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ANÁLISIS
Explicaciones tras una sentencia contra ’El Día’
LEOPOLDO FERNÁNDEZ CABEZA DE VACA

Antes que nada, quiero salir en defensa del buen nombre de dos compañeros periodistas que han sido atacados con saña y vileza porque decidieron someterse voluntariamente a las preguntas formuladas por una magistrada jueza en un procedimiento seguido, en defensa de mi honor, contra el periódico El Día y contra un colaborador del mismo, y en el que estos dos últimos fueron condenados. Me refiero a María Luisa Arozarena, ex directora de Radio Nacional de España en Canarias, y Francisco Pomares, ex director del diario La Opinión de Tenerife. Una decena de colegas del oficio periodístico se habían ofrecido para declarar en la vista oral, pero la jueza consideró que bastaba la declaración como testigos de Arozarena y Pomares. En calidad de tales, se limitaron a confirmar ante su señoría lo que era obvio: que un artículo firmado por dicho colaborador y publicado en El Día, en el que se vertían numerosos insultos y descalificaciones, estaba indudablemente dirigido contra mí, aunque no se me mencionara expresamente, con nombres y apellidos. Como en no pocas ocasiones, el periódico utilizó la infame y cobarde táctica de no dar la cara, negar lo evidente y, so pretexto de colocarse un manto de impunidad, manejar con malicia la palabra encriptada para enviar a quien osaba discrepar -de sus apreciaciones y de su línea editorial- el típico mensaje soterrado que suele emplear cuando faltan argumentos verdaderos: el insulto y la descalificación personal.

Como no escribo a humo de pajas, ahí van los detalles. El 16 de septiembre, un par de días después del juicio, el mentado colaborador se refería -sin citarlos, claro, pero era fácil saber de quiénes se trataba por el contexto en que se fijaba la redacción- a Pomares y Arozarena como "gentuza cobarde y embustera porque ya bastante silicio (¿) padece la morralla con aguantarse a sí misma las veinticuatro horas del día". Y aludía a la propia María Luisa como "maruja un tanto depre". Una fecha después, el 17, El Día editorializaba y señalaba a Arozarena como "prejubilada y molesta porque le quitaron el cargo del que presumía en todos los almuerzos oficiales", "persona falsa e imprudente" (que) "ha preferido dejarse llevar por la vanidad de seguir en la pomada sin pararse a pensar que mentir es lo más cobarde y denigrante para un ser humano". Sobre el propio Pomares apuntaba que "también ha cometido perjurio" y le calificaba de "mentecato y embustero" y "periodista carente de ética". Unas líneas más adelante puntualizaba: "El día que seamos independientes esta gente no tendrá cabida en nuestra tierra, salvo en sus cárceles". Siguiendo un instinto solidario por moverse en el basurero de las alusiones cainitas, otro colaborador del mismo diario decidió solidarizarse con su línea agresiva e insultante y el 21 de septiembre llamaba a Pomares "cochino" y a María Luisa "tonta del bote", "recadera" e "incompetente que no tiene nada en la cabeza". El 24 de septiembre, El Día hablaba en un editorial de "mala fe" y decía que ambos habían sido perjuros; es decir, les acusaba lisa y llanamente de la comisión de un delito. Como el odio y el rencor no guardan fiesta, el 13 de octubre El Día aludía de nuevo a Pomares y lo calificaba de "sucio, no sólo en el plano físico sino también en el moral". Y aclaraba que "prestó declaración torticera ante un tribunal". De María Luisa Arozarena, el colaborador condenado aclaraba que es "una señora con cara de no romper un plato pero capaz de acabar con una vajilla entera". Y el viernes 23 de octubre vuelve a la carga contra la "periodista perjura" y "los cuatro godos" (Acirón, Catalán, Pomares y yo).



Degradación del lenguaje


Como es natural, estos y otros insultos e improperios -¡inventados por el solo hecho de testificar en un juicio!- han producido entre políticos, periodistas y gente que está al loro de la actualidad el natural asombro y malestar, junto a las llamadas de solidaridad, rechazo y condena, que en lo particular me satisfacen y dan ánimo, lo mismo que a mis dos compañeros de fatigas. La degradación y corrupción del lenguaje, el enfrentamiento y el ataque personal y desaforado no son desde luego la mejor receta, ni tampoco ejemplo paradigmático de cómo deben comportarse una publicación y unos articulistas. ¿Tan difícil resulta la defensa del independentismo -que, como es lógico, entiendo lícita en un régimen de libertad de expresión como el que por fortuna tenemos en España- sin acudir al insulto y la descalificación por el simple hecho de discrepar y argumentar esa discrepancia, que es lo que en mi caso vengo haciendo desde hace tiempo, sin ofender a nadie en el terreno personal? ¿Es acaso inaceptable en un Estado de Derecho la prestación de libre testimonio ante un juez para que éste trate de esclarecer la verdad en una causa sobre la que ha de pronunciar sentencia?

