PORTADA
Tenerife
Metropolitana
Norte
Sur
Islas
La Palma
La Gomera
Política
Economía
Nacional
Internacional
Sociedad
Observatorio de la Gripe A
Gente
Ciencia y ecología
Sucesos
Cultura
Deportes
Fútbol
Baloncesto
Polideportivo
Motor
Lucha canaria
OPINIÓN
SERVICIOS
Hemeroteca
Portada en PDF
Páginas Amarillas
Páginas Blancas
Callejero
Sudoku
UTILIDADES
El tráfico en Santa Cruz
TEIDE RADIO

OPINIÓN
El Médano, agosto de 1965
MANUEL LUIS RAMOS GARCÍA

Parece que los calores de julio nos han abandonado, la inversión de temperatura partió de vacaciones y los alisios se llevaron la calima, comenzando agosto con un tiempo que nos invitaba a pasear. El día 12 fue la fecha elegida para rememorar unas excursiones que había relatado a mi esposa, prometiéndole que algún día compartiríamos los caminos que marcaron mi adolescencia. Pusimos rumbo hacia el sur, llegando a una urbe situada cerca de los parajes que recorrió antaño el Santo Hermano Pedro de Bethencourt. Impresionados ante un complejo urbanístico de pecado mortal, aparcamos milagrosamente en una calle sin salida de un pueblo que tomó el nombre de los montículos de arena que se formaban a flor de agua. El contraste entre la belleza de El Médano de los años sesenta y el abarrotamiento de la ciudad dormitorio por la que paseamos aquella tarde invitó a borrar la imagen actual de ese lugar con estos recuerdos que hoy relato.

En los veranos de los años sesenta la ruta estrella era el viaje a El Médano, que empezaba en el hogar familiar de La Laguna, donde los hermanos Ramos colocábamos en el maletero de un Austin A-40 fiambreras llenas de croquetas, pan de lata, refrescos, fruta variada y los elementos básicos para los desayunos de campaña. Después de unos kilómetros con las ventanillas de aquel fotingo abiertas, oliendo a pino esperancero, llegábamos a Fuente Joco, donde nos echábamos un traguito de agua fresca. En el cruce de Boca Tauce comenzaba la última etapa del camino, zarandeándonos en los baches de la pista que unía el Llano de Ucanca con Vilaflor. Tres horas después de partir llegábamos a San Isidro, donde al salir del pueblo ya podíamos divisar Montaña Roja, símbolo sagrado del lugar donde pasaríamos el fin de semana, entre veladas playeras y anécdotas contadas por Enrique Ximénez, propietario de una bellísima casa que en aquellos días se convertía en un acuartelamiento militar, invadido por los cónyuges y la prole de las hermanas de tía Fe, esposa del dueño de ese trozo de terreno que se extendía desde el camino viejo hasta las toscas de la playa.

La llegada a El Médano era siempre un momento apasionante, al pensar que en pocos minutos nos daríamos un bañito después de aquel viaje interminable, al tiempo que con disimulo echábamos un ojillo a los cuerpos de dos jóvenes hermanas que veraneaban en El Castillo, quienes fueron las pioneras en exhibirse en traje de baño de dos piezas, cuando los bañadores femeninos al uso acababan en una especie de faldón que cubría las partes íntimas. Después de sortear los monturrios de arena acumulados en la subida desde la plaza, comenzábamos a ver la parte trasera de un caserón que coronaba los altos de la mitad de la playa. La entrada a los dominios de los Ximénez-Cruz era una ceremonia especial, vigilada atentamente por don José Casanova, hombre de piel morena curtida por el sol y fiel amigo de la familia.

Una fuente preciosa adornaba la entrada a "Ker Tula Kito", denominación de este apacible lugar de descanso, que esos días se convertía en una ciudadela donde residía temporalmente el ejército de las hermanas García. La inscripción con la que el padre de tío Enrique bautizó a su casa de veraneo estaba formada por el seudónimo de este militar de alto rango, la terminación del nombre de su segunda esposa doña Matula y el diminutivo del de su hijo. Las letras de ese extraño vocablo componían un relieve de azulejos de once caracteres, que, adornando la fachada, dejaban claro quién había comandado aquel cuartel. El sonido de esta palabra pronunciada sin pausas -kertulakito- nos trae recuerdos inolvidables de aquella mansión, donde a modo de comuna compartíamos tiempo de ocio veraniego e intercambio de las viandas que aportaba cada unidad familiar. Todos los comestibles necesarios para sobrevivir durante un par de días eran descargados del maletero del coche bajo la supervisión de Josefina, la mayor, poniéndonos a las órdenes de Enrique, quien organizaba la colocación de los alimentos en una pequeña despensa. Daba gusto ver aquellas estanterías que contenían variadas exquisiteces, donde los productos indispensables eran el nescafé y la leche condensada. Aunque la intendencia estaba siempre bien planificada, en ocasiones se acababa el bizcochón, acudiendo a la venta de doña Juanita, quien nos suministraba bizcochitos Saydo y galletas Gabusa.

