Cuentan que la señora Winchester, la viuda del fabricante de rifles, temía que los espíritus de las personas que habían muerto por disparos hechos con los rifles de su marido vinieran a llevarse su alma. Atrapada por esa pesadilla, añadía constantemente habitaciones a su casa, artimaña que le permitía dormir cada noche en una habitación diferente y, en su delirante discurrir, eludir así a los fantasmas. Ni que decir tiene, su particular juego del escondite terminó por convertir su residencia en un indescifrable laberinto de pasillos y dormitorios; de ahí que durante el terremoto de San Francisco -el de 1906- la viuda de Winchester quedara atrapada en una de las habitaciones, y que sólo un milagro la salvara de morir de inanición, pues poco les faltó para no dar con ella. Como a los ponentes de la reforma del Estatuto, a la viuda del fabricante de rifles le fue tremendamente difícil desandar el laberinto andado.
En el caso de la reforma estatutaria, han sido tantos los rodeos, quiebros, discursos y posiciones que a fecha de hoy dar con la habitación donde duermen las razones de la reforma requiere un esfuerzo de investigación titánico. Si la viuda optó por añadir habitaciones a su casa, los protagonistas de la reforma han incorporando un sinfín de reconversiones ajedrecísticas. Es por eso que tras las turbulencias de la ruptura del Gobierno -y del antes y después que la crisis marcó en el trayecto- resulte complicado saber si las posiciones son la respuesta a las prioridades de las islas o de los partidos. Ya nunca llegaremos a saber qué texto defendería cada formación en otro escenario. Ya nunca sabremos qué reforma estarían abanderando hoy CC, PSOE o PP si el triángulo de amores y desamores de la política autóctona fuera otro. Basta echarle un vistazo a los periódicos de los últimos meses para confirmar que, efectivamente, las azucenas han perdido su color.
Por lo demás, que el 95% de la discusión lo haya ocupado el sistema electoral aleja esta reforma de la calle, ámbito ciudadano donde se habla de listas, sí, pero no de las electorales sino de las listas donde se espera por una cita médica, una vivienda o un trabajo. Los discursos han dormido en tantas camas, en tantas habitaciones, en tantos pactos, que ya no hay fantasma que encuentre el espíritu con el que abrieron el proceso de reforma.