Tras un mes de bombardeo dialéctico basado en el oportunismo, sazonado por la metralla de esa hipocresía tan en boga en estos tiempos, el asunto de la conversación del presidente canario, Paulino Rivero, con el alcalde de Arona a cuenta de unas oposiciones a las que concurrió, sin éxito por cierto, la sobrina del jefe del Ejecutivo fue despachado en el primer soplo de la sesión plenaria, con el propio Rivero y el presidente del Grupo Parlamentario Socialista, Manuel Marcos Pérez, como protagonistas. Lo fueron ambos aun con la participación posterior de la diputada realejera Gloria Gutiérrez, que no pierde la ocasión para administrar al respetable y a sí misma esa ración de sectarismo ya adictiva en un sector del socialismo canario, acaso inoculada vía satélite por Juan Fernando López Aguilar desde el escaño de Bruselas que le sirvió de plataforma para votar la reelección de Durao Barroso, uno de la foto de las Azores, como presidente de la Comisión Europea; pero eso, claro, ocurre muy lejos. Hablábamos de una sesión parlamentaria que nos mostró a un presidente apesadumbrado, por su conducta y sus equívocas lecturas, dispuesto en todo caso a una autocrítica contenida y a la defensa de su propia trayectoria en materia de relaciones familiares y favores políticos, que son inmejorables en su caso, porque así lo dicen los hechos, su propia biografía y no el afán denigratorio de cada cual. Paulino Rivero ha tardado más de la cuenta en explicar este desagradable lance, proporcionado en pleno estío por uno de los abogados del caso Arona con ansias de convertir el sumario del juez Nelson Díaz en un self service de miserias varias, todo al servicio de la columna de humo que cubrirá a los realmente imputados por el magistrado, ocultos, qué cosas, en la viscosidad de conversaciones cruzadas que nada tienen que ver con el objeto de la investigación. Como quiera que el presidente canario optó por el silencio durante todo este tiempo, ha sido el PSOE quien ha actuado como altavoz y franquicia de una falacia insostenible en el tiempo, que ha extendido el ventilador en todas direcciones cuando lo que realmente merecía era en todo caso la sensata reprimenda pronunciada por el diputado Marcos Pérez, uno de los pocos que, al parecer, quiere hablar de política en el Parlamento canario. La actuación del jefe del Ejecutivo, con grabación o sin ella, no estuvo bien, pero no por las razones que una parte del socialismo canario argumenta con su habitual estruendo, el trato de favor o el enchufismo. Paulino Rivero, a quien ni sus más acreditados rivales niegan la condición de político hecho a sí mismo, ocupa la presidencia del Gobierno de Canarias en circunstancias objetivamente muy difíciles: crisis económica, preocupante descrédito de la política en términos peligrosamente expansivos, crisis larvada del modelo de convivencia social, etcétera. El listón del actual escenario obliga a mucho, a una ejemplaridad pública incompatible con la frivolidad en cualquier forma, porque, como ha escrito con acierto el filósofo Javier Gomá, "los políticos tienen dos formas de influir en la sociedad: con lo que ellos hacen y con lo que ellos son". La mejor afirmación de Rivero ayer fue su aceptación del error cometido; la mejor de Manuel Marcos, la de recordar que ser presidente, también en Canarias, obliga a mucho. Ahí se dibujó un terreno común por encima del ruido, la furia y el arribismo autodestructivo.
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