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VIRGINIA MORA FEBRES *
Operación Triunfo

Hace unos días tuve la oportunidad de conocer brevemente a Idaira. Estaba muy cansada, pues venía de un programa de televisión en el que entre otras cosas la habían bombardeado con juicios negativos sobre sus posibilidades como cantante.

Lo que más me había llamado la atención había sido la entereza con la que había reaccionado frente a los diferentes ataques sufridos por su forma de cantar o afinación, y me parecía, grosso modo, que alguien que siguiera luchando, como ella lo hizo, debía de tener una fuerza importante en su yo; otros tal vez se hubiesen derrumbado, o se hubiesen quedado adheridos a esta situación negativa, devaluando todo el proceso vivido y quedando devaluados ellos mismos.

Supongo que en muchas ocasiones hemos escuchado decir de alguien que "es un(a) narcisista"; comúnmente se refiere a aquellas personas que, como la madrastra del cuento de Blancanieves, se han quedado pegadas del espejo, de su propia imagen, y donde la capacidad de empatía, de pensar o de sentir lo que les pueda ocurrir a las otras personas, es casi impensable, si no están referidas a ellas mismas, viviendo cualquier contratiempo como una ofensa muy grave que ataca todo su yo.

Cuando se habla de narcisismo, nos remitimos a que este término en el psicoanálisis toma su nombre inspirado en el mito de Narciso, personaje de gran hermosura y que un día, al verse reflejado en una fuente, se enamora de su propia imagen y muere de tristeza.

Lo que caracteriza el proceso del narcisismo sería el tomarse a sí mismo como objeto de amor; situación imprescindible por la que pasamos todos y que contribuye a la complejización y estructuración de nuestro aparato psíquico y es requisito indispensable para que haya una representación unificada de uno mismo, para posteriormente poder elegir nuestro objeto de amor en una persona ajena.

Un psicoanalista francés, llamado Lacan, explicó muy bien cómo cuando el bebé tiene entre los seis y los dieciocho meses, logra la experiencia de reconocer su propia imagen en el espejo, pero lo que se reconoce es la imagen del otro humano y esta vivencia, señala este autor, va a ser estructurante para que se empiece a formar un yo, un sí mismo más integrado. Entonces es esta experiencia visual la que, unida a las palabras de la madre, anticipará una identidad que el bebé todavía no tiene.

Es importante señalar que la palabra tiene tanto o más valor que la imagen. Todos conocemos predicciones del tipo de "será un egoísta", "será un santo", "será una lista". Cuando estos juicios son realizados por personas de las que se depende afectivamente, se convierten en imágenes de identificación que rigen o determinan conductas. En muchas ocasiones, he podido observar a niños no más inquietos o traviesos que otros sobre los que pesaba el calificativo de "terribles", o niños que por no ser tan ágiles o tan rápidos como sus padres pretendían, habían sido calificados de "torpes".

Este tipo de juicios genera ansiedad, inseguridad, y van apareciendo conductas que tienden a confirmar la predicción nefasta que encierra, y así se va configurando la historia del niño "torpe" o "terrible". Lo que al principio era un juicio, al final se convierte en una confirmación de esa predicción.

No tengo ni idea qué futuro artístico podrá tener Idaira, pero pienso que, pese a los avatares sufridos, y aunque cierto nivel de su autoestima haya podido quedar lesionado, la imagen que muestra de ella misma parece la de una persona que sabrá rescatar lo valioso de la experiencia vivida, es decir, no se hundirá narcisísticamente por las críticas.

La identidad y la autoestima son procesos que se van construyendo poco a poco, y si cuidamos ese camino, ayudando al niño a creer y confiar en sí mismo, pero sin quedarse centrado sólo en su valoración personal, estamos en vías de pensar que ese futuro adulto podrá embestir los reveses de la vida sin derrumbamiento psíquico y con más posibilidades de encontrar y ver nuevas salidas en su futuro.



* Virginia Mora Febres es psicóloga y psicoanalista.
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