MARÍA REYES GARCÍA TRUJILLO *
Desafío a la ceguera
Al leer y escuchar una noticia de actualidad desde distintas fuentes, caí en la cuenta de lo diferentes que eran las versiones, las explicaciones
incluso los datos. No era la primera vez que lo observaba, pero en esta ocasión el hecho me hizo preguntarme y tener luego la certeza de lo frágil de la verdad del mundo que nos rodea.
Acceder a una información veraz parece tarea imposible cuando los datos disienten tanto, según de dónde procedan. En realidad, llegar a conclusiones y juicios basados en la verdad en determinados temas en los que hay interés en la manipulación, en los que los hechos son agregados u omitidos por determinados intereses, requiere un esfuerzo tan notable que veces resulta vano. Ahí está la disyuntiva: Ser manipulado, engañado, dejarse engañar o luchar por la verdad, disponer de ella.
En la tragedia griega de ’Edipo Rey’, el rey, Edipo, vive ausente de la verdad, es decir, ciego a ella. Por una rocambolesca serie de circunstancias había matado a su padre y vivía casado con su madre; las sucesivas desgracias que lo asolaban, provocaron que indagara en las causas de aquéllas, pero al conocer la verdad Edipo se arrancó los ojos: ya no le servía para un mundo engañoso que sólo había sido apariencia, ahora que sabía la verdad.
Esta tragedia griega, que forma parte de nuestro acervo cultural, de nuestros mitos, nos habla, entre otras cosas, de la situación imposible entre vivir ciego a la verdad, para no perder la visión de un mundo basado en apariencias, y del miedo a la verdad.
Para Sigmund Freud, la mentira es un nudo inconsciente donde se puede leer la verdad de cada persona. En fin, en un tema tan escurridizo en el que incluso nos podríamos preguntar quién en realidad miente y hasta quién sabe que miente, a veces la cosa es tan complicada y de doble cara como ese juego de palabras sobre un cretense: "Todos los cretenses siempre mienten";"yo soy cretense, por lo tanto siempre miento" pero si digo que miento
estoy diciendo la verdad. Luego no miento." Y así podríamos seguir
Vemos entonces qué ardua y engañosa es la tarea de atenerse a la verdad y desautorizar las mentiras e ilusiones. Nos podríamos preguntar qué es mejor, si vivir en un mundo de mentiras e ilusiones, aceptando la intención de otro de engañarnos, de opacar hechos, de provocar olvidos, taponando la realidad con temas nuevos, dejando que lo superficial encubra lo realmente importante y verdadero, o encarar los hechos reales como algo que a la larga será saludable.
Se miente por timidez, por vergüenza, por evitar un dolor a otro, o por salvaguardar la propia imagen, el propio narcisismo ante otros y ante nosotros mismos. Se miente, con intención de engaño, también como forma de tener poder sobre los otros. Pero, de cualquier manera, el que engaña aun por evitar dolor, le niega al engañado la posición de igualdad, negándole lo que el que engaña sabe, coloca al otro en una posición subordinada y desfavorable.
¿Y el engañado? Él también es partícipe, como la mujer o el hombre, que con todo tipo de evidencias no es capaz de caer en la cuenta de la infidelidad de su pareja y de su profunda infelicidad, o el que recibiendo tratamientos contra el cáncer acepta otras versiones de los familiares que le quieren evitar la pena, participa del engaño adhiriéndose a una realidad que no es la suya, perdiendo su preciosa posibilidad de atenerse a sus propias y verdaderas condiciones y a edificar la vida o lo que quede de ella de un modo constructivo, a tomar las decisiones a las que se tiene derecho.
Limitarse al ámbito de la propia posición, en un ejercicio de discernir lo ilusorio y falaz de lo real, mantener una postura serena y desapegada, en momentos reflexiva, no dejarse arrastrar, nos permitirá ser independientes y no perder nuestra propia situación y esencia, nuestra propia dignidad. Porque, como decía Rousseau, "cada uno se debe a sí mismo la verdad".
* María Reyes García Trujillo es doctora en Medicina, psiquiatra y psicoterapeuta.
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