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PILAR CERNUDA
El Rey de casi todos

Las encuestas de este trigésimo aniversario de la proclamación indican que un porcentaje no desdeñable de españoles se inclinan por la república, e indican también que ese porcentaje se encuentra mayoritariamente entre los menores de 25 años. Se comprende. La institución monárquica se entiende mal en los albores del siglo XXI, en el que se llega a lo más alto gracias al propio esfuerzo personal, con las excepciones que se dan siempre en todos los sectores y en todas las situaciones, y por tanto se ve como una incongruencia que la jefatura del Estado sea hereditaria. Sin embargo, los que vivieron la Transición, los que conocimos el papel del Rey en los años setenta y cómo diseñó el paso impecable de una dictadura de cuarenta años a una democracia plena, no nos planteamos la lógica de la institución, con las excepciones que se dan siempre en todos los sectores y en todas las situaciones.

Esta semana de recuerdos, de echar la vista treinta años atrás, es también inevitablemente semana de revisiones. Y esa revisión no la hacen igual los que conocieron de primera mano lo mucho de bueno que se hizo en aquellas semanas, que los que conocen la Transición por lo que le cuentan sus mayores o por los libros de historia. El respeto a las instituciones depende del respeto que se tiene a quienes la representan, algo que tiene muy presente la Familia Real en pleno y el propio Príncipe, que es consciente de que su papel nunca podrá ser tan relevante como el de su padre durante la Transición, cuando se puso al frente de la situación contra viento y marea, dio el Gobierno primero a los franquistas para hacer durante los seis primeros meses los cambios institucionales necesarios y luego organizó esas instituciones de manera que pudiera elegir presidente a Adolfo Suárez. Fueron años de dificultades, situaciones límite, miedos, regreso de los exiliados demonizados por el franquismo y años en los que se puso en marcha una España nueva, democrática, que apostaba por las reformas y no por la ruptura.

Los que conocimos bien aquellas épocas y lo que costó conseguir la democracia plena, no nos cuestionamos el futuro de la Monarquía porque tenemos la prueba del arrojo de quienes la representan; de la misma manera que la mayoría de nosotros, los de la Tansición, somos reticentes a la forma en que Zapatero ahonda ahora en la ruptura social y además reabre heridas que habían quedado cerradas con esfuerzo. Esa generación pone nota muy alta al Rey y respeta la Monarquía porque Don Juan Carlos hizo que se la respetara. En sus primeros discursos insistía en su voluntad de ser el rey de todos, y lo consiguió. Hoy, treinta años más tarde, es rey de casi todos, ya que un porcentaje alto de jóvenes cuestionan el sistema de monarquía parlamentaria. No sorprende: ellos no tuvieron oportunidad de vivir en primera persona lo que significó la monarquía hace treinta años, cual fue el trabajo del Rey. Ellos nacieron en democracia, libres. Hasta el punto de que nada ni nadie les impide que puedan manifestarse reticentes o contrarios a la forma de Estado.
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