña parte del periplo que hay que experimentar para darse un baño en Las Teresitas los fines de semana. Desastre motivado, no sólo porque la entrada a San Andrés ya no basta para acoger tal afluencia de tráfico, sino también por el penoso estado en que se encuentra el entorno de la playa. Algo que ya no es noticia, por cierto. Vallas, un acceso provisional bastante incómodo y el espantoso y ya famoso mamotreto, sacan de quicio a los santacruceros.
El pasado sábado tuvo lugar una concentración de vecinos que protestaron por el abandono que sufre una obra que nunca debió comenzar de esa manera, ya que inmediatamente fue paralizada al no encontrarse dentro de los términos legales.
El pueblo de San Andrés pide la demolición del horripilante montón de cemento levantado sobre el terreno del antiguo campo de fútbol, una edificación que pretende aumentar las plazas de aparcamiento, pero que debido a las denuncias sobre el irregular estado de la obra de nada sirve a los usuarios de la emblemática playa.
Resumiento, que la situación es desesperante. Una cosa es hacer cola para acceder a una de las playas más frecuentadas de la isla y otra muy distinta es esto. Por tanto, ya sobran las palabras. No es necesario hablar más de ello. Es evidente que hay que tomar una decisión urgente.
Paso a la vida.
Pero, no todo es malo. Afortunadamente, tras una tormenta viene un momento de paz, de felicidad. Ayer tuvo lugar el siempre emocionante acto de suelta de tortugas. Animales moribundos rescatados de entre las redes de pesca, y que tras unos meses de cuidados son devueltos a su hábitat natural.
Algunas tortuguitas primero, que se han criado en piscinas redondas y necesitan un poco de orientación. Con aplausos y gritos de "buena suerte", se consigue el sonido suficiente como para que la tortuga sepa de dónde tiene que alejarse, hasta que se logre orientar.
En el caso de la reina del acto, un animal de considerables dimensiones que precisó la fuerza de dos hombres para poderla acercar hasta el agua, la reacción fue bien diferente. La tortuga no necesitó sonido alguno. Al sentirse libre aleteó con fuerza y rápidamente, tanto que adelantó sin dudarlo al buceador que la pretendía acompañar, cámara en mano. No hizo falta que le enseñaran el camino. Este animal vive por puro milagro. Las heridas que presentaba eran de extrema gravedad. Sus huesos estaban claramente a la vista, producto del devastador efecto de las redes.
Por la tarde, otro acto en pos de la conservación del medio ambiente. La limpieza del fondo de la playa. Un grupo de buceadores se ponen manos a la obra para intentar reparar el daño de otras personas cuyos valores dejan mucho que desear. Y sobre esto se puede hablar mucho. La suciedad que invade Las Teresitas no es noticia. La orilla presenta zonas en las que se acumulan todo tipo de residuos, también es habitual encontrar colillas y otros tesoros entre la arena.
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