Omito deliberadamente todas las frases insultantes que me vienen dedicando ese periódico y su gentecilla porque seguramente no cabrían en esta página. De algunos insultos de nuevo cuño, posteriores al juicio citado, entre ellos también los dedicados a Pomares y Arozarena, he dado traslado a la autoridad judicial, y seguiré haciendo lo mismo en lo sucesivo en casos similares, se me cite o no con nombre y apellidos o se haga subrepticiamente. He estado siempre, y sigo estando hoy, dispuesto a discutir y polemizar sobre cualquier tema de interés general o controvertido, como lo es el independentismo, al que es público y notorio que me opongo. Y no voy a aceptar resignadamente que nadie me insulte o atente contra mi credibilidad, honor y buen nombre como respuesta a unas opiniones no menos libres y respetables que las de mis opositores. Pido disculpas a mis dos compañeros por las citas que he utilizado como ejemplo ladino de ese lenguaje tramposo que difícilmente puede entender el lector ayuno del conocimiento detallado de esta controversia. No tengo noticia de que en otros periódicos, en ninguna época, se haya utilizado un estilo tan torticero y contrario a las buenas prácticas profesionales con unos colegas -Chicha y Paco- que con su testimonio sólo buscaban la colaboración con la Justicia. En lo que a mí se refiere, estoy acostumbrado desde hace años a que El Día y algunos de sus acólitos y mercenarios me digan de todo menos bonito; pero superados ya los intentos amistosos de acabar con esa tónica de comportamiento, quemadas todas las posibilidades de un sesgo hacia lo que debe ser normal en el mundo del periodismo -competencia a cara de perro en el quiosco, aprovechamiento de sinergias en los casos que convenga y respeto escrupuloso a las personas en las eventuales polémicas y críticas-, decidí acudir al amparo de los tribunales de Justicia con la esperanza de que una sentencia condenatoria pondría término a tanto vilipendio. Vana ilusión, a la vista está.



Tergiversar la realidad


Pendiente aún este juicio de mediados de septiembre, personas conocidas del colaborador condenado y de mí mismo me sondearon sobre la posibilidad de un arreglo amistoso; desde un principio señalé mi mejor disposición para el acuerdo con una única condición: la retirada de las palabras escritas y la pública presentación de disculpas en lugar destacado porque pública y destacada fue la agresión que sufrí, además de injusta. Carlos Emilio Rodríguez y el propio Francisco Pomares pueden ratificar lo que aquí dejo escrito. No fue posible la entente; es más, se diría que, conocida la sentencia, ésta ha destapado la caja de los truenos del periódico independentista y sus escribidores. Por tanto, nada de bálsamo reparador tras la condena; leña y más leña hasta decir basta. Como yo no dirimo diferencias en ese terreno, me abstengo de corresponder con la misma moneda y, como antes dije, pasaré cuando lo estime procedente el tanto de culpa a la autoridad judicial para que dirima las eventuales responsabilidades no sólo en el terreno del honor; también en el de las injurias y calumnias, si las hubiere.

La primera obligación del periodista es servir a la verdad, ser objetivo, riguroso, imparcial, creíble, y, por supuesto, respetuoso con el discrepante o el adversario. Es el abc de la profesión, de modo que no pretendo dar lecciones a nadie sobre lo archisabido. No sé si, como suele decirse, entre el acometimiento por escrito y la violencia media tan sólo un pequeño paso, pero no tengo ninguna duda de que en este lamentable asunto el insulto es hermano del fanatismo, de la intransigencia y de la tentación totalitaria. ¿Pues no quiere El Día meternos sin más en la cárcel o expulsarnos de esta tierra cuando -no lo verán sus ojitos, qué va- Canarias sea independiente? Ya saben los que no comulguen con los editoriales del periódico de la avenida de Buenos Aires lo que les esperaría si se cumplieran sus ensoñaciones y desvaríos antidemocráticos.

