Las palabras
DANIEL MOLINI DEZOTTI
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Las palabras -sobre todo si relatan hechos científicos- casi nunca están cargadas de emociones. Haría falta mucha imaginación para encontrar en un informe algo que acelere el pulso o conmueva las fibras del agradecimiento, y más si el texto está redactado por alguien que se empeña en hacer las cosas bien a solas, y luego, en el momento de compartirlas, se aplica a una honrosa y descomunal humildad.

Una técnica implementada con maestría puede leerse con la misma frialdad que un anuncio en las páginas amarillas: "Cateterismo percutaneo venoso femoral derecho. Con multiuso 5 F se sonda VCI, AD, AI, CPSI. Con Balón PTAOS 25 mm se talla defecto septal auricular. A través de vaina de Mullins 9F, se introduce dispositivo de Amplatzer de 18 mm que se implanta en el tabique interauricular con control de ETE. Retirada de catéter y hemostasia por compresión."

Una serie de parámetros, donde se mezclan números con letras y valores que parecen salidos de un teorema, por suerte se humanizan después del punto final, cuando aparecen los nombres de los profesionales que aman y firman lo que hacen: Dras. Fernández, Rubio, Espinoza.

Traducido al idioma de los afectos, las palabras, exactas en milímetros, se cargan de valores, agitándose y trascendiendo la precisión con alguna lágrima esquiva. Así por lo menos me lo relata el padre de una niña de 14 años que fue tratada por un equipo médico del Hospital La Paz de Madrid, lo que no suele aparecer en los medios de comunicación aunque debería figurar en titulares, gracias a la capacidad de transformar una operación que antes se hacía a corazón abierto en un párrafo de cinco líneas de un certificado profesional.

Médicos anónimos, que cada día se acercan a su centro de salud para cumplir con una vocación que a veces muta a preocupación, recibiendo a cambio pocos reconocimientos y una retribución que será la misma, independientemente del grado de esfuerzo, compromiso, dedicación o resultados.

Médicos que no hacen ostentación de su virtuosismo, capaces de introducirse dentro de un corazón a través de una vena y haciéndole requiebros a flujos y válvulas, con el exquisito cuidado de no romper nada, miden, ponen, cierran y se marchan con la prudencia del que nunca fue invitado, dejando las cosas en orden y al músculo latiendo de forma renovada.

Cuando concluyen su mágica maniobra, después de haber ajustado lo ajustable, torciendo aquí y allá para que la cánula siga el camino caprichoso que la naturaleza pretendió convertir en laberinto, el único premio que reciben es el de la sonrisa del anestesista primero, que anuncia con alborozo otro paciente que va a despertar feliz.

Luego le siguen otras sonrisas, la de padres que aguardan en una sala repleta de incertidumbres.

Es en ese momento cuando brotan las gracias, simples, sinceras, que pueden acompañarse con signos de admiración y encierran, como sólo pueden hacerlo muy pocas palabras, emoción, deuda, reconocimiento y, por supuesto, gratitud.
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