MARÍA VERZA
Pulso de fuerza
Los suburbios parisinos, donde viven sobre todo inmigrantes (la mayoría musulmanes) y clase obrera, que en ocasiones se convierten en bolsas de pobreza en torno a la rica capital, son ahora el escenario nocturno del vandalismo donde los jóvenes mantienen un violento pulso con la policía desde hace una semana. Todo empezó con la muerte accidental de dos adolescentes, electrocutados en un transformador eléctrico de Clichy-sous-Bois cuando huían de la policía, al multiplicarse las críticas a un exceso de celo por parte de los agentes que no dejan vivir en paz a muchos inmigrantes.
Los disturbios se han ido contagiando a otros suburbios y van camino de llegar a ser una cuestión de Estado, sobre todo porque muchos de los habitantes de las zonas en conflicto, donde la quema de coches ha sido una constante cada noche, consideran que el culpable de esta situación tiene nombre propio: Nicolas Sarkozy, el ambicioso político que se enfrenta con su actual jefe, el primer ministro Dominique de Villepin, por ganar cuotas de poder de cara a las próximas elecciones.
El popular ministro del Interior siempre ha defendido una ley seguridad ciudadana (y también la antiterrorista) de línea muy dura y que se concretó en la sustitución de la policía de proximidad promovida por el anterior Gobierno socialista por unos agentes de seguridad que tienen como objetivo limpiar las calles de delincuentes en lugar de hacer de agentes sociales, como criticó el propio Sarkozy.
Desde la puesta en marcha de los nuevos efectivos, los habitantes de estos suburbios se quejan de que se ha olvidado la presunción de inocencia y que temen a los agentes, por eso tras los sucesos de los últimos días en algunos de estos lugares se ha organizado un ’servicio de orden musulmán’ para intentar apaciguar los ánimos.
Estos ánimos se habían exaltado sobre todo tras el lanzamiento de una bomba lacrimógena a una mezquita en la hora de la oración y de las declaraciones de Sarkozy llamando "escoria" y "delincuentes" a los protagonistas de los disturbios, palabras que no hicieron sino añadir más leña al fuego y abrir una crisis gubernamental en la que el propio presidente Jacques Chirac tuvo que mediar para intentar calmar los ánimos y abogar por el entendimiento con el fin de evitar males mayores.
La estrategia Sarkozy, que gustó a los franceses en un primer momento, parece hacer agua y no servir para cerrar las brechas sociales de la sociedad. Ahora habrá que ver si lo consigue, la iniciativa de Villepin, el plan de acción urgente que acaba de anunciar y que pueden hacerle ganar muchos puntos frente a su duro ministro del Interior.
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