Aquel 18 de agosto del 65 hubo que trasladar los placeres del baño a la Tejita chica, pues el aire de la playa del Médano, que aventaba la arena en vuelo supersónico, habría convertido en croquetas ambulantes los cuerpos de las señoras embadurnados con Nivea. Montaña Roja nos cobijaba del viento nordeste, permitiendo el disfrute de la mar en aquella diminuta ensenada que fue tomada al asalto. Primos y sobrinos competían en un deporte peculiar, que consistía en deslizarse por las laderas arenosas hasta llegar a la orilla de la playa. Tía Elena celebraba ese día su santo, acontecimiento que dio paso a una merienda-cena de alta calidad, donde los adultos tomaban sangría y los niños Orange Crush. El atardecer nos brindaba paz y sosiego, dando comienzo a las partidas de bridge entre los mayores de la familia y a la sección de chistes de los adolescentes. Al llegar el crepúsculo vespertino nos sometíamos a la asignación de camastros y rincones de descanso, pues aunque Kertulakito disponía de muchas plazas hoteleras, no eran suficientes en las ocasiones que se reunía al completo la prole, usando cualquier superficie plana a modo de lecho improvisado.

Todas las habitaciones eran exteriores, provistas de mosquiteros y alumbradas con quinqués. Los cuartos de baño, que disponían de instrucciones de uso en varios idiomas, recibían un hilito de agua previamente almacenada en bidones, después de bombearla desde el aljibe. Las mínimas comodidades estaban garantizadas, aunque aquel día tuvo lugar un hecho lamentable, cuando a falta de camas se procedió a sortear el último lugar asignado para el sueño. Se trataba de una balsita inflable que se convertía en cuna las noches de alta ocupación, subastada a cambio de una doble ración de bizcochón. Como la puja quedó desierta, alguien decidió la conveniencia de que fuese el mayor de los primos el que tuviese el honor de capitanear el viaje nocturno de aquel vehículo anfibio, pues según la propuesta, el primogénito debería resignarse y dar ejemplo a los más pequeños.

Pasé la noche en vela y malhumorado, enterrado en aquel incómodo ataúd de plástico. Entre la rabia por lo que consideré una injusticia y los dolores de espalda, la situación aguzó el ingenio, planificando sigilosamente la materialización de mi rencor. Consideré a todos los presentes responsables de mi desgracia, por lo que la venganza debería tener carácter general y sin dar lugar a sospechas. Cuando los ronquidos testimoniaban la anestesia total de los inquilinos de Kertulakito, acudí silenciosamente a la cocina, aprovisionándome del bote de Nescafé que escondí bajo el pijama. De madrugada salí de puntillas del salón, bajando los noventa y ocho escalones que unían la casa con la playa. Después de comprobar que no había moros en la costa, esparcí los gránulos del sucedáneo del café entre las toscas del lugar, arrojando el envase al mar y esperando pacientemente hasta su total hundimiento.

A la mañana siguiente se escuchó una voz altisonante que decía: "¿Alguien ha visto el bote de Nescafé? El silencio confirmaba la desaparición de la preciada latita color marrón. Después de una búsqueda meticulosa de aquel elemento vital para los desayunos, nadie pudo localizar el producto. El ambiente se iba caldeando por momentos y el mono de casi todos aumentaba ante la ausencia de aquella droga blanda que era indispensable para comenzar el día. Nunca se supo la causa de la misteriosa pérdida de aquellos polvitos canelos, fosilizados hoy entre los cimientos de unos apartamentos escalonados que dieron sepultura años después a los bellos recuerdos de nuestra adolescencia.

En agosto de 2009 todavía se alza majestuosa la fachada de Kertulakito, vigilando desde arriba aquellos lugares donde hace muchos años pasaban los veranos don Ker y doña Tula, en compañía de su hijo Kito. Hoy la antigua mansión se ha convertido en lugar de destierro voluntario de don Enrique Ximénez, personaje entrañable y defensor incansable de aquel pueblo que antaño era un bellísimo conjunto de médanos, toscas y zahorra.
MÁS Opinión

¿Es tan de urgencia para ese gasto? Ver artículo
Wallace Souza Ver artículo
Riesgos, peligros y otros desastres Ver artículo
El Médano, agosto de 1965 Ver artículo
Santa Cruz: Ángel Llanos y Miguel Zerolo Ver artículo
 
Viciomotor.es
DEPORTES
 
OPINIÓN
 
TELEVISIÓN
   
 
  Volver Arriba artopinion.jsp | Imprimir Artículo | Fotonoticia
© 2009 Canavisa diariodeavisos.com Aviso legal | Sugerencias