Y es que con argumentos muchas veces basados en la utopía, la mentira y la tergiversación de la realidad, trata el periódico de adormecer y atontar a esa parte de la sociedad pasiva y confiada de la que habla el humanista alemán Erich Fromm. Una sociedad ante la que El Día se presenta con un lenguaje funcional lleno de contradicciones, que excluye los significados e identifica razón y hecho, verdad y verdad establecida, idea e ideología, principio y dogma, esencia y existencia, cosa y función.

Como he escrito otras veces y reitero hoy, el problema del editorialista de El Día es que, al utilizar la pasión exaltada y fanática, pierde la noción del sentido común y con ello fija opiniones arbitrarias e insensatas en defensa del independentismo y de un mundo imaginario que ni responde a nuestras necesidades objetivas, ni se ajusta tampoco a los parámetros históricos y culturales a los que nos ancla la propia voluntad inmensamente mayoritaria del sensato pueblo canario. En esta línea de impostura, el periódico abusa de la ignorancia de muchos lectores de buena fe y, anteponiendo la ceguera ideológica a la conciencia profesional, llega a esa desinformación que emponzoña la realidad y crea falsas ilusiones.



Contra todo lo que se mueve


Lo verdaderamente triste de este asunto es que en apariencia la sociedad, o buena parte de ella, parece resignada con los dislates opinativos de ese periódico y, aunque no los acepta, templa gaitas y se manifiesta con tibieza por miedo a eventuales represalias y ataques desaforados, del tipo de los que El Día emplea contra Arozarena, contra Pomares y contra mí mismo, pero también contra Antonio Castro, y Juan Fernando López Aguilar, y Santiago Pérez, y Ana Oramas, y Ángel Isidro Guimerá, y Guillermo Guigou, y Victoriano Ríos, y contra otros dos estimados compañeros, Ricardo Acirón y Joaquín Catalán -a los que obviamente no cita y que, para mayor inri, trabajaron en El Día durante años y años-, y contra tantos otros ciudadanos de bien por el simple hecho de discrepar de las locuras independentistas del periódico, de su línea editorial y hasta de las opiniones de su propietario, en su calidad de consentidor de l disparate sistemático. ¡Ay si Leoncio Rodríguez, siempre tan españolista, regionalista y respetuoso con la pluralidad, levantara la cabeza y viera dónde ha caído el periódico que fundó y la ponzoña que últimamente destila, también hacia la isla de Gran Canaria, a la que tanto respetaba!

No sería malo que El Día hiciera un autoexamen, más que de su deriva independentista, de los paupérrimos argumentos y descalificaciones con que suele acompañarla. Y que se sometiera a una cura de humildad. Que meditara también las barbaridades que publica contra Europa, contra España, los españoles y los que nos sentimos como tales a la vez que canarios, contra nuestra condición de ultraperiféricos de la Unión, contra el Parlamento autonómico y los parlamentarios, contra la clase política en general y casi contra todo lo que se mueve y no responde a sus toscos y radicales principios soberanistas y tercermundistas de chicha y nabo. Que procediera asimismo a enterrar tantos y tantos cantos de sirena irreflexivos que pueden llegar a causar un grave daño social y político. ¿Es que no se da cuenta de su tremenda soledad y de que su panafricanismo soporífero no nos llevaría más que al desastre y al empobrecimiento? Ruego por enésima vez a su dueño que deje en paz a los periodistas que queremos seguir haciendo nuestro trabajo con la dignidad y honradez de que somos capaces. Aunque con yerros y pecados propios de nuestra condición humana, al menos merecemos respeto y consideración, como lo merecen también nuestra profesión y el limpio ejercicio de la política.

A pesar de los desafueros, insultos y desatinos de El Día y de algunos de sus colaboradores -gracias a Dios una minoría- contra todo aquel que no comulgue con sus insensatos proyectos, la libertad de expresión y de pensamiento plasmada por María Luisa Arozarena y Francisco Pomares en el juicio al que al principio me referí terminarán triunfando siempre porque están al servicio de lo que racionalmente no se puede negar. Que se contrapone a la actitud de quien en su obcecación se comporta como falso y tendencioso. Y que sufre por tanto, en palabras de Aristóteles, el castigo de "no ser creíble aun cuando diga la verdad".
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